ALGUNOS USOS DE “DEMOCRACIA”

Por Lucía Sala

 

El término democracia, como otros de los  que se emplean en Ciencias Sociales con escasa precisión, se ha usado con diferentes sentidos a lo largo de la historia y lo mismo sucede en el presente, de lo cual nos limitaremos a dar algunos ejemplos.

 

En Grecia y más precisamente en Atenas, el término democracia se utilizó para caracterizar el gobierno directo del demos, el pueblo  integrado por los ciudadanos, excluidas las mujeres, los esclavos y los extranjeros, que componían la mayoría de la población. La democracia fue considerada por sus detractores como una forma degenerada de la politeia, república, dado que los pobres constituían la mayoría de los ciudadanos y eran manipulables por  los demagogos.

Ya en la antigüedad, algunos autores consideraron más libres y democráticas las prácticas de pueblos “bárbaros”.

El politólogo canadiense C.D. Macpherson, sostuvo en La democracia liberal y su época, libro que tuviera singular éxito  en la década del setenta, que por lo menos hasta el siglo XVIII y comienzos del XIX la democracia era asimilada al gobierno de los pobres,  ignorantes e incompetentes contra  los cultos y ricos. En opinión del autor la democracia era percibida como un tipo de sociedad  sin clases o de una sola clase, y no como un mecanismo político.

 

A fines del siglo XVIII durante la guerra por la independencia y al constituirse los Estados Unidos, las sociedades republicano-democráticas luchaban contra la limitación del ejercicio del sufragio a los propietarios, que tendía a imponerse. Al mismo tiempo, se producían levantamientos de deudores que no habían podido pagar sus impuestos en muchos casos por haber participado en la lucha por la independencia. Incluso se produjeron insurgencias de granjeros indignados al perder sus tierras en beneficio de los acreedores del Estado nacionales y extranjeros.

Thomas Jefferson concibió la democracia como un sistema republicano, en que la soberanía proviniera del pueblo. Creía que el país naciente se convertiría en una república de pequeños propietarios o gentes que con facilidad podrían transformarse en tales. Estimó que la supresión del mayorazgo fragmentaría las grandes propiedades y la necesidad de disponer de tierras fue uno de sus fundamentos para la política expansionista estadounidense. Sostuvo la libertad de cultos y propugnó la extensión de la educación pública. Aunque en su proyecto de constitución para Virginia había, propuesto sin éxito la abolición de la esclavitud, él mismo siguió siendo propietario de esclavos.

Los federalistas que impusieron la constitución de 1787 aludieron generalmente de forma despectiva a la democracia. Impusieron una república con un gobierno de tipo representativo, presidencialista y federal con un poder central junto a los de los estados, que sustituyó a la confederación muy débil para reprimir las revueltas. Alexander Hamilton sostuvo que era fundamental la influencia de las grandes fuerzas económicas para lograr la estabilidad del país. Explícitamente sus principales teóricos justificaron la imposición de un sistema de frenos y contrapesos, en la necesidad de evitar la posible  tiranía de las mayorías. En general los gobiernos estaduales restringieron el sufragio a los propietarios.

Pervivió  la esclavitud pese a que numerosos esclavos, que constituían el 20% del total de la población y el 50 en algunos estados,  habían luchado por la independencia en la esperanza de obtener su libertad. Las poblaciones indias quedaron fuera del nuevo estado y fueron siendo corridas hacia el oeste.

 

Durante la Revolución Francesa, se sucedieron en pocos años la monarquía limitada y la república. Todo el proceso revolucionario estuvo pautado por la irrupción popular del 14 de julio de 1789, luego de la cual fue aprobada la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, del 10 de agosto de 1782 –que derrocó la monarquía– y finalmente las jornadas de comienzos de junio del 93, que impusieron el gobierno jacobino. En la constitución aprobada ese año se consignó la igualdad de todos los hombres, la propiedad como un derecho social, fue concedida con amplitud la ciudadanía a los hombres y la nacionalidad a todos los luchadores por la libertad. Se consagró la soberanía popular como el origen del poder, que sólo delegaba el ejercicio de funciones de gobierno esencialmente en la Convención, de la cual dependerían diferentes comités.

Se ha señalado que los jacobinos tuvieron sus bases ideológicas en una lectura propia de Juan Jacobo Rousseau y su versión de la doctrina pactista, según la cual se habría realizado el tránsito entre el estado de naturaleza y la sociedad civil y el Estado, poniendo fin a la lucha generada por el surgimiento de la propiedad. A diferencia de otras versiones contractualistas que dieron nacimiento al liberalismo de tipo individualista, la democracia roussoniana sostenía que cada hombre abdicaba de su libertad natural, para recuperarla en su calidad de ciudadano. La soberanía se expresaba por medio de la voluntad general, que no constituía una sumatoria de voluntades individuales, sino que provenía de la unidad de opinión en torno a grandes temas de interés común. Por consiguiente no podía dejar de ser justa, garantizar la libertad de cada uno y conducir al bien y a la felicidad común, por lo cual era inadmisible oponerse a ella.

De la interpretación de éstas y otras ideas roussonianas y en las condiciones de  la “patria en peligro” en el 93 –cuando se impuso un gobierno de excepción,  ejercido por los comités dependientes del de Salvación Pública– derivó un tipo de opción con rasgos vanguardistas que, en su  versión extrema, llegó a traducirse en la imposición del patriotismo, la virtud republicana, el desinterés, etcétera, incluso mediante el terror. Este fue aplicado contra los declarados enemigos de la revolución, lo que fue utilizado para dirimir las contiendas faccionales.

Existió una tensión entre el carácter representativo de la Convención y sus comités y la tendencia al ejercicio directo de la soberanía a partir de la Comuna, por parte de los grupos radicales y los sans-coulottes compuestos por artesanos, obreros y otras gentes de origen humilde.

 

En definitiva la democracia jacobina se expresaría sobre todo a nivel de la sociedad. En este período  el Estado adquirió un conjunto de funciones  en el campo militar y de orden público, pero también una economía dirigida y en relación  a la regulación de la sociedad. Fueron abolidas las cargas feudales que pervivían, todos los privilegios heredados del Antiguo Régimen y la esclavitud en las colonias. Se llegó a aprobar la compensación a los patriotas indigentes con los bienes de los enemigos de la revolución, lo que de haberse llevado a la práctica habría producido una distribución mucho más radical de la propiedad.

 

La democracia volvió a ser invocada por los insurgentes de Germinal y Pradial  cuya consigna fue “Constitución del 93 y Pan”, durante la etapa thermidoriana, cuando la eliminación de todos los controles sobre el mercado, determinó que se elevaron vertiginosamente los precios. Entonces y posteriormente durante el Directorio, restringido ya el sufragio, se reprimió todo tipo de manifestación popular.

La democracia fue invocada nuevamente por la sociedad secreta de los "Iguales". Estos iniciaron la distinción entre  democracia formal y real, para imponer la cual era necesaria una nueva  revolución con protagonismo popular y especialmente de los asalariados, que establecería  la igualdad económica con el comunismo.

 

Democracia durante las luchas por la independencia y los primeros gobiernos independientes hispanoamericanos.

 

Una de las acepciones en que fue empleado el término democracia durante las luchas por la independencia hispanoamericana fue  como equivalente a una lectura de Rousseau en clave jacobina en general como exagerado igualitarismo y, en algunos casos como terror revolucionario. La perspectiva federal, por su parte, durante el período revolucionario  y en   las primeras décadas de vida independiente tuvo sobre todo el sentido de unión confederativa de estados prácticamente independientes.

 

El artiguismo llegó a ser tildado de  jacobino en 1819 por su igualitarismo, referido a la concepción de la igualdad de todas las provincias con Buenos Aires. Entre otras manifestaciones de democratismo radical, el artículo 6º. del Reglamento para Fomento de la Campaña y Seguridad de sus Hacendados, estipula que las tierras fiscales y de los "malos europeos y peores americanos" serían repartidas en moderadas suertes de estancia, privilegiando a los "infelices" de diferentes clases, de manera similar a lo dispuesto por los Decretos de Ventoso durante la Revolución Francesa.

 

Años más tarde, Bartolomé Mitre gobernador de Buenos Aires y presidente argentino desde 1862  en su Historia de Belgrano, calificó de “democracia bárbara” a la irrupción de las masas rurales postergadas durante el coloniaje a partir  de las luchas por la independencia. Usó una serie de calificativos a su respecto, incluyendo el de anárquicas, montoneras y resaltando su igualitarismo extremo. Los caudillos, el primero de los cuales había sido Artigas, por los cuales por cierto no tuvo simpatía, serían el producto del carácter de esas masas.

Bolívar había usado el término democracia para referirse a la supresión de privilegios, la eliminación de la esclavitud –que nunca fue ratificada por las Asambleas o Congresos– y proclamó la igualdad de todos los hombres ante la ley, incluyendo a los indios. La soberanía popular, en este caso como en los textos constitucionales de los estados independientes, no implicó ni la intervención directa de la ciudadanía, ni el sufragio general extendido para la elección de los gobernantes y representantes. Aunque Bolívar propuso la concesión con cierta amplitud del sufragio, el carácter indirecto del mismo tendió a restringir la gravitación de los votantes de primer nivel. La democracia no era para el Libertador un tipo de gobierno, ni menos aun el procedimiento de elección de los gobernantes, sino que la radicaba en el seno de la sociedad como igualdad ante la ley y como el origen popular de la soberanía. Declaró reiteradamente que  el exceso de democracia y el federalismo habían originado la caída de la Primera República.  Buscó incluir entre los órganos de gobierno algunos libres de los vaivenes electorales incluyendo, en la constitución para Bolivia un presidente con derecho a designar al vicepresidente que sería su sucesor.

 

En las constituciones y leyes electorales de los estados independientes se siguió en general invocando la soberanía popular originaria. Debía ser limitada, no obstante, por la razón plasmada en textos constitucionales. Tanto en éstos como en leyes electorales, el sufragio fue limitado, ya fuere por causa de analfabetismo, la condición de sirviente a sueldo o peón jornalero, la exigencia de propiedad para disfrutar de la ciudadanía o de satisfacción de un censo y fueron más rigurosas las exigencias para ocupar cargos de gobierno o representación. Desde luego quedaban excluidas las mujeres y los esclavos.

 

Ni durante las luchas por la independencia ni en los gobiernos independientes el voto fue  la única y ni siquiera la forma más importante de participación del pueblo en la decisión en el campo de los público y en particular en la lucha por el poder. En el período independentista en que confluyeron guerras anticoloniales, civiles y sociales en Hispanoamericana, así como en el tránsito del Saint-Domingue a Haití, fueron incorporados los sectores que de manera general llamamos  populares, sobre todo en las ciudades para respaldar la instalación de juntas y gobiernos posteriores, o, en el caso de México en 1822, para imponer el corto imperio de Agustín de Iturbide. Masas urbanas y rurales fueron integradas en ejércitos regulares y fuerzas irregulares en la lucha armada contra el poder colonial, mediante levas y de manera voluntaria. Además de la sublevación de esclavos haitianos, los “jacobinos negros”, negros y mulatos libres conspiraron para provocar levantamientos de esclavos entre los enemigos de Francia. En gran parte de Hispanoamérica fueron convocados los esclavos a participar en los ejércitos y fuerzas irregulares, con la promesa de obtener la libertad en todos los casos o si sus amos pertenecían al bando enemigo.

Las poblaciones indígenas ya conquistadas tampoco tuvieron una conducta uniforme durante las luchas por la independencia, en oportunidades apoyaron a uno u otro bando, según la posición previa de sus cacicazgos y otras autoridades y cuando las comunidades habían mantenido formas de autogobierno y tierras de comunidad. Para algunos autores, en México en la etapa encabezada por Miguel Hidalgo y Costilla en 1810 se produjo una verdadera insurrección campesina, que en determinadas regiones tuvo mayor carácter indígena. En todos los casos en que los indios se plegaron a movimientos revolucionarios, mantuvieron sus propias formas de organización.

 

En grandes rasgos podría concluirse que éstos y otros sectores populares fueron incorporados voluntaria o forzadamente a las fuerzas realistas o patriotas y aun convocados a las contiendas civiles que se produjeron entre las fuerzas revolucionarias. En muchos casos sobre todo en el campo marcharon tras sus amos o sus capataces, siguiendo a caudillos y a sus caciques en el caso de los indígenas.

 

Y algo similar sucedió después de la independencia y durante las guerras civiles posteriores. En general, siguieron o se aliaron con bandos locales, regionales más o menos integrados a los que se enfrentaban a nivel del país. Se ha puesto de manifiesto en qué medida poblaciones urbanas sin trabajo permanente o masas rurales no asentadas como peones, aparceros, arrendatarios etcétera, estuvieron disponibles para seguir a caciques y caudillos. Los esclavos obviamente lucharon por su libertad y los indios por mantener sus propias formas de vida, organización, propiedad comunal o libre apropiación de ganados. En algunos casos tempranamente y en otros más tardíamente, fueron sometidos, exterminados como culturas e incluso esclavizados los pueblos indígenas insumisos.

En la participación de los pobres rurales tuvieron un importante papel autoridades y caudillos barriales incluyendo clérigos y clases o soldados. Fueron empleados para ejercer presiones de diferente tipo durante los actos electorales generalmente a favor del gobierno.

 

No fueron comunes las revueltas independientes. En oportunidades se produjeron alzamientos de los pobres urbanos, sobre todo ante la falta o elevación inusitada del precio de los alimentos, pero lo más común fueron las formas de inclusión en las luchas por el poder ya mencionadas. Ha sido reconstruida la resistencia popular a la ocupación de las tropas norteamericanas de la ciudad de México en 1847 a partir de los barrios pobres, mientras los distritos donde residían gentes acomodadas quedaron desiertos, abroquelados los habitantes en sus viviendas.

 

En Brasil durante el breve proceso que conduce a la independencia e imposición del Imperio, para derrocar en 1831 a Pedro I y prácticamente hasta mediados del siglo XIX se suceden movimientos en varios casos secesionistas, la participación de los sectores populares no difirió de la hispanoamericana. Una peculiaridad, sobre todo en el noreste donde era mayor la población de esclavos, éstos, o acabaron sobrepasando los límites de quienes habían desatado las insurgencias, o se levantaron en forma independiente.

 

Tampoco fue común que se insurgieran –prácticamente no tenían otros medios para defender sus derechos– de manera independiente en el medio rural aunque hubo revueltas indígenas y campesinas que, en algunos casos dieron lugar a rebeliones, tal vez la mayor de las cuales fue  la llamada “Guerra de Castas” en el Yucatán. Existió permanentemente una especie de bandolerismo rural de las masas rurales sobre todo en las regiones ganaderas aunque, como hemos señalado, fue más común que se incorporaran a las luchas faccionales.

 

En ningún caso los que de manera general denominamos sectores populares, invocaron la democracia ni tuvieron la posibilidad de elaborar un proyecto de carácter general, dada su heterogeneidad y aspiraciones distintas.

Estimamos, no obstante, que sus demandas de libertad e igualdad, autogobierno, singularidad cultural, defensa de sus tierras y otras demandas que levantaron constituyeron formas de resistencia a la imposición o pervivencia de formas profundamente antidemocráticas de dominación.

 

Tanto en Europa como en la que desde mediados del siglo sería denominada América Latina, el término democracia para caracterizar a una corriente política fue casi inexistente hasta las proximidades del medio siglo. En todo caso, asimilándola a soberanía popular, que se suponía ejercida por un número restringido de ciudadanos, se empleó el término para oponerlo a dictadura o gobierno ejercido fuera de la constitución.

 

Liberalismo.

 

Durante algunas décadas posteriores a la Revolución Francesa, el término democracia había sido poco usual en Europa, donde aludía demasiado a jacobinismo. Si las modalidades más moderadas de etapas anteriores y posteriores de la Revolución Francesa tenían un mayor número de adeptos, al mismo tiempo crecía la influencia del pensamiento conservador, que renegaba de los principios de la Ilustración y, por otro, cuando fue evidente el espíritu de conquista napoleónico, fue rechazado todo lo que proviniera de Francia.

 

Se usó en cambio el término liberalismo como corriente política empleado durante las Cortes de Cádiz, que habían redactado la constitución de 1812, restablecida y radicalizada en 1820 y que sirvió de bandera a los revolucionarios de la época. En Hispanoamérica independiente se caracterizaron como liberales, las corrientes que sostuvieron la necesidad de romper con la herencia colonial, de modernizar los nuevos estados que debían orientarse hacia la consecución del progreso, poniendo énfasis en algunos casos en la secularización de los bienes del clero y algo más tarde de todos los aspectos del estado nacional.

 

Aunque los liberales fueron contrarios al proteccionismo de tipo mercantilista y al corporativismo, no siempre adoptaron el liberalismo económico in totum privilegiando el mercado como regulador de las relaciones entre los hombres, concebidos como vendedores y consumidores, y la especialización productiva según las llamadas ventajas comparativas de cada región o país. De todas maneras recién en 1842 Inglaterra, la primer potencia industrial del mundo, adoptaría una política decididamente liberal en materia económica. En América Latina la importancia que tenían los impuestos aduaneros determinaron que en ningún caso fueran restringidos drásticamente. Siguieron vigentes durante muchos años en algunas formaciones sociales, fueros y mayorazgos, la propiedad estancada en manos del clero y la de las comunidades indígenas y pueblos campesinos.

 

El liberalismo como corriente política nacido durante las Cortes de Cádiz había mantenido la monarquía, aunque limitando el poder real, lo que se acentuaría a partir del restablecimiento de la monarquía, limitada luego de la revolución de 1820. La constitución de 1812 había radicado la soberanía en las Cortes que constituían un poder legislativo unicameral. Había eliminado la servidumbre y otros derechos feudales, aunque no la esclavitud, otorgado el sufragio indirecto en el primer nivel a los vecinos –término que también se usó de manera imprecisa– incluyendo a los indios americanos aunque no a las castas.

En Brasil, en el período independiente, predominó una corriente liberal más moderada que la que rigiera después de la revolución de 1820, que había puesto en vigencia la constitución española del mismo año. Las corrientes más radicales fueron generalmente republicanas. El término democracia no fue prácticamente utilizado, dado que entonces era incompatible con la monarquía. Los liberales entre los cuales revistaron fazendeiros eran, sobre todo, partidarios de las autonomías estaduales y defendieron el liberalismo, cuando no la secesión.

 

También el liberalismo hispanoamericano comprendió un abanico de corrientes. En algunos casos, sus diferencias con los que se caracterizaron como conservadores fueron muy limitadas. Aunque republicanos en las primeras décadas posteriores a la independencia, fueron más tímidos en sus propuestas que las formuladas por los integrantes de las cortes gaditanas.

 

Derrotados los liberales europeos en 1820, lo más parecido a un tipo de gobierno liberal lo constituían los whigs británicos, que siguieron siendo muy moderados y entre los cuales se destacaron algunos de los más connotados conservadores. Para elegir la Cámara de los Comunes, sólo votaban los propietarios y en Inglaterra pervivieron privilegios nobiliarios y, de hecho, no regía la misma ley para los pobres, que seguían siendo sometidos a las leyes de vagancia restrictivas de su libertad.

Algunos autores suelen remontar el liberalismo como individuación y separación del hombre de sus lazos estamentarios y corporativos a Thomas Hobbes, quien por cierto justificó el poder absoluto del Estado en la metáfora pactista. En todo caso aunque pronto rechazó el absolutismo, el liberalismo siguió siendo elitista o elitario hasta la segunda mitad del siglo XIX y nadie hubiera confundido liberalismo y democracia.

 

Es bueno recordar lo anterior porque el neoliberalismo defensor del mercado como único regulador de las relaciones entre los seres humanos, considera que puede prescindir de la democracia, que concibe como elección competitiva de los gobernantes; ya ha sucedido con algunos de sus más destacados expositores como Hayec o Friedman que apoyaron entusiastamente a la dictadura chilena.

 

El término democracia, aplicado al sistema político y a la sociedad, tanto en Europa como en Hispanoamérica, alcanzó legitimidad en los años anteriores y durante las revoluciones europeas del 48 y los movimientos hispanoamericanos del período. Lo fue por la segunda generación hispanoamericana liberal posterior a la independencia. Pero el punto merece ser analizado más cuidadosamente.