DEBEMOS CAMBIAR

                                                                            Para el navegante que no

                                                                             sabe adónde va nunca hay                                                                                       vientos favorables.

                                                                                                         Séneca

 Por Pedro Hernández                                                                                                                                                                                                                                                                                                               

 

Nadie es responsable, bello país.

El Uruguay corporativo sigue lo más campante.

A dos meses de instalado el nuevo gobierno, todos los gremios reclaman se les devuelva algo de lo perdido. Los empresarios hablan del atraso cambiario, del endeudamiento.

De las causas no se habla, estamos en la tercera crisis destructiva de la economía en los últimos cuarenta años y la historia sigue siendo la gran ausente. No hay cambios de enfoque frente a la realidad: 30% de la población – que no puede actuar corporativamente - por debajo de la línea de pobreza, miles de indigentes, endeudamiento interno enorme y una deuda externa que más allá de los “arreglos” en el papel, nos condiciona como país.

El sinceramiento imprescindible falta una vez más a la cita, seguimos como si no hubiera pasado nada, como si todo lo que nos pasa fuera fruto de la última crisis. Nunca más cierta la frase del poeta: “Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a revivirlo”.

Dicen que de las crisis surgen soluciones – no milagros -, pero éstas vendrán si hay una visión contextualizada de la misma. Hoy como ayer, los que tienen poder reclaman, nadie plantea un nuevo relacionamiento de país integrado, cada uno sigue aferrado a su chacrita, la práctica con la que nos hemos estado autodestruyendo.

 

Sin una visión de economía integrada no es posible corregir las profundas asimetrías económicas y sociales que el modelo – desintegrado - en curso, instaló en los últimos 50 años.

 

No se puede tener un valor de la moneda para cada sector. Para recrear una economía con desarrollo sostenible y sustentable hay que evitar  el traslado – indebido -  de recursos internos entre sectores, fruto de la relación cambiaria, que debe estar al servicio del País. En el modelo en curso, los empresarios han usufructuado de prebendas por adhesión partidaria, los sectores sociales perdieron y la riqueza se concentró. Hoy siguen reclamando menos impuestos o una relación cambiaria que los favorezca. No es por casualidad que el país llega a este desastre social, donde muchos se han callado en defensa de sus intereses.

En lo económico el país sometido a decisiones que se toman afuera, como ha sido desde 1959, firma del primer acuerdo con el FMI. Es el fruto de más de cuarenta años de un manejo contrario a los intereses nacionales.

Los organismos internacionales dictan, o “sugieren”, al gobierno  medidas de política interna que debe llevar adelante, como por ejemplo entre otras, mejorar la recaudación fiscal, nivel del superávit primario, etc., de las asimetrías no se habla.

¿Nadie se avergüenza? ¿Nadie se sensibiliza para exigir decoro?

La dignidad y el respeto por nosotros mismos  es la fuerza de los débiles, ¿ésto también lo perdimos?

Los gobiernos que se han sucedido hasta el 31 de octubre de 2004 nos han dejado  un país hipotecado.

No hemos asumido la magnitud de ese problema, ya que se sigue pensando que con el mismo modelo podremos salir adelante.

¿Los técnicos piensan que administrando mejor, que es necesario, podremos corregir las brutales asimetrías sociales?

Estamos una vez más, empantanados con los mismos problemas que se suceden desde la década del sesenta.

Hoy todos reclaman por el endeudamiento, el agro, los endeudados en dólares, etc, etc.

Hay un cambio de gobierno y de partido, ¿hay un cambio en el enfoque de esos problemas?,  sin perder las esperanzas, creemos que por ahora  no. La señal política de cambio de modelo no se ha dado.

Este es un modelo de economía desintegrada, donde hay sectores rehenes y esa es a nuestro juicio la principal causa de nuestro estancamiento económico –estructural- y de las enormes asimetrías sociales.  

Persistir con el mismo, creemos humildemente, es no entender como el país llegó a esta situación de inviabilidad económica.

Un endeudamiento sustentable – proclama la tecnocracia Internacional - no debe ser superior al 40% del producto y hoy es  del orden del 100%. Debemos  transparentar nuestra realidad para no frustrar las esperanzas. Si queremos aspirar a un desarrollo sostenido, el país debe tener otra relación de pago de la deuda externa e interna. Debe crearse un nuevo marco de corresponsabilidades, que devuelva la confianza perdida y alienten al esfuerzo por el mismo.

 

Esta es la oportunidad histórica de transparentar la economía, tratando la deuda externa e interna como un problema país, que lo es.

 

Es la señal política para pedir un esfuerzo a todos y trasmitir al mismo tiempo, que nunca más la economía será manejada en función del interés partidario.

Es el camino para recrear la credibilidad de los inversores y en el cumplimiento de los contratos.

La realidad del Uruguay de hoy es fruto de un modelo, más allá del mal manejo, y de la permanencia del mismo son también corresponsables los organismos de crédito Internacionales – FMI, BM, BID -. ¿O no sabían a quien estaban prestando y cual era el manejo del país? Son responsables  por omisión o por comisión. Nadie se debe llamar a engaño ¿cuántas veces los técnicos de estos organismos nos han dicho lo que debíamos hacer? ¿Cuántas veces han pontificado sobre lo que era lo mejor para nuestra economía? Hoy tenemos una realidad social y económica que los cuestiona.

El daño social es brutal y profundo, más allá de las estadísticas, que no cuantifican el dolor, la angustia y las inhumanas condiciones de vida. No podemos seguir haciéndonos los distraídos. Los gobernantes de hoy deben  hacer valer nuestra dignidad como país, pese a la fragilidad económica.

No estoy hablando de no pagar, ni hago un discurso que desconozca la realidad. Debemos pagar en otra forma, no como hasta hoy. También convengamos  que el endeudamiento externo e interno no es responsabilidad de los más desfavorecidos, que en realidad subsidian el confort de los menos y el pago de la deuda.

Un gobierno que llega después de 73 años de dictadura política  del partido único, el del 3 y 2, debe tener otra postura. Los hechos le dan pié para actuar desde la dignidad, ofreciendo responsabilidad y transparencia. Hay que plantear soluciones – en el marco de un modelo integrado - para corregir la exclusión y solicitar otros compromisos que no los clásicos a esos organismos y a los actores internos que se han favorecido con el modelo económico desintegrado.

 

Hay que atreverse a pensar distinto, 50 años de espaldas al país y al mundo que cambió constantemente  nos obligan.

 

No se puede seguir usando a los pobres y a los excluidos. Los grandes medios que se han servido del modelo, hoy tratan de tener raiting denunciando las lacras sociales – que nunca denunciaron - que se han acumulado en los últimos cuarenta años.

No se pueden seguir asumiendo compromisos en el papel para disfrazar la realidad, ahí tiene que haber un cambio, para lo cual se debe convocar a todos los actores, sociales y económicos, el país es uno. El modelo desintegrado invocó siempre en el discurso, lo social, pero cuidando que los que están bien o muy bien no pierdan su estatus. Por eso los desfavorecidos recogen lo que “sobra” en la economía y así hoy tenemos los datos sociales que tenemos. Como ilustración, pese al crecimiento del 12% del producto en el 2004, la pobreza se incrementó, es un claro ejemplo de los resultados del modelo. Esta es la burla que hemos aceptado por ignorancia o por interés. Es obvio que la desigualdad social acumulada por el modelo en curso no se va a corregir con buenas intenciones y discursos más o menos técnicos.

La honestidad intelectual y la sinceridad, nos indican que si no hay una profunda redistribución y resignación de una cuota de bienestar de los que están bien o mejor, no hay salida para los excluidos del modelo, la historia de los últimos 50 años es contundente.

Estamos en una crisis extraordinaria, por eso pensamos que las medidas que se deben tomar no son las de una situación normal. No podemos seguir endeudándonos para atender la situación social. Así por ejemplo el IRP debe ser reasignado, en un marco de cristalinidad, para inversiones en fuentes de trabajo. Esta sería una gran señal al país, de madurez y cambio, desde el movimiento sindical, que alienten otras de sectores más favorecidos. Debemos tomar medidas fuera de los marcos normales, porque la situación del país nada tiene de ello. Más allá de todos los ismos que tanto daño nos han hecho con su dogmatismo y sectarismo. El país debe ser convocado a un gran esfuerzo solidario, si no terminaremos enredados en la red jurídico administrativa creada por el partido único para perpetuarse en el poder.

Debemos crear la mística de un país distinto, que es  posible.

No puede ser que los sectores más privilegiados actúen, como si no hubiera pasado nada, como si la crisis estuviera resuelta. Ese Uruguay frívolo debe ser cuestionado, hay un límite para el cinismo que no se conmueve ante las diferencias. ¿Hasta cuando vamos a tolerar que las crisis castiguen a los sectores más desprotegidos?

Nos hemos acostumbrado a aceptar los problemas sociales como un fatalismo... Un ejemplo en Montevideo: dos colegios del más alto nivel económico están  junto a una escuela pública donde la pobreza se exhibe. En ella muchos niños provienen de asentamientos. A los primeros, los niños llegan en vehículos que pasan por el frente de la escuela pública,  a la que la mayoría llega caminando o en carritos- los cuatro por cuatro de los pobres- ¿Esto es democracia? Una sociedad tan fragmentada es el producto del modelo desintegrado que debemos cambiar.

 

El modelo desintegrado - de las chacritas -, es el gran responsable del Uruguay de hoy y todos hemos contribuido, en distintos niveles de responsabilidad, a su mantenimiento, debemos asumirlo por el futuro del país. Sólo así encontraremos las herramientas para el cambio.

 

No podemos seguir con los discursos.

Decimos una vez más, nuestros problemas hoy son ante todo políticos, éticos y morales.

Una sociedad con el nivel de exclusión y desintegración como la que tenemos no se genera por casualidad, ni por distracción.

Por tanto debemos ir a las causas y no seguir llenando espacios y horas de charlas sobre las consecuencias.

Otra causa fundamental de nuestras crisis, es que los gobiernos hasta hoy no han sido responsables para asegurar el equilibrio de las cargas en la economía y los desequilibrios en un modelo desintegrado, lo pagan siempre los más débiles, los rehenes.

Es poco serio, por decir lo menos, que los técnicos y los políticos hablen del respeto de los contratos desligados de las conductas de los gobernantes en el manejo de la economía en sus grandes variables, en los últimos cuarenta años.

 

Reiteramos, el respeto de los contratos debe ser una prioridad nacional. Es la herramienta fundamental para tener  credibilidad. Así podremos recrear el ahorro interno, pilar fundamental de un desarrollo sostenido.

 

Pero para exigir el contrato debe haber equilibrio entre la partes y esos equilibrios sólo pueden garantizarse desde del poder del estado. Para ser más claro, cuando hay una sobrevaloración monetaria extraordinaria o una devaluación, en el entendido de que estos fenómenos de la economía se deciden o hay que aceptarlos en función del interés nacional, el país como tal debe recomponer los desequilibrios, que por supuesto no afectan a todos por igual. Nuestra realidad hoy es un ejemplo muy claro de cómo se ha procedido.

Actuar distinto es el cambio fundamental en el camino hacia un modelo de país integrado.

 

Economía integrada implica que todos los actores interactúen en relaciones de equilibrio y sin sectores “rehenes”.  No se puede hablar de integración entre países, con economías desintegradas, el fracaso de la ALALC y las idas y venidas del MERCOSUR son la mejor prueba. No podemos seguir emparchando en la coyuntura.

 

Esta realidad histórica la tienen que asumir nuestros dirigentes y los organismos internacionales, lo contrario ha hecho tanto daño social que avergüenza seguir escribiendo sobre el mismo.

Ahora el gobierno, ayer oposición, discute internamente soluciones al endeudamiento, que en el caso del agro viene de 1999, el resto es fruto de la crisis que estalló en el 2002. Tiene que haber una definición conceptual y no seguir aferrados a las herramientas de tiempos normales, de economía ordenada, en la cual sí pueden y deben regir los contratos. Este gobierno que se inicia  debe terminar con las prácticas, de los gobiernos  anteriores, que desvirtuaron la herramienta del contrato,  beneficiando a los más fuertes.

La mayor parte de la deuda ha sido impuesta desde la conducción de la política económica, atraso cambiario en la década del 90 y devaluación en el 2002.

Argumentar que tomar medidas en la emergencia pueda afectar la credibilidad, es aceptar que no se tiene claro las causas de los problemas. Argumentar que se favorece a los malos pagadores es otra falacia, todos sabemos porqué los hay y quienes son. Por otra parte los economistas y la mayoría de los dirigentes gremiales del agro han apoyado históricamente este modelo económico, que ha ignorado – para utilizarlo - la magnitud de la peripecia productiva en el campo.

La dirigencia rural, ha aceptado que los productores corran los mayores riesgos a su cargo. Esta es la mejor muestra de una economía con rehenes, donde los beneficiados pueden trasladar fácilmente sus ineficiencias.

Esta es la “cultura” que ha promovido este modelo económico, que no tiene credibilidad, ni fuerza. Se vive en el reclamo permanente. Una economía confrontativa, en la que las ventajas de unos depende de lo mal que les vaya a otros. En el agro  hay claros ejemplos.

Por otra parte el crédito al agro ha sido otorgado – históricamente - con riesgos muy superiores al resto de la economía, algunos desequilibrantes e inevitables como el clima al que hay que agregarle  un marco de inseguridad cambiaria que a caracterizado al país en los últimos 50 años.

Esto es así porque el modelo económico – desintegrado – que el país lleva adelante, está fundado en la confiscación de rentas del agro y a productor perdido, esa ha sido y es la realidad histórica y el sustento de sobrevivencia de nuestra economía. No es por casualidad que la población rural disminuyó en 260000 personas entre 1954 y el 2000. ¿No se enteraron?

Esta economía facilonga se sirvió del campo, sin importar la realidad de la familia rural.

Si no hay una lectura distinta del país, los cambios no serán posibles.

Esa es la señal que el nuevo gobierno debe dar para alentar la esperanza y  hacerlos posible.

Si no, como hasta hoy, el país  desintegrado mejorará y empeorará  al compás de los avatares de los mercados externos, - somos tomadores de precios - y los desequilibrios se profundizaran.

Sin un estado que asegure justicia, para todos, en el manejo de las grandes variables de la economía, no podemos soñar con tener un uso correcto del crédito y  menos el uso de los dineros de las AFAP. Para ello el estado debe dar la señal que él será el garante de los contratos y el primero en respetarlos, no como ha sido hasta hoy.

Hemos tenido una economía para los cercanos al poder, ¿no podremos cambiar? Este es el verdadero desafío para los técnicos, acostumbrados a las reglas de juego dictadas desde afuera y enfocadas a asegurar protección de algunos inversores, no de todos.

En definitiva, los problemas de la economía no se pueden seguir resolviendo con leyes o decretos o por interés electoral como ha sido nuestra realidad, así nos va. Utilizar la herramienta legal, en un marco de enormes desequilibrios creadas desde el estado, para posibilitar la mejor solución económica, es otra cosa.

Las asimetrías que se crearon en nombre del mercado no las resolverá el mercado, las pruebas están a la vista.

 No perdamos la memoria, conviene recordar que los más fuertes, con los bonos devaluados del 2002 – que perjudicaron a los ahorristas -, pagaron   sus deudas por su valor nominal, muchos inversores utilizando esta herramienta compraron los bienes a los arruinados por la crisis, a precio vil, pagando las deudas con los mismos. Esto se alentó desde el gobierno y nadie se rasgó las vestiduras. Esto que descalifica la conducta de un gobierno no fue cuestionado por nadie. La diferencia la paga el país, ¿eso no preocupó al FMI, al BID, al BM y a todos los que hoy atemorizan y hablan del respeto  de los contratos?

No es fácil encontrar la palabra para calificar estas conductas.

Pero es muy claro que el cambio es actuar distinto.

Una economía desintegrada volvió a servir como en bandeja a los inversores especulativos, que llegan en las crisis. Por eso el país no tiene una economía sana. No hay credibilidad, salvo para la especulación.

El país necesita en forma imperiosa potenciar el ahorro nacional, no podemos seguir pidiendo al exterior. Así como no podemos seguir esquivando las grandes causas de nuestros problemas.

El manejo de la economía uruguaya de los últimos 50 años no les da confianza y menos seguridad a los inversores de mediano y largo plazo, por eso históricamente la baja inversión productiva.

La señal de cambio es que el estado se haga responsable del equilibrio de las cargas en la economía y a su vez tenga claras las líneas de trabajo, las regla de juego para todos y las haga cumplir.

Este es el cambio que el país necesita y espera.

Los economistas no pueden seguir haciendo números descontextualizados de la realidad de los distintos sectores.

No podemos seguir con una economía en la que “al

que le toca le toca”.

Sólo trabajando hacia un modelo integrado, podremos dar solución a la diversidad, minimizando las asimetrías.

 

 

phr@internet.com.uy                 Mayo 2005