LA   LIMOSNA   Y   LA   CARTILLA

 

Hoy viernes 14 de enero de 1966, deberá ser discutido en la reunión del Executive Board del Fondo Monetario Internacional, el informe confidencial preparado por la misión de ese organismo que nos visitara en agosto y septiembre próximos pasados y nos volviera a visitar en noviembre y diciembre. El informe lleva fecha 30 de diciembre, fue aprobado por los señores Jorge del Canto y C. David Finch y redactado de acuerdo con la consulta a que refiere el artículo XIV, Sección 4, del Convenio de Bretton Woods. Para completar estos antecedentes conviene recordar que el artículo XIV está titulado “Período de Transición”, que por tal, aunque parezca sorprendente dado el tiempo transcurrido, se entendió originalmente “el período de transición de la post guerra” y que, por último, el Convenio fue firmado en Bretton Woods, en 1944 y la guerra terminó, salvo error u omisión, en 1945.

El “período de transición” lleva pues, más de veinte años. Durante esos veinte años largos, por tanto, las directivas y finalidades del Fondo Monetario no han podido aplicarse en el Uruguay. Ni aquí, ni en muchos otros países. Con los respetos debido a los tecnócratas y a los burócratas internacionales, cabe afirmar entonces, que el éxito de dichas directivas no ha sido muy brillante. Veinte años luego de haber sido dictadas para salvación del mundo libre, occidental y cristiano, siguen siendo letra muerta.

Paralelamente por estos días (7 de diciembre) también  - sobre nosotros velan muchas hadas protectoras - el C.I.A.P. ha hecho otro informe dedicado a Uruguay. C.I.A.P., es la sigla del Comité Interamericano de la Alianza para el Progreso. Como el Fondo, reside en Washington; como el Fondo, es uno de los órganos creados para la defensa  del mundo occidental y cristiano; pero con la específica misión de cuidar de las almas y los bienes de este nuestro mestizo y subdesarrollado continente que es América Latina. Debemos ser justos. El Fondo aspira a ser internacional. El C.LA.P. es desembozadamente una de las órdenes militantes y catequizadoras del imperialismo. Pero tanto uno como el otro, persiguen, en definitiva los mismos objetivos, aunque a distintos niveles técnicos sin duda y entre uno y otro, existe una estrecha interpenetración. El Fondo no ayuda si el C.LA.P. condena; el C.I.A.P. aplica los criterios económicos del Fondo. A éste le están confiadas las directivas económicas, dentro de un contexto, repetimos, internacional. Al CJ.A.P. u véase al Departamento de Estado o al Pentágono, los objetivos políticos. En punto a economía repite, por regla general, con gran abundancia de palabras inútiles, cuanto el Fondo dice.

Por lo mismo el informe del C.I.A.P., no merece mayor atención. Técnicamente es un reflejo o un eco. Políticamente es la OEA. Está a la altura - modos de decir -  de la OEA.

El informe del Fondo Monetario, se compone de dos partes. Sólo la primera está fechada el 30 de diciembre. La otra, la segunda, que aporta información básica sobre la economía y los cambios de Uruguay, apareció el 20 de octubre último. Aquella primera parte comprende 24 páginas, de las cuales 22, están dedicadas a exponer rutinariamente las relaciones del Fondo con nuestro país; a trazar una breve historia de la economía uruguaya desde media dos de la década del 50; a resumir las discusiones sobre las medidas adoptadas y los acontecimientos producidos especialmente en 1965 y a formular una estimación de hechos y perspectivas. Las últimas dos páginas, contienen las conclusiones y recomendaciones (“El siguiente proyecto de resolución Se somete ala consideración del Directorio Ejecutivo”), que presumiblemente serán aprobadas en la sesión de hoy.

Tratemos de resumir la receta sin detenernos

a diferenciar fines y medios:

a) Reducir el déficit presupuestal.

b) Reducir la tase de expansión monetaria.

c) Lograr el equilibrio de la balanza de pagos.

d) Remover las prohibiciones de importación.

e) Unificar los mercados de cambio.

f) Simplificar el sistema de cambios: reducir las tasas a la exportación y rebajar los

a las importaciones.

g) Mientras tales propósitos no se logren: cambio oficial flexible alineado con el libre.

Para llegar a tan originales, y fecundas conclusiones ha sido necesario que misiones vengan y vayan, y que los informes se apilen sobre los informes.

¿Reducir el déficit presupuestal? Bien. ¿Quién puede oponerse a ello? La dificultad es otra: ¿cómo reducirlo?

¿Reducir la tasa: de expansión monetaria?

También la dificultad es otra: ¿cómo hacerlo? Y además cómo hacerlo sin provocar por la restricción consiguiente del crédito, un colapso.

¿Lograr el equilibrio de la balanza de pagos?

Gedeón que no era economista ya lo reclamaba: hay que ser sano, joven, fuerte y “muy feliz en el amor”.

Después de los lugares comunes viene lo otro. Lo otro son los habituales consejos del catecismo redactado por los poderosos para edificación de los miserables: libertad, siempre libertad. Libertad absoluta de importaciones; libertad de cambios; reducción de tasas y recargos; unificación de los mercados.

Tan plausibles propósitos tropiezan con algunos inconvenientes derivados de nuestra falible y enteca naturaleza.

—Hemos hecho la experiencia de la preconizada libertad y ella no nos sacó del pozo. Por el contrario nos hundió más. En 1960, el Fondo aconsejaba la misma medicina. El enfermo, por lo que se ve y palpa, está ahora peor.

—Los consejos que generosamente se nos brindan no suelen aplicarlos nuestros benefactores. Porque ellos que nos quieren imponer la libertad total de las importaciones, practican con minucioso celo y no-de ahora por cierto, el más refinado proteccionismo. La libre economía del mercado es el libre mercado para ellos. No sólo nos venden a los precios que fijan También nos fijan los precios de cuanto les vendemos;

-Estamos - primero, dirigismo mediante; luego, libertad mediante - sumidos en una vertiginosa inflación. Creer que de ella vamos salir urgentemente recurriendo a medidas monetarias, dándonos una borrachera de libertad, unificando los tipos de cambio, es algo más o algo menos que un dogma de manual. Es, sin ánimo de ofender una tontería. Una simpleza de desarraigados burócratas que ciñen a textos muertos y obedecen a directivas ajenas y enemigas. Nos atrevemos a hacer una profecía: durante el año que empieza nuevas misiones nos visitarán; esas nuevas misiones insistirán en reclamar la restricción de los créditos, la libertad total de las importaciones; la unificación de los mercados cambiarios. No obstante la expansión monetaria continuará; las importaciones seguirán restringidas; nuevas devaluaciones se producirán; y un mercado negro o paralelo florecerá a la vera del mercado oficial. Se dirá que el Fondo, creado para defender la estabilidad monetaria, no puede ir más allá de sus fines. Pero entonces ¿para qué sirven los informes? o, ¿para qué sirven los burócratas que los redactan?; ¿para qué sirve en definitiva el Fondo mismo, como no sea para mantener un sistema que aunque hace agua por todos lados, pretende asegurar el dominio del dólar? Veinte años después de Bretton Woods, ¿no está ya de mostrado que el “gold exchange standard”, nos prepara nuevas decepciones? ¿No empieza a sospecharse que estabilidad monetaria y estabilidad del dólar no son conceptos equivalentes? ¿No asoman ya signos de que el imperio del dólar cruje? ¿No hay acaso conciencia de que las medidas monetarias de poco sirven? ¿No existe, por lo menos abundante experiencia respecto a la ineficacia dé esa terapéutica en el caso de los países subdesarrollados? Keynes y White y los orígenes del Fondo pertenecen a otra época; pero continuamos regidos, como el mismo Keynes por otra parte lo dijera, por las enseñanzas de algunos economistas muertos.

Entre tanto y esto es lo grave, lo más grave quizá, el país sigue deslizándose por la pendiente de la sumisión y la alineación. Día a día, abrumado por sus dificultades, anestesiado por la propaganda, cercado por las organizaciones  internacionales que otros manejan, vende su alma.

Parece resignado a vivir de la limosna ajena. Tiene los ojos puestos en el munificente protector que a través de cien canales distintos, le hace llegar, para los más diversos menesteres una ayuda controlada. Ese munificente, protector tiene abiertas las puertas de nuestra casa. Investiga, aconseja, dirige, financia. Gracias a él, comemos, vivimos, andamos. Es nuestro escudo y nuestro sustento.

Con la limosna - los dólares y la ley 480, y los aviones y las armas y las becas -  marcha de consuno, otra forma de limosna: la llamada ayuda técnica. Técnicos apátridas - a los cuales hacen coro y rinden pleitesía otros técnicos indígenas y vernáculos dados al desarrollismo y a los entresijos con las instituciones foráneas - nos enseñan, cómo a los tribales, organizar el Correo, a manejar la mesa de cambios del República, a elaborar censos; a hacer reformas agrarias, a reorganizar las escuela a cultivar la tierra, a confeccionar por programas  y hasta a criar ganado. Como ese último misionero de la Providencia, ingeniero él, que habla español, según dicen los diarios, con acento norteamericano, venido para enseñarnos a explotar nuestros campos y que es originario de Ecuador, país donde la zootecnia ha alcanzado los mayores progresos. Algo así como si un uruguayo fuera a Paraguay para revelarle a las gentes como se pelan y manducan las naranjas. Pero ¿qué importan las condiciones de los tecnócratas? Bastan el marbete y la sigla que los distinguen, para que nos inclinemos ante ellos, transidos y en éxtasis reverencial.

No ha de merecer desprecio, sino respeto la lección de los otros. Pero bien distinto es elegir y contratar nosotros, nosotros que somos un país, técnicos y maestros, a que esos técnicos, nos sean impuestos desde fuera. No era necesario que existieran marbetes, siglas y demás para que Batlle y Eduardo Acevedo, por ejemplo, contrataran a Boerger o a Walter o a Carré que tanto y tan bien nos enseñaron, que tanto y tan bien hicieron por el Uruguay. Pero éramos nosotros los que elegíamos a nuestros maestros; éramos nosotros los que los pagábamos; era para nosotros, de acuerdo necesidades, nuestros propósitos y nuestras exigencias, que trabajaban. De nadie más dependían; de nadie recibían instrucciones. Eran nuestros colaboradores y guías. No los servidores de instituciones extrañas. La ayuda técnica ahora es una nueva forma de penetración, una nueva forma de negarnos a nosotros mismos, una nueva forma de permitir el alienígeno, bien puede ser el enemigo, que se instale en casa. No hay que temerle mucho al burócrata que nos mandan. Es a la organización que está detrás del burócrata. Es a las fuerzas políticas que están detrás de esas organizaciones a las que debemos temer.

Un país que renuncia a salvarse por su propio esfuerzo y sus propios medios, que se resigna y se acostumbra a depender de los recursos ajenos, es un país que se condena a la esclavitud. Más rápido llegará ésta si con el dinero, viene el maestro. Si a la limosna, la acompaña la cartilla.

 

MARCHA, 14 de enero de 1966