Irak

 

Después de esta guerra

 

Por Howard Zinn *

 

 

La guerra contra Irak, el asalto a sus gentes, la ocupación de sus ciudades llegará a un final más temprano o más tarde. El proceso ha empezado ya. Los primeros signos de rebelión están apareciendo en el Congreso. Los primeros editoriales pidiendo la retirada de Irak han empezado a surgir en la prensa. El movimiento contra la guerra ha ido creciendo, despacio pero sin pausa, por todo el país.

 

Las encuestas de opinión pública muestran ahora un país tajantemente en contra de la guerra y de la Administración Bush. Las duras realidades se han hecho visibles. Las tropas tendrán que volver a casa.

 

Y mientras trabajamos con una determinación creciente para que esto ocurra, ¿no deberíamos pensar más allá de esta guerra?

 

¿No deberíamos empezar a pensar, incluso antes de que esta vergonzosa guerra acabe, en acabar con nuestra adicción a la violencia masiva y utilizar la enorme riqueza de nuestro país para las necesidades humanas? Quiero decir, ¿no deberíamos empezar a hablar de acabar la guerra, no solo esta guerra u otra cualquiera, sino la guerra en sí misma? Quizás ha llegado el momento de acabar con las guerras y llevar a la humanidad por una vía saludable y reconfortante.

 

Un grupo de figuras conocidas internacionalmente y aclamadas tanto por su talento como por su dedicación a los derechos humanos como Gino Strada, Paul Farmer, Kart Vonnegut, Nadine Gordimer, Eduardo Galeano y otros están a punto de lanzar una campaña a nivel mundial para reclutar a millones de personas en un movimiento de renuncia a las guerras, con la esperanza de alcanzar un punto en el que los gobiernos, enfrentados a una resistencia popular, encontrarán difícil si no imposible hacer la guerra. Puede ser que haya llegado la hora de poner en práctica esta idea.

 

Hay un argumento persistente contra esta posibilidad que he estado oyendo de personas que vienen de todos los sectores del espectro político: nunca podremos suprimir la guerra porque está en la naturaleza del hombre. La respuesta más convincente a este argumento está en la historia: Nunca hemos encontrado gente que espontáneamente se haya lanzado a la guerra contra otros. Lo que sí nos encontramos es con que los gobiernos deben hacer un esfuerzo tremendo para movilizar a los ciudadanos para que vayan a la guerra. Deben atraer a los soldados con promesas de dinero y educación; deben ofrecer a la gente joven, cuyas posibilidades en la vida son muy escasas, una oportunidad para alcanzar respeto y estatus. Y si estos incentivos no funcionan, el gobierno debe usar la coacción, tienen que reclutar gente joven, forzarlos a que cumplan el servicio militar y amenazarles con la cárcel si no obedecen.

 

Además el gobierno tiene que persuadir a la gente joven y a sus familias de que aunque el soldado puede morir, aunque puede perder los brazos y las piernas o quedarse ciego, todo es por una noble causa, por Dios, por la patria. Si analizamos la interminable serie de guerras de este siglo no encontraremos a la gente exigiendo la guerra sino mas bien resistiéndose a ella hasta que se les bombardea con exhortaciones que apelan no a un instinto asesino sino a un deseo de hacer algo bueno como extender la democracia y la libertad o derrocar a un tirano.

 

Woodrow Wilson se encontró con una ciudadanía tan reacia a meterse en el matadero de la primera guerra mundial que en su campaña presidencial de 1916 prometió no entrar en ella: “Existe una nación que tiene la dignidad de no luchar”. Pero una vez elegido, pidió y recibió del Congreso la declaración de guerra. La arremetida de lemas patrióticos empezó, se aprobaron leyes para encarcelar a los disidentes y los Estados Unidos se unieron a la matanza que estaba ocurriendo en Europa.

 

En la segunda guerra mundial había sin duda un imperativo moral que todavía resuena entre la mayoría en este país y que mantiene la reputación de que la segunda guerra mundial era “una guerra buena”. Había una necesidad de derrotar al monstruoso fascismo. Y esta fue la creencia que me hizo enrolarme en las Fuerzas Aéreas y volar en misiones de bombardeo en Europa.

Me empecé a cuestionar el decoro de la moralidad de la cruzada cuando la guerra ya había acabado. Arrojando bombas desde una altura de cinco millas no veía seres humanos, no oía gritos, no veía a los niños destrozados. Pero ahora tenía que pensar sobre Hiroshima y Nagasaki, las bombas incendiarias de Tokio y Dresde, la muerte de 600 000 civiles en Japón y un número similar en Alemania.

 

Llegué a una conclusión sobre mi propia psicología y la de otros combatientes: Una vez que habíamos decidido que nuestro lado era el lado bueno y el contrario el malvado; una vez que habíamos hecho ese cálculo tan sencillo y simplista no tuvimos que pensar en nada más. Podíamos cometer los crímenes más innobles ya que todo estaba bien.

 

Empecé a pensar acerca de los motivos de las potencias occidentales y de la Rusia stalinista y me preguntaba si lo que les importaba era el fascismo o mantener sus propios imperios, su propio poder, y si esa era la razón por la cual sus prioridades militares eran tan sublimes que no podían bombardear las vías del tren que llevaban a Auschwitz. De los seis millones de judíos asesinados en los campos de exterminio (¿dejados asesinar?), sólo 60.000 se salvaron por la guerra, un uno por ciento. Un artillero de otra tripulación, profesor de historia con el que había entablado amistad me dijo un día: “Sabes, esta es una guerra imperialista. Los fascistas son malvados pero nuestro bando no es mucho mejor”. No pude aceptar la idea entonces pero se me quedó grabada.

 

La guerra es indudable que crea de manera insidiosa una moral común para todos los bandos. Envenena a todo el que se compromete con ella por muy distintos sean unos de otros; les convierte en asesinos y torturadores como vemos en la actualidad. Simula preocupación por derribar tiranos, y de hecho puede hacerlo, pero la gente que mata son las víctimas de esos tiranos. Da la impresión de limpiar el mundo de malvados pero esta impresión no perdura porque su propia naturaleza engendra más maldad. Concluí que la guerra, como toda clase de violencia, es una droga. Provoca una euforia rápida, la emoción de la victoria, pero se pasa pronto y entonces se convierte en desesperación.

 

Todo lo que podamos decir sobre la segunda guerra mundial para entender su complejidad, la situación que la siguió, Corea, Vietnam, estaba tan lejos de la clase de amenaza que Alemania y Japón habían supuesto para el mundo que esas guerras sólo podían justificarse mediante el uso del reclamo de “una guerra buena”. Una histeria contra el comunismo nos llevo al macartismo en casa y a las intervenciones en Asia e Hispanoamérica – de manera abierta o encubierta- justificadas por “ la amenaza soviética”, exagerada lo suficiente para movilizar a la gente a la guerra.

 

Vietnam, sin embargo, demostró ser una experiencia aleccionadora en la que la opinión pública estadounidense, durante un periodo de varios años, empezó a comprender a través de las mentiras que le habían contado para justificar todo aquel derramamiento de sangre. Los Estados Unidos fueron obligados a retirarse de Vietnam y el mundo no se acabó. La mitad de un pequeño país en el sureste de Asia ahora se había unido a su otra mitad comunista y 58.000 vidas estadounidenses y millones de vietnamitas se habían desperdiciado para evitarlo. La mayoría de los estadounidenses habían llegado a oponerse a la guerra en lo que constituyó el mayor movimiento antibélico en la historia de la nación. Cuando la guerra de Vietnam acabó, la gente odiaba la guerra. Creo que el pueblo estadounidense, una vez que se había levantado la niebla de la propaganda, regresó a una situación más normal. Las encuestas de opinión pública mostraban que la gente en Estados Unidos se oponía a enviar tropas a cualquier parte del mundo por motivo alguno. Las clases dirigentes estaban alarmadas. El gobierno se propuso deliberadamente superar lo que se había llamado “el síndrome de Vietnam”. La oposición a la intervención de las tropas fuera del país era una enfermedad que tenía que ser curada. Por lo cual debían alejar al público estadounidense de su insana actitud manteniendo bajo estrecho control la información, evitando el reclutamiento, y metiéndose en guerras cortas y rápidas contra oponentes débiles (Granada, Panamá, Irak) para no dar tiempo a que la gente pusiera en marcha un movimiento antibélico.

 

Yo diría que el final de la guerra de Vietnam permitió al pueblo de Estados Unidos sacudirse el síndrome de guerra, una enfermedad no natural para el cuerpo humano. Pero podían contagiarse una vez más y el 11 de septiembre le dio al gobierno esa oportunidad. El terrorismo se convirtió en la excusa para la guerra. El terrorismo sigue siendo un fenómeno que aterroriza al mundo entero. Pero la guerra no puede parar el terrorismo porque la guerra en sí misma es terrorismo, reproduciendo el odio y la rabia como estamos viendo actualmente. La guerra es una excusa para no llegar a las raíces del terrorismo y Estados Unidos se está aprovechando de esto porque ocuparse de las causasen lugar de los síntomas requeriría un cambio radical en su política.

 

La guerra en Irak ha sacado a la luz la hipocresía de “la guerra contra el terrorismo”. No creo que nuestro gobierno sea capaz de hacer una vez más lo que hizo después de la guerra de Vietnam: preparar a la población para hundirse otra vez en la violencia y la infamia. Me parece que cuando la guerra de Irak acabe y el síndrome de la guerra se haya curado entonces habrá una gran oportunidad para que la curación sea permanente. Mi esperanza es que el recuerdo de la muerte y la deshonra será tan intenso que la gente de Estados Unidos será capaz de escuchar un mensaje que el resto del mundo, liberado de guerras sin final, pueda también entender.

 

Podemos estar al borde del entendimiento a nivel mundial de que la guerra, definida como una matanza indiscriminada de un gran número de personas (teniendo en cuenta la posibilidad de intervenciones humanitarias para prever atrocidades), no puede ser aceptada ya más por ninguna razón, porque la tecnología de la guerra ha alcanzado un punto donde inevitablemente el 90% de sus victimas son civiles y muchas de éstas son niños, por lo cual cualquier guerra, no importa las palabras que se usen para justificarla, es una guerra contra los niños.

 

El gobierno de los Estados Unidos, como los gobiernos de cualquier parte, están siendo denunciados como poco dignos de confianza, es decir, que no se les puede confiar la seguridad de los seres humanos, o la seguridad del planeta, o la protección del aire, el agua y las riquezas naturales, o el acabar con la pobreza, la enfermedad o el alarmante crecimiento de los desastres naturales que son como una plaga para muchos de los seis mil millones de habitantes de la tierra.

 

Es verdad que son los gobiernos los que tienen el poder, los que monopolizan la riqueza, los que controlan la información, pero este poder con todo lo abrumador que pueda ser, también es frágil. Depende de la sumisión y la obediencia de la gente. Cuando esa obediencia se les retira, las entidades más poderosas, los gobiernos más armados, las corporaciones más ricas no pueden llevar a cabo sus guerras o sus negocios. Huelgas, boicots, no cooperación puede convertir en impotente a la más arrogante de las instituciones.

 

El gobierno más poderoso de la tierra, el de Estados Unidos, tuvo que retirarse de Vietnam cuando ya no pudo contar con la lealtad de sus militares y el apoyo de sus ciudadanos. Hay un poder mayor que las armas y la riqueza. De vez en cuando, en la historia hemos podido contemplar el cese de las guerras y el derrocamiento de tiranías. A lo mejor ha llegado el momento de acabar con las guerras y llevar a la raza humana a un camino de bienestar y curación.

 

Quiero citar a Einstein quien reaccionó a los intentos de “humanizar” la guerra diciendo: “la guerra no se puede humanizar, solamente se puede abolir”. Esta clase de verdades valientes deben reiterarse hasta que se fijen de manera que no se puedan erradicar de nuestras mentes; hasta que las palabras se propaguen a otros; hasta que se conviertan en un mantra repetido en todo el mundo; hasta que el sonido de esas palabras se vuelva ensordecedor; hasta que silencien el ruido de las pistolas, los misiles y los aviones.

* Howard Zinn es uno de los principales académicos radicales de Estados Unidos. Entre sus muchos libros están la colección de ensayos The Politics of History (La política de la historia); sus memorias You Can't Be Neutral on a Moving Train (No se puede ser neutral en un tren en movimiento); una antología de ensayos escritos para periódicos y revistas durante varios años titulada The Zinn Reader; y el más famoso de sus libros: A People's History of the United States (Historia popular de Estados Unidos).