¿ACUERDO ELECTORAL O NUEVA FUERZA?

No tenemos duda alguna sobre las reacciones que provocarán estos artículos: unos, considerarán que nos colocamos muy a la izquierda; otros, a la derecha. Y no faltarán aquellos que piensen que la publicación en vísperas electorales, es inoportuna y perjudicial. Lo primero no interesa. Esto último, sí. Nosotros mismos, como ya creemos haberlo dicho, nos planteamos, también esas objeciones. Resolvimos entrar al debate, cuando vimos que no pocos compañeros probados y desinteresados, tenían preocupaciones y dudas. El artículo de López Silveira y el de Deus nos decidieron a no esperar. Como nos decidieron las observaciones de Ardao, que MARCHA recogió hace unos meses, y las de Julio Castro y las vacilaciones de Luis Pedro Bonavita o de Héctor Rodríguez, uno de los dirigentes sindicales más lúcidos y capaces, si no el más, que hemos conocido. En este mismo número aparecen dos nuevos testimonios de esas crisis de conciencia: Carlos Ma. Gutiérrez separado de MARCHA desde hace casi dos años, y con quien hace otro tanto no cambiamos una palabra, nos envía una nota que revela singulares coincidencias con algunos de nuestros puntos de vista, y algo parecido se descubre en la carta que nos dirige desde Flores, Atilio Grezzi, antiguo militante socialista y muy querido amigo.

¿Para qué callar entonces? Es mejor que el debate, que tal vez debió plantearse en otro terreno - no es nuestra la culpa si así no ocurrió - se desarrolle con total amplitud. Por otra parte, ya lo hemos dicho, ni el país, ni la esperanza de una nueva fuerza política morirán el 25 de noviembre. Si para esa fecha no se puede hacer lo que debe hacerse, se hará más tarde y no está mal empezar desde ahora la tarea.

Repetimos: si los grandes partidos actuales son incapaces de gobernar, nuestro deber, el deber de todos los que así piensan, es el de crear la fuerza capaz de cumplir con eficacia esa función, capaz de ofrecer al país una alternativa de poder. Este es el punto de partida.

Esa fuerza no puede trabajar con esquemas ajenos, debe responder a una concepción general que presida y oriente su marcha en el tiempo, - por otra parte siempre limitado, para nuestras previsiones y por las prodigiosas transformaciones del mundo que nos rodea - y ha de tener los pies sobre la tierra, sobre nuestra tierra. La frase tiene un sabor retórico finisecular, pero sirve para darle mayor precisión a nuestro pensamiento: marchar hacia el ideal, decía Jaures y comprender la realidad.

Todos quisiéramos tener un diario que se ajuste a nuestros deseos. Todos, tal vez, quisiéramos construirnos un partido que sirviera a nuestros afanes. No se trata de incurrir en puerilidad semejante. Un partido es una creación colectiva, una constante acción común, la puesta en marcha y la aplicación, por hombres falibles y rebosantes de defectos, de aquella concepción general a que antes referimos.

Los errores tácticos, por otra parte, pueden conspirar contra los vastos planteamientos estratégicos; pero no tienen porque ser considerados como un fracaso de éstos, como una prueba de la inadaptación de los mismos.

Creemos, siempre lo hemos creído, al margen de lemas, fórmulas y partidos que, hoy por hoy, en nuestro mundo - no sabemos lo que ocurrirá mañana cuando estemos muertos - sólo caben dos posiciones y no es necesario, usar y abusar de adjetivos, para definirlas: de un lado están aquéllos que confían en la libre empresa, en la economía del mercado, en la exclusiva virtualidad creadora de la propiedad individual y que, a nuestro entender confunden libertad con aquella libre empresa; del otro, quienes, a pesar de los fracasos provocados por la rigidez y el burocratismo, consideran que los medios de producción deben pasar a manos de la colectividad o ponerse bajo su vigilancia y control y que el presunto y nunca verificado automatismo del mercado debe ser sustituido por la planificación.

En nuestros países subdesarrollados, la lucha tiene una doble finalidad, en el tiempo y el espacio, y debe librarse, en primer término contra las formas opresivas del capitalismo internacional. Los países subdesarrollados son ellos mismos, en su totalidad, víctimas del sistema que reposa sobre la libre empresa y la propiedad individual de los medios de producción. Cuanto en sus propios países de origen, ya evolucionados, no puede hacer, lo hace o quiere hacerlo, el capital internacional en los países ajenos. Y aún para asegurar más altos niveles de vida a las clases trabajadoras en aquellos países de origen, ese capital internacional necesita obtener más altos beneficios moverse con mayor facilidad en los países donde busca colocación. Es el hecho imperialista, con todas sus implicaciones y todas sus variantes. Y por ser el de mayor gravitación, es contra él, que debe librarse en primer término la batalla. Entre nosotros, países subdesarrollados, el nacionalismo tiene una carga emocional y un contenido económico y social totalmente distinto, hasta ser antagónico del que tiene en los grandes países desarrollados. Palabras iguales para hechos que se contradicen, se repelen y se niegan.

Si no se comprende el fenómeno imperialista, si no se tiene conciencia de nuestro subdesarrollo, si no se es auténtica y, permítasenos la palabra, ferozmente nacionalista, se está entre nosotros, de espaldas a la realidad. Lo primero es lo primero. Lo primero es hacer una nación, crear un país. Y para hacerla y para crearlo, hay que trabajar .y producir. Trabajar y producir con sacrificio y con eficacia. No hay desarrollo sin inversión. No hay inversión, sin elección. No hay elección, sin renuncia. No hay renuncia sin pena.

Hoy aquí, Uruguay 1962,  sobre la base de aquella concepción general a que referimos, pensamos que la tarea urgente puede trazarse cinco rumbos:

- La producción agropecuaria para la que estamos, por diversas razones - demográficas, climáticas, geográficas, etc. - especialmente dotados, se cumple, con ajuste a una estructura que es insuficiente y que lo será más cada día. Hay que cambiar esa estructura. Cambiarla no significa copiar lo ajeno, que responde a otras necesidades y realidades. No significa limitar o dividir con criterio cuantitativo, la propiedad. No significa sustituir, la propiedad de unos pocos por la propiedad de otros pocos más. ¿Por qué el vicio esencial del régimen de la propiedad individual aplicado a la tierra desaparecerá, cuando en lugar de ser pocos los dueños, sean algunos más? Cambiar significa, hacer que la estructura sea productiva  y eficiente. El progreso económico traerá el progreso social, la mejor distribución, el más justo reparto. Pero no hay progreso social cuando todo se reduces a repartir tierra y a crear al azar de fórmulas aritméticas, explotaciones sin técnica y sin capitales.

- Creemos que nuestra enseñanza es libresca, atrasada, pedante, palabrera. Ajena al país. Una tangente que invita a la fuga. Ni se compadece con nuestras realidades, ni es capaz – no lo puede ser por razones de medio y densidad de capitales y de historia -, de alcanzar la alta y desinteresada investigación pura.

El país necesita agrónomos, veterinarios, ingenieros, que no sean burócratas, economistas que no sean contadores.  

Empecemos en este siglo de la técnica, por aprender las técnicas, por aplicar las técnicas.

Todo ello, claro está, sin   perjuicio de crear hombres, de infundir a los que pasan por las aulas, la mística del deber nacional, el amor y el orgullo del trabajo, la dureza del carácter, el horror de la facilidad, el desprecio por oropeles.

Una enseñanza en fin, que coadyuve a la liberación nacional. Porque el primer,            capital son los hombres.

- Estas dos reformas            sustanciales, la de nuestra producción agropecuaria y la de nuestra

educación, se insertan o deben insertarse dentro de un plan general. Los países viejos y poderosos se planifican. Los nuevos, en ocasiones con taras de viejos, como nosotros -así la baja natalidad - deben planificar su economía con más razón. No les sobran capitales y a nosotros, Uruguay, además, no nos sobran brazos. Planificar es invertir para lograr con los  precarios y limitados recursos de que se dispone, la mayor y mejor producción. Todo peso, mal gastado es doblemente perjudicial: da satisfacción a necesidades prescindibles y crea producciones artificiales; retrasa o impide la aparición de producciones útiles. La historia de estos últimos treinta años es en nuestros países, a pretexto de progreso, la historia del despilfarro de nuestras energías y recursos. Y eso se paga. Y lo estamos pagando. Lo estamos pagando con el estancamiento por un lado y con la dependencia por otro. Por haber malbaratado nuestros magros capitales propios, en edificios suntuosos, en rutas de lujo, en jubilaciones dispendiosas, andamos, sombrero en mano, mendigando préstamos del extranjero. Planificar es comprender que las necesidades son infinitas y los recursos pocos. Planificar es adquirir conciencia económica. Porque el drama que detrás de la economía se oculta y al cual ella debe dar el frente es el de esa oposición, entre los deseos sin fronteras y las posibilidades limitadas.

- Si de lo más general, se pasa a lo que es menos, cabe pensar que países como el nuestro, para defenderse de la penetración extranjera, para invertir con orden - un orden de prioridades - y para ensanchar el dominio colectivo de los medios de producción, deben intensificar y depurar su política de nacionalizaciones, política que nos dio fisonomía en lo albores del siglo y que a partir de los 30, se vio comprometida y manchada por los pactos politiqueros. No tiene la culpa la nacionalización del mal uso que de ella hicieron los hombres, atentos a la distribución matemática de puestos y no a la finalidad liberadora y creadora de la empresa, que comprometieron y comprometen a esta para asegurar el mezquino reparto.

- Un país débil, rodeado de poderosos, en un mundo que dos pretenden manejar, tiene que defender con los dientes apretados, sin admitir fisuras ni excepciones, el principio de la no intervención y el de la autodeterminación. No hay jueces internacionales capaces de arbitrar el conflicto entre los fuertes y los débiles, entre los grandes y los chicos.

Cuando cierto snobismo frívolo y de calcomanía habla de limitaciones de la soberanía y trae al debate las opiniones de cualquier ilustre o no ilustre tratadista extranjero, olvida que esas tesis pueden tener explicación y admitámoslo, aun justificación, en otros lares. Conviene volver a lo que antes dijimos sobre los distintos contenidos de la palabra nacionalismo, aquí y en tierras lejanas. Que los poderosos se dispongan a limitar sus respectivas soberanías, puede estar bien, siempre que lo hagan. Es decir que abandonen el púlpito y le den un corte a la fritanga. Que los débiles y sometidos sin ley internacional que los ampare, sin jueces que los protejan, hablen de esa limitación y se dispongan a aplicarla, es en el mejor de los casos, un ejemplo de imbecilidad cipayuna, de suicidio por zoncera. El cordero que en el cónclave de lobos y leones, accede a que éstos vigilen las tierras

donde pace, a cambio de que le concedan el derecho a inspeccionar el cubículo donde ellos moran. Los lobos y los leones dictan la ley y la aplican, los corderos la soportan. Son inevitablemente las víctimas de ella. Cuando todos esos tontos garrulos y doctorales de los cónclaves panamericanos, hinchadas las cabezas por las sonoras palabras, se disponen a cumplir Intervenciones en el solar ajeno, a pretexto de restaurar la democracia escarnecida y defender los derechos humanos pisoteados, hacen lo que no haría el cordero, que es uno de los bichos más tontos de la creación: afilan y pulen los colmillos del que biológicamente está inclinado a devorarlos, meten la cabeza en las fauces del monstruo. ¿De poco sirve proclamar el principio y defenderlo si la fuerza a fin de cuentas hará lo que le vengan gana o lo que se ajuste a sus necesidades? Bien, sí pero de todas maneras, es mejor tener alguna defensa a no tener ninguna y es mejor morir peleando que entregarse de antemano, con dulce resignación, arrullados y anestesiados por el engaño. Para los imbéciles no se han hecho las alegrías y las luchas  de mundo. Y un país puede hacer muchas cosas; paro nunca actuar como un imbécil.

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He ahí, sin la pueril pretensión de crearnos  “el partidito de nuestros sueños”, las cinco directivas que, repetimos, hoy, 1962, aquí, Uruguay, América Latina, podrían servir de base para la creación de una nueva fuerza:

- Modificación de la estructura agraria.

- Reforma  de la enseñanza.

- Planificación de la economía.

-Desarrollo y depuración de las nacionalizaciones.

- Defensa del principio de no Intervención y de la autodeterminación.

Cinco directivas  definidoras de lo que cabría llamar, puesto que de algún modo hay que llamarla, una izquierda nacional. A unos les parecerá poco; a otros, mucho. Para unos, la enunciación será demasiado genérica; para otros, demasiado precisa. Unos querrán arremeter otros avanzar con prudencia. Es inevitable; pero esas cinco directivas u otras bastarían, sí, conjuntamente con la concepción general a la que responden, sirvieran para lograr la coincidencia. Para darle cauce a la izquierda nacional - puede ser la que nosotros concebimos, pueden ser otras - se han puesto en marcha dos agrupamientos. La Unión Nacional y Popular y el Frente de Izquierda de Liberación. La primera de cuño socialista; el segundo, réplica o no de la primera, no interesa discutirlo, de cuño o de inspiración comunista. Es decir, las nuevas formaciones de izquierda derivan de los viejos partidos considerados tales, que han renunciado a sus denominaciones propias y para ensanchar su campo de acción y justificar el paso han buscado, - en alguna ocasión, con fatiga y tenacidad -, la alianza de otras fuerzas políticas. El socialismo ha estado durante meses a la espera de la decisión del comité que responde al Sr. Erro; el comunismo ha logrado el concurso del Sr. Collazo y sus partidarios.

Las nuevas formaciones pues, nacen de los viejos partidos. Es un hecho. Y otro, que en las nuevas estructuras, esos viejos partidos que han sacrificado su lema, siguen siendo las fuerzas más importantes y las que más comprometen o arriesgan en la empresa. Esta izquierda nacional que combatirá dividida es así, más que una nueva fuerza, una alianza, en la cual dos partidos viejos, viejos por su edad, son decisivos.

Y este hecho o estos hechos, llevan de la mano a ciertos reconocimientos, y a ciertos planteos y a ciertas interrogantes.

La primera, y mucho nos llama la atención que en ella no se haya reparado, es la siguiente: ¿por qué socialistas y comunistas, acaso más los primeros que los segundos, cambian de denominación y se disponen a crear un nuevo partido? Cincuenta años largos lleva el partido socialista de actuación en el país. En las últimas elecciones conquistó tres bancas en la Cámara de Diputados y una en el Senado. ¿Se cree, con amplitud y visión que supera los planteos electorales, que la experiencia está cumplida y que el socialismo, como tal, tiene cerrado aquí en el Uruguay, el porvenir? Es decir, aunque nos duela pronunciar la palabra, ¿se reconoce tácitamente el fracaso de la generosa y difícil empresa propia? Así parece ser, aunque sea duro confesarlo y confesárselo. Ese reconocimiento, al margen de que sea justo o equivocado, honra a quienes han tenido el coraje de hacerlo y el coraje todavía mayor de buscar nuevos caminos y romper, sin duda, con amargura, viejos vínculos. Pero si el sacrificio obliga al respeto, ha de permitírsenos también, que hagamos otra acotación, la experiencia intentada ha quedado a mitad del camino. Se admite que el partido como tal, no tiene, en lo inmediato, destino, pero se pretende crear con ese partido una nueva fuerza mediante el apoyo o la adhesión de algún grupo desvinculado de los partidos tradicionales. Una alianza de fuerzas políticas preexistentes. No, en verdad, la creación de otra. Y una alianza, donde sin desmedro del prestigio, del caudal y de la decisión y el coraje del Sr. Erro y sus amigos, uno de los participantes es el que predomina en forma abrumadora. Una alianza y no le damos al término sentido peyorativo, por accesión.

Para los que han votado antes al partido socialista el hecho puede carecer de mayor significación desde el punto de vista estrictamente personal. Votar por la U.N.P., será votar una vez más por el socialismo. Para los que esperan y desean otro destino para el país y otro destino para las izquierdas, el hecho es una dolorosa frustración. Nosotros - lo declaramos a fin de evitar todo equívoco - hemos votado, en anteriores oportunidades, las listas socialistas; pero también nos acompaña ahora un sentimiento de frustración de empresa fallida, de viaje en redondo, con un sólo puerto: el mismo de salida, el mismo de llegada.

Cerramos por hoy aquí. Seguiremos el monólogo la próxima semana. Otros aspectos de la U.N.P., y la opinión que nos merece el llamado Frente Izquierdista de Liberación.

MARCHA, 31 de Agosto de 1962