NUEVOS PARTIDOS Y PARTIDOS VIEJOS

 

Nuestro amigo y colaborador López Silveira, publica en este mismo número de MARCHA, un artículo sobre la unión de las izquierdas. Ya se sabe, es obvio, pero conviene recordarlo una vez más, que la publicación de un artículo firmado no significa que MARCHA comparta la tesis o las apreciaciones que en él se hacen. La norma por supuesto, se aplica también a la señalada colaboración de López Silveira.

Pensábamos desde hace días volver a escribir sobre el tema que trata López Silveira; pero también creíamos que era mejor hacerlo, pasado un tiempo o después de las elecciones. Cuando una experiencia se ha puesto en marcha, puede ser útil y es siempre prudente; dejarla que rinda sus frutos, que se cumpla hasta sus últimas consecuencias.

El artículo de López Silveira que no podíamos ni debíamos negarnos a publicar y que inevitablemente provocará polémicas, nos mueve a romper nuestro silencio. Puesto que el debate está abierto, al debate entramos. De todas maneras, el país no termina con las elecciones del 62 y tampoco las posibilidades de creación de una nueva fuerza política con horizonte nacional, quedarán esfumadas el 25 del próximo noviembre.

Desde ya hay que trabajar o mejor dicho, hay que proseguir en el empeño, si se cree necesario, para organizar una nueva fuerza política. Lo de hoy es un eslabón en la cadena. Debe servir para crear otros más sólidos y, en la medida de lo posible, más perfectos.

¿De que se trata? El planteo es claro y reeditarlo avergonzaría, si no fueran las confusiones interesadas y de las otras, admitámoslo, que existen. Nos guste o no nos guste, prefiramos el aislamiento o la acción colectiva, hay que “hacer” política. Desde distintos ángulos, si se quiere, en distintas formas, pero hay que hacerla. Y quienes se resisten y con gesto pudibundo y hasta explicable, se abstienen de intervenir, también, sin saberlo o sin quererlo, la hacen.

¿A qué invocar las razones que imponen esa obligación? Baste recordar que vivimos inmersos en el Estado, que el pan y el trabajo, la libertad y el decoro, están estrechamente ligados a las formas de ese Estado, a la manera como es dirigido. Y que abandonarlo todo al capricho o al interés de unos pocos, por regla general cada vez menos capaces, es dimitir de nuestra condición de hombres, renunciar a vivir, resignarnos a la tutela, a formas más y más sutiles, de sumisión y vasallaje. Líbrenos Dios de pensar, por otra parte — sea dicho esto para evitar fáciles y epidérmicos equívocos — que la acción política, consiste en formular discursos y en postularse como candidatos. Cada uno, en la medida de sus fuerzas y de acuerdo con su vocación y sus aptitudes, tiene que “hacer” política, en el vasto o reducido escenario que el destino o la propia voluntad, le han asignado. Y pronunciarse, y elegir, cuando el fugaz momento llega. Y luego vigilar que los electos, que no son los dueños del país, sino sus mandatarios, hagan lo mejor posible aquello que les está encomendado. Tarea de todos los días, tensa, difícil, pero educativa y, a fin de cuentas, enaltecedora.

Y no dejarse llevar por la desesperanza ni encenderse en optimismos fáciles. Vivir es una excitante y dolorosa aventura. También lo es, hacer política, es decir, poner por encima del inmediato interés y de la dificultad que nos golpea, algo que nos trasciende y nos vincula al mañana, un mañana que tal vez no veremos; algo que no es sólo nuestro, sino también de otros, compañeros o adversarios en la ruta, adversarios o compañeros en el ignorado futuro sin límites.

Muertos todos estaremos un día; olvidado el eco de nuestros pasos; desvanecido nuestro recuerdo; borrada hasta la sombra de nuestra sombra; pero muertos, olvidados, sin sombra, ni corazón que nos anide, ni voz que nos nombre, ni ojos que nos vean y recreen, seguiremos en la inmensa columna en marcha. Allí, quietos y mudos. El país nos sobrevivirá y nuestra esperanza.

Dejemos los devaneos metafísicos - “metafísico, estáis”; es que no duermo - y volvamos a hoy. Sentemos las premisas. Nuestras premisas, por supuesto. Las de otros serán distintas.

Un país es un Estado. Para que el Estado exista es necesario un gobierno. Para que un gobierno funcione, son necesarios los partidos. El Uruguay aspira a ser un Estado; aspira a tener un gobierno; cree o se hace la ilusión de contar con partidos.

No interesa discutir si los actuales partidos lo fueron o no, antes, si hicieron o no la patria, a caballo o a pie, como suele decirse. Es, nos parece, ensarzarse en una discusión inútil y de entrada sumergirse en la confusión.

Las preguntas a las que hay que responder, son otras: ¿los grandes partidos políticos que actúan, son tales?; ¿son capaces de gobernar, es decir, son capaces de atender a las exigencias del Estado, que son o deberían ser las del país? ¿Cuentan con fuerzas y equipos y planes para afrontar y resolver los problemas de la hora?

Véase bien, compréndase bien, que estas exigencias son anteriores y previas, al juicio que merezca la acción de esos partidos y de los hombres que en representación de los mismos actúan o creen actuar. Este es otro peldaño de la escalera.

Nuestra respuesta a aquellas preguntas está dada desde hace tiempo y a medida que éste pasa, se hace más categórica. Por las modificaciones que se han producido en la estructura del país; por el surgimiento o el fortalecimiento de nuevas clases, la desaparición o el debilitamiento de otras; por la transformación de las técnicas; por la mayor extensión y al mismo tiempo, la mayor intensificación de las relaciones internacionales; porque en fin, el mundo de hoy, no es el mundo de la batalla de Carpintería que vio el surgimiento de las divisas, o el de 1872, cuando nació el Partido Nacional o el del 30 de julio de 1916, cuando el andamiaje constitucional se transformó, por todo eso, decimos y repetimos, que los llamados grandes partidos actuales, sobreviven en las formas; pero están muertos en la sustancia.

Todas las crisis que los han afectado en los últimos treinta o cuarenta años, lo confirman. Todo el estancamiento en que estamos sumidos a partir, sin ir más lejos, del año 30, lo demuestra. El golpe de Estado del 31 de marzo de 1933, no fue causa de la crisis de los partidos, fue una resultante de las transformaciones del mundo que nos rodeaba y de nuestro propio mundo.

Claro está que existen también los hombres con su carga de pasiones, de miserias, de posibilidades, sus instintos, su lucidez y sus intuiciones; pero sin incurrir en determinismos férreos, bien poco pueden hacer los hombres, si el medio no es propicio, a sus aventuras y ambiciones.

Del 30 a nuestros días, la tarea de los herederos, ha estado dirigida a apuntalar el viejo edificio que cruje por todas partes. Tarea de apuntalamiento son las leyes, inspiradas en un nominalismo pueril y conmovedor, que quieren conservar intacto y exclusivo, el sagrario de los lemas, reliquias y momias reverenciadas, a las cuales, se les rinde de cuando en cuando pleitesía y se les saca a desfilar en las procesiones. Tarea de apuntalamiento, los llamados acuerdos partidarios, en los que se distribuyen puestos o se ocultan o disuelven las verdades antagónicas. Hoy, 1962, no se puede gobernar - quizá antes fue posible - en nombre de la tradición, una tradición por otra parte confusa y sujeta a cambiantes interpretaciones. Hoy, 1962, un partido es una concepción general del destino de un país y un haz de soluciones concretas para los problemas inmediatos.

Para desconocer esta verdad esencial y simple; se dicen muchas cosas. La más zafia y conformista aduce que si hasta ahora hemos vivido así, así podemos seguir viviendo. Los chicos llevan pantalones cortos hasta la pubertad. Podrían seguir llevándolos hasta que se mueren ya viejos. Pero no los llevan. Y el momento de decidir cuando deben meterse en pantalones largos, es una etapa del proceso vital. Un aspecto de la crisis de crecimiento o desarrollo.

Otros arguyen que a virtud de que esos grandes partidos, son los únicos grandes y por tanto los únicos que pueden llegar al poder, sólo dentro de ellos se puede y debe trabajar para impulsar la necesaria evolución. Nosotros mismos y no nos avergüenza confesarlo, participamos en otra época ya bien lejana, de esa convicción. Teníamos o creíamos tener por razones de sangre una vinculación tradicional y, por razones de formación, algunas inquietudes y exigencias. La sangre bullía, el mundo era ancho y el tiempo como a todos los jóvenes, nos parecía nuestro. Nos esperaba — sin prisa y sin pausa — el muy taimado, para mostrarnos que éramos de él, como le debe ocurrir, si tiene conciencia, al vanidoso guijarro pulido que se cree dueño del mar y un día se queda solo en la playa, cara al sol y a las tempestades, soñando a la distancia con el eterno y monótono rumor de las olas por donde todas las rutas cruzan.

No es nuestra experiencia la que cuenta. Son muchas. Pero además cuentan la lógica y la verdad. Toda tentativa de modificar a los grandes partidos desde adentro, termina como tiene que terminar: o el cuerpo asimila, moldea y somete al rebelde anticuerpo o lo expulsa. 0 el sometimiento o la excomunión. Entre paréntesis, con viene que lo recuerde, nuestro buen amigo, Zelmar Michelini. Es la suya una heterodoxia a corto plazo, a más corto, cuanto más se sienta herido, el organismo en el que inicia su juvenil y, lo creemos, generosa aventura.

Desde los años qué nos diferencian, se lo podemos decir con afecto: la vida es una permanente transacción; pero hay transacciones imposibles. Saber distinguir las posibles y útiles, sin mengua del decoro, de las condenadas al fracaso irremisible, es una de las más difíciles empresas a que estamos sometidos, día a día, mes a mes, año a año. En ciertos recodos hay que decir, como en las mesas de juego, no va más. Se gana en tranquilidad y en limpieza, aunque en los comienzos, el desgarramiento duela y la calumnia se eche sobre nosotros y nos ensombrezca y nos lastime.

Se invoca también, para justificar la adhesión a los grandes partidos, el ejemplo extranjero. Una democracia no funciona si las fuerzas políticas se desmigajan. Inglaterra, la Inglaterra de los románticos y vetustos textos constitucionales, lo demuestra. Un partido gobierna. El otro, conservador, liberal o laborista, oficia de oposición a ese gobierno de su muy graciosa Majestad. Y un día el poder está en manos de Gladstone y otro de Disraeli. Y luego Baldwin o Lloyd George. Y más tarde, Churchill o Attlee. Sí, esta imagen de Epinal es perfecta o cuasi; pero hay un detalle, un simple detalle, que la hace inaplicable a nuestro caso, un simple detalle que demuestra la pertinencia de cuanto decimos. Los partidos ingleses son partidos y los nuestros, no. Los nuestros son nombres sin sustancia. Disraeli y Gladstone, estaban en los antípodas. Como lo estuvieron, sin perjuicio del diálogo permanente, de las coincidencias fortuitas y de la colaboración transitoria, cuando las necesidades del país lo exigieron o exigen, Churchill y Attlee o ahora, MacMillan y Gaitskell.

Sin perjuicio, asimismo, de las disputas y debates internos en cada uno de los partidos, por obra de las ambiciones o por efecto de las interpretaciones. Pero no se concibe, porque hiere a toda lógica y paraliza la acción, que en el seno de cada uno de esos partidos coexisten y se apoyen quienes son, al margen de las disputas o las amistades personales, adversarios frontales. Existen y se toleran, con sujeción a un mismo planteo, atados a un mismo eje, quienes van más allá y quienes permanecen más acá, cuando de aplicar una tesis o la doctrina, se trata. Pero no es admisible por impensable y falaz, que haya oposiciones respecto a lo sustancial, a lo que define y da fisonomía y vida a cada uno de los agrupamientos.

Cuando se dice que a los fines de un mejor gobierno es preferible la existencia de dos partidos a la existencia de varios o de muchos y que por tanto, deben ser mantenidos entre nosotros, los grandes partidos actuales, se parte de una premisa exacta, para llegar a una conclusión falsa. Porque no hay tales partidos.

También se arguye: los partidos no se crean, nacen. Por supuesto. El argumento nos trae a la memoria una observación de Bevan: la verdad se abre siempre camino; pero hay que ayudarla a que se lo abra. -

Los partidos responden a una necesidad. La necesidad terminará por imponerse. Por encontrar sus formas de expresión. Y mientras tanto, la tarea de todos cuantos dedican algunas horas a pensar el país, es ayudar a la necesidad e imponerse, con el mínimo desgaste y el sacrificio mínimo. Hay que parir hechos. No limitarse a reconocer los que existen.

Los dos términos de la actual contradicción son: los grandes partidos por su caótica composición no pueden gobernar; el país, sin embargo, artilugios electorales mediante, mantiene a esos partidos. ¿Hasta cuándo? Hasta que llegue a tener conciencia de aquélla imposibilidad de gobernar. Pues bien, ayudar al país a que adquiera esa conciencia de la viva contradicción entre la forma y el fondo, entre lo necesario y lo aparente, es lo que hacer. Y no se hace y se da la espalda al deber, si se continúa a la sombra de las mismas banderas, por el mismo trillo, aprovechando que la conciencia del hecho, marche a la zaga del hecho mismo.

Cabe todavía recordar que algunos, ya en otro plano, entienden que es mejor contar con dos grandes partidos a no contar con ninguno. Que la política no es la elección, como suele ocurrir en la vida misma, entre el bien puro y el puro mal. Que suele ser y es, la elección entre dos riesgos o entre dos males y que, así, remezón va remezón viene, mientras llegan los tiempos  mejores, hay que andar. En el fondo, puede que esta “filosofía”, si así puede llamarse, haya movido a muchos a contra el gobierno en 1958. Puede que vuelva a inspirar a otros, para votar otra vez “contra” en 1962. No le negamos significación y entidad al argumento y estamos haciendo un examen de dudas y opciones personales, que otros también creemos deben formularse en parecido términos; con más, seguramente, o menos lucidez y ahinco que nosotros. Y aquí es, donde junto a los análisis de la razón pueden pesar otras motivaciones. Cuando corresponde decidir, acaso no baste la razón. Pesan también la carga de pasión o él impulso de las intuiciones y no ha de olvidarse que el planteo puramente especulativo aunque apoyado en la realidad, suele tropezar y desviarse, como la onda o el rayo, cuando encuentra los hechos.

Decimos simplemente que la experiencia del gobierno a  cargo de uno y otro de los grandes partidos, está históricamente cumplida. La del partido Colorado se cerró en 1958. La del partido Nacional, tiene cuatro años, estos últimos cuatro años, de vigencia. Pero ha sido suficiente. Votar por los colorados, a mérito de la experiencia de estos cuatro años blancos o votar por los blanco a virtud de la experiencia que se extiende hasta el 58, es optar por un supuesto mal menor; pero es también eludir el problema de fondo, el sustancial problema que planea sobre el país, su presente y su destino. El país necesita un gobierno. No hay gobierno sin partidos. Los actuales no lo son. Por tanto, tarea a la cual son ajenas la paz y la comodidad, hay que crearlos. Y ahora mismo, Mañana la misma tentadora opción del eventual mal menor volverá a ofrecerse. Y volverá a ofrecerse en un planteo equívoco y aparentemente tranquilizador. Porque el mal menor puede ser y será un nuevo partido también. Y mal mayor, siempre mayor y cada vez más, los actuales. Y entre aquél y éstos habrá que optar. Esa será la verdadera opción. O rompemos las viejas estructuras políticas o esas viejas estructuras, nos asfixiarán De ellas, por buena voluntad y limpia intención, que pongan los hombres que las dirigen, ya nada puede esperarse. Están vacías. Reposan sobre una contradicción insalvable, que vicia todos sus actos, las paraliza y las inhibe. No hay que temerle a lo que venga. Hay que temerle sí, a la resignación y a la rutina, a la conformidad temerosa y la inmovilidad pacata.

Las nuevas fórmulas políticas elaboradas en estas vísperas electorales,  ¿podrán dar respuesta a las exigencias y necesidades del país? Es lo que veremos.

 

MARCHA, 24 de Agosto de 1962.