NO SOLO DE PAN

 

 

No se aprecia la salud hasta que se pierde. No se valora la libertad hasta que uno se ve privado de ella. Estas simples verdades, también se olvidan. Nuestro Uruguay tiene muchos vicios; defectos, incongruencias, fallas. Y no hemos de ser nosotros, quienes los negare­mos. Pero en la gran lucha de este siglo que ya ha hecho crisis y que se agudizará en la década que comienza, Uruguay, siempre que no dé la espalda a su tradición, puede estar, en algunos aspectos esenciales, mejor armado que otros países subdesarrollados del propio continente y de los demás, para resistir y marchar adelante sin las trágicas sacudidas que contemplamos a lo ancho del mundo. Referimos a la lucha por la independencia económica y contra la suje­ción impuesta por los imperialismos que es -hace cuarenta años que nos batimos en la mis­ma trinchera- el meollo del proceso histórico contemporáneo.

 

Durante todo lo que va del siglo -y las nue­vas generaciones como lo tienen cotidianamente al alcance de la mano, parecen no verlo-;- el Uruguay ha realizado una gran obra de libera­ción: ha eliminado de sus servicios esenciales al capital extranjero. Redujo el peso de su deuda externa; nacionalizó los transportes, municipa­lizó otros o dejó subsistir empresas privadas peto de exclusivo capital autóctono; nacionali­zó también la producción de energía, los telé­fonos, la cédula hipotecaria, las tareas portuarias, la producción de alcohol, la refinación del petróleo, que, por suerte, no producimos, la emisión de la moneda, los servicios sanitarios, etc. No hay, excepción hecha del gas, que poco cuenta, ningún servicio público en poder del capital extranjero.

 

Aún más. Nuestra producción ganadera esta­ba en manos de grandes consorcios extranjeros. En 1928, se creó el Frigorífico Nacional. Trein­ta años después, los frigoríficos norteamerica­nos que todavía subsistían, pasaron a ser pro­piedad de los obreros de esas empresas. Solo queda hoy, como sabemos, un frigorífico sin nacionalizar: el Anglo.

Para medir lo que esto significa, basta echar una mirada a los demás países de nuestro conti­nente. A cuanto en ellos sucede y a cuanto en ellos, es fácil prever que sucederá.

 

A Cuba, por ejemplo, con la industria azuca­rera dominada por los monopolios internacio­nales. O a Guatemala, feudo de la United Fruit. O a las hazañas de Chade o de Light and Power.

 

Esta trascendente obra de liberación no ha sido cumplida, sin errores. Más de una vez he­mos dicho, por ejemplo, que el gran tema de nuestro tiempo aquí, en el Uruguay y hoy, es desterrar la politización de los servicios públicos. Las leyes de octubre del 31, señalan, con la arit­mética y obligada repartición de los puestos, un gran retroceso en nuestra historia. Desde el 31 en adelante, casi treinta años, no hemos hecho más que remachar la aberración. La liberadora nacionalización, cumplida sin pausa ni alharacas, se vio contrariada por el turbio apetito de los politiqueros,

 

Nacionalizar no supone entregar la dirección, de acuerdo con cuotas prefijadas, a los políticos de comité. Nacionalizar, tiene un claro sentido. Confiar los servicios a la nación, representada por los técnicos, los obreros y los usuarios. Es­tas elementales reflexiones, muchas veces repe­tidas, en el correr de los años, y sobre las cuales ahora no queremos extendemos, vienen a cuen­ta con motivo de los lamentables hechos que ocurren en Establecimientos Frigoríficas del Cerro. Hagamos sólo, antes de entrar en materia, dos puntualizaciones.

 

La primera, y va ella dirigida en respuesta a ciertas lógicas y explicables impaciencias juveni­les que a veces asoman en las mismas páginas de MARCHA, es la siguiente: la estructura econó­mica del Uruguay, en la que se insertan esas na­cionalizaciones a que hemos referido, determina que el proceso de nuestra liberación económica no tenga las mismas características que en otros países. Iguales objetivos; medios y procedimien­tos que no tienen porque ser iguales.

La segunda: es útil no confundir nacionaliza­ción con dirigismo, del mismo modo que es útil no confundir dirigismo con planificación.

 

Hemos dicho más de una vez: nacionalizar más -nacionalizar en el cabal y auténtico senti­do o sea lo contrario de politizar - y dirigir menos. Nos atrevemos a agregar hoy: nacionalizar más y planificar; dirigir menos. Entre planificar y dirigir, hay algo más que matices. Planificar es establecer un orden de prioridades y ajustarse a él en el consumo y la inversión. Por esa vía sin "duda se "dirige"; pero ello es una consecuencia. En cambio, nosotros hemos pretendido "dirigir" sin plan y sin orden, parcial, esporádicamente, dentro del caos, acentuándolo. A la concepción general, la hemos sustituido por las medidas particulares, inconexas, contradictorias, con ol­vido de que el proceso económico es una uni­dad. Nos hemos detenido en el árbol y hemos sido incapaces de abarcar el bosque. Pero este es punto sobre el cua1 algún día volveremos y que ahora nos llevaría muy lejos.

 

 

Carlos Quijano                                                                MARCHA, 5 de agosto de 1960.