EL   ESCUDERO   DEL   ENEMIGO.


La última misión del Fondo Monetario, ha regresado a sus lares. Y, al parecer, nos hemos quedado con las manos vacías. Las informaciones son confusas, Según las que poseemos, los representantes del Fondo habrían planteado seis exigencias:

- Cambio único.

- Limitación de los créditos acordados por  el República al sector público y privado, a mil millones de pesos.

- Aumento de las tarifas de los servicios públicos.

- Supresión de los subsidios al consumo.

- Aumento de los encajes de la banca privada.

- Libertad de importación.

Las medidas propuestas, aconsejadas o reclamadas, no constituyen una novedad. Responden a la filosofía económica de la cual el Fondo es abanderado y custodio. Y, - también debe decirse - son congruentes; es decir, se relacionan entre sí y con los fines, disimulados o confesos, perseguidos.

Es fácil comprender las motivaciones y propósitos de esas medidas. La limitación de los créditos está destinada a cortar la expansión monetaria y por ahí, a poner un dique a la inflación. A finalidad semejante responde el aumento de los encajes de la banca privada. El aumento de las tarifas de los servicios públicos la supresión de los subsidios al consumo, persiguen la eliminación o reducción del déficit o los déficit presupuéstales, otra causa de inflación.

Es también obvio, que con la implantación del cambio único y el restablecimiento de la libertad de importación, se pretende eliminar las distorsiones del mercado o de los mercados.

Aceptadas y puestas en práctica las condiciones, suscripta la respectiva Carta de Intención, asumido el compromiso de aplicarla, obtendríamos la renovación o la refinanciación del crédito vencido, el otorgamiento de uno nuevo y además, contaríamos con el “navicert” necesario para incursionar por los procelosos mares de la finanza internacional a efecto de lograr otros recursos. Sin el visto bueno del Fondo es difícil que los Bancos u otras instituciones paralelas, públicas o privadas, especialmente estadounidenses, concedan nuevos préstamos.

Fórmulas simples y claras; frutos óptimos y al alcance de la mano.

El Fondo es, lógico y consecuente. Las medidas que propone son también, repetimos, lógicas y congruentes. No lo es, en cambio, nuestro Gobierno. Todos los sistemas tienen su dinámica propia y su propia arquitectura. No se puede servir a, dos señores al mismo tiempo. No se puede marchar apoyado en zancos dispares.

Desde 1959, reimplantamos la “libertad”. A la sombra de ella, decimos continuar. El Fondo es la “libertad”. La iglesia que vela por ella.

Cuando en lugar de un cambio único toleramos o creamos dos, tres, cuatro o más tipos de cambio, borramos con el codo lo escrito con la mano. Cuando en lugar de mantener abierto el portón para las importaciones, lo entornamos para todas o lo cerramos para algunas, la negación de los dichos por los hechos, es todavía más flagrante.

Cuando en vez de elevar las tarifas de los ser vicios públicos, recurrimos para cubrir el inevitable déficit resultante, a los subsidios, estamos violando uno de los principios de la ortodoxia a la cual con candor emocionante, nos hemos afiliado: los precios deben ceñirse a los costos. Cuando para paliar el alza del costo de la vida, subsidiamos ciertos consumos, verbigracia el de la lecha o el del azúcar, damos la espalda a la verdad fundamental del sistema: los precios los fija el libre juego del mercado, el juego de la oferta y la demanda.

El Fondo pues, otra vez lo decimos, tiene una posición. De acuerdo con ella procede. De acuerdo con ella exige que procedan, quienes acuden a pedirle auxilio. Nosotros en cambio, tenemos un comportamiento zigzagueante y errático. Las realidades contradicen a las declamaciones. La experiencia caótica niega a la retórica confusa.

 

1º. Pero corresponde, en primer término, preguntarse, si la receta del Fondo, hoy y aquí, es aplicable.

El hecho - ya señalado en anteriores artículos - de que la misma receta no haya podido utilizarse en otros lares y aun entre nosotros mismos hace pocos años, mueve a desconfianza. Las resistencias que ahora suscita, no obstante el dorado anzuelo de los préstamos, refuerzan la duda.

Fiel a su vocación y a su definición, vive y procede el Fondo. Fiel a ella morirá. Si no quiere negarse, sólo puede aconsejar o exigir, cuanto aconseja o exige. Pero esas sus ecuménicas recetas que no tienen cuenta ni del tiempo ni de las latitudes, geográficas o económicas, cada vez se alejan más de la vida; cada vez más devienen dogmas vacíos; cada vez más, son fa1aces y superficiales.

Creer que en 1966, las tremendas dificultades a las cuales se ve enfrentado el Uruguay o los muy graves problemas que se plantean en Bolivia o Perú, o Ecuador o Argentina, para no citar sino unos pocos países, pueden eliminarse o resolverse con libre importación, cambio único, supresión de subsidios, limitación de créditos y otras zarandajas por el estilo, es revelar falta de imaginación y de hondura, es tener una noción aritmética, grosera y puramente cuantitativa, de la economía, es reincidir en el viejo error de confundir a ésta con la moneda y los cambios, es tomar el rábano por las hojas, la sombra por el hueso.

Y no menos grave es resistirse a comprender que la receta es de imposible aplicación. La economía política es también política económica. De la noche a la mañana, sin tocar la fábrica, suprimimos los subsidios. ¿Y después? ¿Cómo aquellos que en la mal distribuida fábrica duran en vez de vivir, podrán subvenir a sus necesidades más elementales? De la noche a la mañana también, implantamos, dentro del marco intocado e intocable el cambio único. ¿Cuál cambio único? ¿El que ahora rige para la exportación? ¿El que ahora corresponde al mercado paralelo? Si el primero, ¿cómo haremos descender hasta su cotización el segundo? Si éste, ¿que destino daremos al nuevo enriquecimiento de los exportadores? ¿Aumentaremos las detracciones al punto de que el aumento absorba la ganancia? Y si el cambio fluctúa y la desvalorización continúa, ¿iremos tras los mayores precios, todos los días o todas las semanas o todos los meses, subiremos paralelamente las detracciones para impedir los enriquecimientos que las sucesivas desvalorizaciones provoquen? ¿Cómo - es la otra cara de la medalla -  detendremos el aumento de los precios de los productos importados y a renglón seguido el de todos los productos? ¿Estabilizaremos - para escapar a los males precedentes - la moneda? Pero ¿cómo hacerlo, si la producción es la misma, si la importación es la misma, si la relación de intercambio continúa deteriorándose en nuestro perjuicio? La inestabilidad monetaria no es la causa primera de nuestro desequilibrio económico. Es, principalmente, una resultante de éste. Cambiar o modificar las relaciones monetarias o cambiarias, sin cambiar o modificar las estructuras, es vano y malo, como a costa de muchos sacrificios, durante muchos años, nosotros lo hemos aprendido.

2º. Pero ¿es que esas medidas dogmáticas, inaplicadas e inaplicables en países como el nuestro, son capaces de promover nuestro desarrollo y resolver nuestras carencias? ¿Son sustancialmente fecundas y sólo de difícil y dolorosa aplicación?

No se trata, como parece hemos creído, de transar sobre detalles. Se trata de ponerse de acuerdo sobre principios. Discutir si los créditos deben llegar a mil millones o a mil doscientos, tiene poca o ninguna significación. La oposición es otra. ¿Aceptamos o no la filosofía del Fondo? ¿Creemos o no, que lograremos nuestro desarrollo, dentro de una economía de mercado y libre empresa? Tal la alternativa de nuestro tiempo. La respuesta la podemos encontrar en nuestra propia y reciente historia.

Tampoco se trata – aclaremos - de oponer confusamente a la “libertad” reclamada por el

Fondo, un dirigismo empírico cuya aplicación y resultados también hicimos y conocimos. Como los demás países del mundo, sobre todo los sub. - desarrollados debemos preguntarnos, si la economía liberal en sus formas puras y nunca alcanzadas o en sus formas espurias, los dirigismos que se acentúan a partir de los treinta se compadece con nuestra realidad, con nuestras necesidades, con nuestras posibilidades.

Durante más de un cuarto de siglo, practicamos con altibajos, el dirigismo. A partir del 59 y como reacción contra ese dirigismo, retomamos el camino de la “libertad”. Los hechos hablan para quien se disponga a escucharlos. Los hechos enseñan que tanto el dirigismo como la “libertad”, no dieron solución a nuestros males. No  obstante el dirigismo desembocamos, en la crisis, una crisis profunda, primero latente, luego explosiva. No obstante la “libertad”, presentada como panacea de nuestros males, la crisis se agravó y el  pozo se hizo más hondo Nunca en los años de dirigismo, conocimos situación igual a la de estos últimos años de “libertad”.

Responsabilizar por otra parte, de la enfermedad al régimen constitucional, cuyos vicios y defectos no se nos ocultan o a la incapacidad de los hombres, en muchos casos bien notoria, es, nos parece, andarse por las ramas

Es la máquina entera la que marcha mal. Cambiarle una rueda no la hará marchar mejor y sustituir el comando, podrá, quizá, lograr que sé le saque más jugo; pero de todas maneras, continuará marchando mal. Necesitamos sin duda, otros hombres. Necesitamos sobre todo, otra máquina. No la que el Fondo nos ofrece. Tampoco aquella que estaba en funcionamiento antes de que el Fondo nos descubriera. y se inclinara, protector, sobre nuestras cuitas y miserias.

Ni libertad pura ni simple dirigismo. Hay que ir más allá. No porque la teoría lo aconseje, sino porque los hechos, aunque todavía de ello no tengamos conciencia, lo imponen.

3o. El Fondo es un organismo aparente mente internacional. La realidad es otra. Es un organismo regido por unas pocas potencias. O sea por aquellos grandes países industrializados que son inevitablemente los despiadados antagonistas del Tercer Mundo. Dentro de esas grandes potencias, una domina. Precisamente aquella en cuya zona de influencia y de “seguridad”, nos movemos. Esquematizando puede decirse que el Fondo es Estados Unidos; que la filosofía eco nómica del Fondo es la filosofía económica de Estados Unidos o de sus clases dirigentes. El “American way of life”, es la libre empresa. Ningún otro país del mun4o es hoy, como Estados Unidos, un imperio y el imperialismo. Ninguna otra región del planeta está tan sometida, como América Latina, a la voluntad, de ese imperialismo.   

Todo se encadena y simplifica. Aceptar las directivas del Fondo es aceptar he directivas del imperio. Aceptar, por tanto, directivas no sólo inaplicables e inadaptables, sino también directivas que acentuarán nuestra dependencia e impedirán nuestro auténtico desarrollo.

Es posible que, a fin de cuentas, el Fondo salga con la suya. El respiro que ahora nos acuerda, será transitorio. Pero ni se podrán aplicar sus fórmulas, ni ellas, supuesto que pudieran aplicarse, curarán nuestro males. La sujeción sí, continuará. Pero ésta es otra historia. Otra historia que recién comienza. Una historia que deberán escribir nuestros pueblos contra el enemigo y sus escuderos.

MARCHA, 4 de marzo de 1966