El deber hoy y aquí.

 

Otra vez circulan los rumores. Se explica que así ocurra. La situación es difícil y no faltan, no pueden faltar, quienes pre­tendan aprovechada. Vigilar y prevenir es nece­sario; pero no menos necesario, ver, sin prejui­cios y sin histerismos.

 

Una situación de fuerza sólo pueden crear­la los que dispongan de fuerza, de alguna fuer­za. Verdad perogrullesca.

 

En el país tienen fuerza el ejército y la poli­cía. Y en Montevideo quizá más la policía que el ejército. Sin el apoyo o la tolerancia de una y otro, nada puede hacerse. No existen organi­zaciones paramilitares de partidos u otras or­ganizaciones, capaces de dar un golpe, sembrar el terrorismo, provocar una revuelta. Ejército o policía pues, o ejército y policía.

 

A partir de 1890 y con más razón después de los primeros años de este siglo, el ejército ha tenido una actitud pasiva o prescindente, aunque no faltaron, como lo recordarán con más precisión que nosotros, los historiadores; algunos episodios aislados en los cuales deter­minados jefes con mando de tropas intentaron apoderarse del poder. En 1933 el golpe lo dio el propio Presidente de la República, con la ayuda de la policía. El ejército se limitó a tole­rar la situación y a dejarse dirigir por los llama­dos mandos naturales. En 1942 - un clavo saca otro clavo según la fórmula célebre de Martín C. Martínez - la técnica fue similar. El Presiden­te en ejercicio, con ayuda de la policía y la pasi­vidad del ejército dio el segundo golpe. Ese Pre­sidente, vale la pena recordarlo, había mandado la policía el 31 de marzo de 1933 y ese Presiden­te, cuando hubo de ocupar el gobierno en 1938, tuvo que frustrar un golpe nunca bien aclarado - algunos de sus actores son hoy gobernantes - de un grupo de jefes del ejército.

Lo que suele llamarse tradición civilista de nuestro ejército es sin duda, el fruto de muchos

factores coincidentes.

La relativa prosperidad del país durante un largo período. Si no hay razones colectivas, ge­neralizadas de descontento, es muy difícil pla­near aventuras y llevarlas a cabo.

La dispersión de los mandos que Batlle, con clara visión y amargo recuerdo - pertenecía como se sabe a la generación del Quebracho - ­impuso.

También, claro, sería injusto no reconocerlo, la mejor preparación de los cuadros de oficia­les. La Escuela Militar - es su honor - no ha formado militares motineros.

El ejército abierto a blancos y colorados y aun a los que no lo son, refleja en sus cuadros la composición política del país, los modestos ideales de éste, su estructura de clase media, pacífica, en cierto aspecto resignada, temerosa y sensata, ajena a los vastos designios y a las ambiciones desaforadas, con natural desconfian­za por los sueños miríficos y las promesas me­siánicas. Una especie de regla de oro ha presidi­do la evolución del país en los últimos años: por instinto todo exceso le parece sospechoso.

 

Un país de esta contextura no acometerá grandes hazañas - sabe o presiente que no las puede acometer - y tampoco incurrirá en gran­des crímenes o desafueros. Le repugnan y por suerte no se siente inspirado o movido por Dios o por el diablo. No es el soldado de uno ni de otro. Esta es su virtud. El equilibrio. También su flaqueza. Un laxo "conservatismo". El orgullo de las virtudes, es también el orgullo de los defectos. Virtudes y defectos suelen marchar de consuno.

 

Por las razones expuestas, parece difícil que el ejército o parte importante de él puedan lan­zarse al motín. No hemos invocado de exprofe­so, otra razón. Es endeble y sólo tiene valor subjetivo. Conocemos a no pocos de los oficia­les con mando. Tenemos confianza en ellos.

 

La situación de la policía es otra. Está mi­litarizada, bien armada, en algún caso mejor que el ejército, tiene unidad de mandos, su his­toria, más corta que la del ejército, es distinta de la de éste. Frente a los golpes de Estado de los últimos años el ejército fue el testigo impa­sible. La policía el brazo ejecutor. Pero aunque la historia no se repite o sólo por excepción se repite, no está demás redecir que la policía fue el brazo ejecutor de los designios del gobernan­te de la hora: Terra o Baldomir. No planeó el golpe, no lo aprovechó en su beneficio o en be­neficio de sus jefes inmediatos. Obró por orden

del Presidente de la República, en un caso alza­do contra el Consejo de Administración con el cual compartía las tareas ejecutivas, en otro contra los asociados de la víspera que también habían compartido el gobierno. En los dos ca­sos contra la Constitución vigente, aunque esas Constituciones tenían distinto origen. No se ve, ni se concibe, ni es admisible que la situación del 33 o del 42 se reproduzca. No se ve al actual Consejo de Gobierno dando orden a la policía de disolver el Parlamento y clausurar la prensa. Las razones son obvias y exponerlas sería ridícu­lo.

 

Digamos o repitamos entonces que no parece probable que el ejército o una parte importante de él sea capaz de amotinarse y que tampoco parece probable que la policía - para mayor precisión - la policía de Montevideo intente al­zarse contra el gobierno legalmente constituido. Ni motín de 10 de enero; ni, menos, mucho menos, golpe de Estado a la manera del 33 o del 42­.

 

Pero el tiempo no corre en vano y la historia tiene más imaginación que los hombres. Sin ol­vidar aquellas virtudes de sensatez y equilibrio de nuestro pueblo a que antes referimos, no puede negarse. que la situación general, aunque no desesperada, es muy difícil. Puede tornarse todavía más difícil y en cierto momento llegar al colapso o al borde del colapso, sobre todo en el sector público. Si los presupuestos no se pa­gan; si tampoco se pagan las jubilaciones; si ciertos servicios esenciales se paralizan, como ya ha ocurrido por otra parte; si alguna manifesta­ción callejera, por azar de las circunstancias o por obra de agentes provocadores degenera en desorden y en ella corre la sangre, es proba­ble que afrontemos un estado de confusión y pánico colectivos, que permita, por sorpresa, la aparición y el entronizamiento de un salva­dor. Es prudente no confiar en el agua mansa. En ocasiones se encrespa y arremolina. La capa­cidad de resignación tiene un límite más o me­nos elástico y cualquier hombre, por pacífico que sea, puesto contra un muro, si puede de­fenderse se defiende.

 

No deben faltar, no faltan en el momento actual quienes por variados y hasta opuestos motivos tengan interés en provocar ese estado colectivo de desesperación, pánico y confusión. Muchos hechos confluyen, por otra parte.

 

Las investigaciones en curso, que, justo es decirlo, demuestran la capacidad de reacción del país, tienen que despertar las quejas de los acusados y de los eventuales amenazados.

 

Es explicable que algunos, pocos o muchos, tengan interés y un interés acuciante, en que esas investigaciones se detengan, en enturbiar las aguas para paralizar el proceso. A ellos pue­den hacerle coro, ciertos políticos o ciertas fuerzas políticas que ven amenazadas sus posi­ciones y frustrado su destino. También pue­den alistarse bajo los mismos estandartes el anticomunismo histórico que se enfurece como el toro a la vista del paño rojo y atisba en cuan­to ocurre la maquiavélica mano de Moscú o de Pekín. Y por supuesto, los menudos hechos cotidianos lo prueban, están asimismo los reac­cionarios netos, que guardan amorosamente en sus corazones la nostalgia del hombre fuerte y creen que todo se resuelve con un mandón de mano dura. Tampoco faltan los impacientes y los hombres de buena fe y de poca fe, a quie­nes duele y acoquina la ruina del país y no carecemos de los tarambanas del "aventure­rismo" henchidos de retórica, a quienes tien­ta, en mesa de café, la posibilidad del "gran cambio". Jugar con el fuego es una manera de distraer el ocio y desvariar sobre gloriosos des­tinos. En este Uruguay 1965, enclavado entre dos grandes países gobernados directa o indi­rectamente por el gorilaje y convertidos en su­cursales o agencias del Departamento de Esta­do o del Pentágono, los teorizantes de cierto tipo de revolución criolla son, sin duda sin quererlo, los adelantados del golpismo reaccionario. El pretexto y señuelo de los salvadores que aguardan su hora.

 

Estas varias corrientes. y especies - y ca­bría agregar otras - de gentes de encontradas finalidades pero a las cuales mueve y aun asocia el resentimiento o la protesta, o la im­paciencia y hasta la crítica justa de la medio­cre, sucia y desbaratada realidad, siempre han existido: Así es; pero también es cierto que adquirirán fácil virulencia más peligrosa a medida que la situación se haga más difícil. En cuerpo débil las toxinas crecen.

 

Están, por otra parte, los factores externos. Antes hemos aludido a ellos. No atribuimos por cierto, mayor importancia a las alharacas de ciertos diarios del Brasil; pero constituyen un signo. En cierto sentido, una revelación.

 

Debe reconocerse - está en la lógica de la historia y de las relaciones humanas - que un gobierno gorila en Brasil tiene que ver con buenos ojos a un gobierno gorila en Uruguay;

que los militares argentinos - cabeza visible o invisible del mando, según caen las pesas, en el vecino país - tienen, que ver también con me­jores ojos en el Uruguay a un gobierno hecho a imagen y semejanza del que ha existido o existe allende el río, que a un gobierno ineficaz pero de origen legal y constitución puramente civil, como es actualmente el nuestro.

 

Detrás de Argentina y Brasil asoma Estados Unidos. Este gobierno uruguayo contradictorio, desuni­do, tornadizo, este gobierno que protesta con­tra la invasión de Santo Domingo, que se niega en una primera instancia a romper relaciones con Cuba, que además se atreve a poner obje­ciones a ciertas órdenes de Washington y que marcha con disgusto y a tropezones tras las con­signas del Departamento de Estado o de la O.E.A., que trata de salvar en el naufragio con­tinental de la dignidad, algunos restos de la pro­pia, que pone trabas a ciertos reclamos de las inversiones foráneas y que pide pero se resiste a dar y juega a las esquinitas, renuente y elusi­vo, no puede satisfacer a Washington, acostum­brado a dar órdenes y a que ellas se cumplan.

 

Muchas son las maneras de empujar al caos.

Tan diversos acaso como los caminos del Señor, los caminos de la C.I.A. No siempre marines y cañoneras son necesarios. Cerrar los créditos o demorarlos, susurrar promesas a los oídos de los salvadores en agraz, difundir rumores, ima­ginar "revoluciones" y aun fomentarlas, crear, mantener y acentuar en las gentes el sagrado horror a la peste comunista, pueden ser más eficaces que desembarcos o amenazas.

¿Es insensato pensar que a Washington tan­to como a Río y como a los ocultos dirigentes de Argentina, tiene que complacerle mucho más un gobierno de "orden", un soldado tranquilo y dócil de la universal cruzada anticomunista, que este nuestro tartajoso y desfibrado gobier­no?

 

En estos días difíciles, muy difíciles - natural desembocadura de un largo proceso de de­terioro que durante treinta años penosos, con­denados al exilio, no hemos dejado de denun­ciar para recoger, las más de las veces, entre decepciones y traiciones, sólo sarcasmos o indi­ferencia - el país ha dado, repetimos - y los ocultos motivos de su actitud no es ahora opor­tuno esclarecerlos - muchas pruebas de sensatez. Más horas difíciles le esperan. De todas sus reservas y energías tendrá que echar mano para no dejarse arrastrar por el temporal. Lo hará. Así estamos obligados a creer y esperar, por ín­tima, y permítase el término, desesperada con­vicción. En medio al naufragio previsto, tendrá que salvar, deberá salvar lo poco o mucho que todavía lo define, lo poco ó mucho con ayuda de lo cual, en la etapa que se abre, entre la an­gustia y la incertidumbre, podrá reencontrarse. El frágil andamiaje institucional y el respeto de la libertad. Pequeños los hombres, inadaptados los partidos, vetustos los textos, ineficaces los instrumentos, caducas las estructuras. Sí; pero pequeños, inadaptados, vetustos, ineficaces, ca­ducas, unos y otras son mil veces preferibles, siempre preferibles, porque a fin de cuentas todavía permiten que la libertad sobreviva, al mandamás mesiánico, al gorila títere del Pentágono, al coasociado de los dictadorzuelos con­fesos o vergonzantes de los países circunveci­nos. La mediocridad duele; pero ha de tenerse el heroismo de aceptarla y sufrirla. Mediocre es el Uruguay actual pero mejor que cualquier otro Uruguay nacido del motín. Y a defender ese Uruguay mediocre y rebo­sante de carencias debemos aplicarnos sin vacilación todos los hombres de buena voluntad. Es la primera tarea. La más urgente tarea. La tarea de hoy, aquí. Después, el sueño, condenado a voluntaria prisión, reiniciará su vuelo con ma­yor brío.

 

Carlos Quijano                                                                      MARCHA, 4 de Junio de 1965

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