EMIGRACION   E   INMIGRACION

                                                                  I

El Estado paga mal a muchos, en lugar de pagar mejor a menos que podrían desempeñar la tarea de aquellos.

Pero esto se vincula a otro problema. Tal vez más hondo. El electoralismo demagógico lo ha corrompido todo y no se ve bien cómo dejará de corromperlo en los años próximos mientras sigamos “tirando”, y a menos que se produzca la catástrofe presentida y que cualquier accidente puede hacer estallar.

Para poder realizar esa obra de corrupción ha debido contar, sin embargo, con un ambiente propicio. Ese ambiente lo crea la estructura económica nacional. El país no ofrece posibilidades para la conquista del pan, al margen de las actividades oficiales. O las ofrece muy limitadas.

¿Que hacen los nuevos? ¿Qué hacen los padres de los muchachos de 18 a 20 años, que desean asegurar a sus hijos un destino frente a los angustiosos interrogantes del porvenir?

La actividad privada es limitadísima, aquí más que en otros lados y no ofrece, generalmente, sino estrechez y sobre todo inseguridad. Así sucede en la Capital. Con más razón aún en los pueblos de campaña. ¿Qué destino tiene un joven con ambiciones en nuestras estancadas o declinantes ciudades del interior, carentes de toda industria? Ir al comercio, al almacén, la tienda, a ganar sueldos de hambre, a vegetar y a morir en la más espesa mediocridad.

Todavía no se ven más que dos caminos: o la profesión liberal o el empleo público. La primera, aún conserva, aunque bastante descascarado, el dorado de mejores épocas. Puede asegurar el pan, el prestigio y aun la independencia. El segundo, da la seguridad y ciertas comodidades. La plétora de profesionales, cada vez más creciente; el cansado reclamo del empleo público que todos los días se repite, se vincula así a toda la estructuración económica del país. No se le puede exigir a la gente, que esté hecha de la madera de los héroes o de los santos. Se vendé, en la edad de los sueños y las empresa un des tino incierto por un presente cómodo. Es el drama de todas nuestras generaciones. Y mientras el país sigue siendo lo que es, una inmensa estancia despoblada y una inmensa capital – macrocefálica - , tiránica y absorbente, el problema seguirá en pie y se irá agravando. Esta es una de las grandes tragedias del país. Quizás la fundamental. Año a año, vamos quemando las generaciones que pasan. Les hemos cerrado todos los caminos que conducen, por el esfuerzo propio, a un futuro útil.

MARCHA, 16 de mayo de 1941.

                                                                       II

Dentro de poco debe reunirse en México un Congreso Demográfico. El Uruguay ha si do invitado a concurrir. Entre los puntos a tratar se encuentra el de las migraciones humanas que puedan producirse en la posguerra Su planteo lleva al planteo general de la política inmigratoria del país.

No nos parece muy oportuna la convocatoria del Congreso. La guerra quizá no esté lejos de su fin; pero, en cambio, otros elementos del problema inmigratorio aún constituyen incógnitas. De las condiciones en que se concierte la paz depende aclararlas. Condiciones que se refieren a demarcación de límites, distribución de colonias, posibilidades económicas en los pueblos vencidos, etc., etc.

De todas maneras, puesto que se reclama el estudio del tema, hay que hacerlo.

El Uruguay no ha tenido, ni tiene una política de inmigración. Ha carecido de plan, de acción continua y consciente, de organismos técnicos y aun, en una palabra, de técnicos en la materia. Quien se asomara a nuestro Ministerio Relaciones Exteriores, para estudiar el punto se asombraría de la carencia hasta de antecedentes. El país ha firmado, una, dos, cuatro convenciones internacionales, como podría haber firmado quizás, otras distintas. No las ha cumplido y desconoce su existencia. Por eso, quizá hasta ha perdido los papeles en que las resoluciones de esas conferencias están asentadas.

Parece esto cosa de broma. Es, sin embargo, rigurosamente exacto. Exacto y quizá dramático.

En materia de legislación nacional, a vuela pluma pueden señalarse tres etapas: La anterior la ley del 90, en la que se realizan algunos ensayos felices de inmigración colonizadora, bajo gobierno de Berro, por ejemplo; la que se extiende del 90 al 1932, caracterizada por el propósito de ordenar, bajo el contralor del Estado, liberalmente, la inmigración; y por fin, la etapa típicamente regresiva, que convierte el problema inmigratorio en un problema policial, y que de la ley del 32 a nuestros días. A este período pertenecen, además de la aludida ley de 19 julio de 1932, la ley de 31 de agosto del miso año, el decreto ley de 6de abril de 1933 que pone a la Dirección de Inmigración bajo la superintendencia del Ministerio de Guerra (!), la de 13 de octubre de 1936 y los diversos decretos posteriores. Estos decretos de la época guanista, que en más de una ocasión comentamos, son realmente admirables. Por regla general ni fueron decretos: simples resoluciones y aun circulares de cancillería. Y por regla general también, ora se trate de decretos, ora de resoluciones, ora de circulares, son descaradamente ilegales y anticonstitucionales. No obstante lo cual se aplican. Con este resultado paradójico: dictaron – decían - para impedir la entrada de judíos al país; pero nunca han entrado más que en los últimos tiempos.

En materia de convenciones internacionales, recordamos así al pasar, en los últimos tiempos, sin detenernos en tratados generales que hacen alguna referencia al punto: la convención de naturalización de inmigrantes, con Estados Unidos, del 10 de agosto de 1908; la convención sanitaria con Italia del 4 de marzo de 1914; la convención de Barcelona de abril de 1921; la Conferencia de Roma; la de La Habana; la de Ginebra en 1938; y el Convenio de Montevideo de los Ministros de Hacienda en febrero de 1939.

Bien, ¿en qué condiciones se plantea el problema en el país?

1º. El Uruguay es un país de inmigración, se dice. Sí, debe serlo. Pero es también un país de emigración. Martínez Lamas calculaba en unos 100.000 los uruguayos residentes en la Argentina y se atribuye al Dr. Caviglia esta afirmación: de cada cinco orientales que nacen, uno se va a la Argentina. Por algo se irán sin duda.

2º. El Uruguay, país de los llamados nuevos, tiene ya las taras de los llamados viejos. Sus índices de población están en evidente descenso: desciende la natalidad; desciende el crecimiento vegetativo; desciende, por supuesto, el índice de inmigración.

3º.El Uruguay, despoblado, atacado de macrocefalia, con sus poblaciones del interior que vegetan o mueren, tiene, no obstante, un problema de desocupación y tiene, además, un trágico problema de inadaptación. ¿Cuántos son esos desocupados? No se sabe. Cuántos son esos inadaptados que viven al margen de la organización social? Tampoco se sabe. Unos los calculan en 100.000, otros en 200.000. Referimos al pavoroso problema de los pueblos de ratas, de los rancheríos que son focos de prostitución y de miseria física y moral.

Está es la realidad en tres trazos: del país se emigra; el país no crece; la campaña se despuebla y tenemos ya, desocupación e inadaptación.

Vale decir que el país no está en condiciones de absorber o dar trabajo a su propia población.

Primera y amarga verdad al margen de floripondios y discursetes, a la cual hay que atender y de la cual hay que partir.

¿Por qué tales fenómenos? Suponemos que serán pocos los que se conformen atribuyéndolos a la atracción fatal que ejerce un gran campo de actividades como el argentino, o a la incuria y atraso congénitos de nuestros nacionales, o a la influencia devastadora de la acción estatal que se substituye a la iniciativa privada. Si hubiera posibilidades en el país, la gente no emigraría; la “incuria congénita” no existiría si la realidad económica y las deficiencias culturales no la crearan o la impulsaran; si se busca el puesto público es porque la actividad privada, no ofrece perspectivas.

De esta verdad o verdades se extrae una primera conclusión: La solución del problema inmigratorio está vinculada a la solución fundamental del problema o los problemas económicos del país.

Marcha 27 de agosto de 1943.

 

                                                            III

Se llega así a las siguientes conclusiones:

1º. El problema inmigratorio, de acuerdo por otra parte con la constante política americana, es un problema, para emplear el término grato a los Estados Unidos, de orden doméstico. Cada Estado debe resolverlo, de acuerdo con sus necesidades.

2º. No excluye esto la colaboración internacional. Por el contrario, la impone. Por ejemplo, impone la concertación de acuerdos bilaterales o aun multilaterales con países de inmigración. Por ejemplo, impone el acuerdo con los países limítrofes, para ordenar los contingentes que puedan recibirse.

3º. A una inmigración libre, es preferible una inmigración dirigida. Es decir con destino y a la cual se ofrezcan posibilidades. Toda la política inmigratoria; repetimos, está vinculada estrechamente entre nosotros, hablamos de lo nuestro, a una política de colonización. Necesitamos trabajar la tierra. Necesitamos de aquellos que puedan trabajarla. Pero no puede traérseles sin darles esa tierra y los elementos necesarios, y sin crear las condiciones para que puedan prosperar.

40. Hay que asimilar la inmigración. Corremos el riesgo, despoblados como estamos, de que el país se nos vaya de las manos. Hay que nacionalizar a los inmigrantes, impedirles que constituyan núcleos cerrados - la experiencia de las colonias alemanas o japonesas de Brasil y Perú, es aleccionadora - defender y aplicar, ya está incorporado a nuestro derecho, el jus soli, frente al jus sanguini, que defienden y pretenden aplicar las potencias europeas.

Inmigración seleccionada, atendiendo a las necesidades del país, y no a la raza, ni a la nacionalidad ni a la religión e inmigración, dirigida y aun controlada en los primeros tiempos, para que esté en aptitud de producir, de enriquecer, enriqueciéndose, si se quiere, al país.

Inmigración para mejorar y no para empobrecernos; para poblar y no para provocar el éxodo de los que ya están.

MARCHA, 17 de septiembre de 1943.