ENTRE  LA  REBELION  Y  LA  FE

 

Nuestra tarea, si alguna hemos de cumplir, nos exige ser lúcidos. Y la lucidez consiste en ver con claridad, el presente que huye y el futuro que se anuncia. En no ceder a los reclamos de la moda, en no inclinarse ante los triunfadores, supuestos o reales, del momento, por la sola razón de la moda o el triunfo. En buscar la verdad y no hacer concesiones a la mentira vencedora. Tarea áspera y difícil. Conspiran contra ella, es natural, en primer término, nuestras propias carencias y debilidades. Además los hechos nunca se ofrecen con características tajantes. Lo verdadero y lo falso no aparecen, como en los melodramas o las películas de feliz final, con nitidez. Las horas, los días, las semanas, los meses desfilan en turbión. Arrastran, golpean, en ocasiones lastiman, enceguecen. Encontrar el rumbo no es fácil. Solemos navegar a ciegas - plafond bajo, visibilidad nula - y sin aparatos. Sin otros aparatos que nuestro juicio, tan falible y nuestra intuición, tan limitada. De nuestros aciertos y de nuestros fracasos aquí queda testimonio en los veinte años de MARCHA. Sobre cuánto hoy digamos, el tiempo dictará la “ardua sentencia”.

No hay solución inmediata para las dificultades del país. Ni de aquí a noviembre. Ni en noviembre. Ni después de noviembre. Aclaremos aunque parezca obvio. Vivir es crearse dificultades y resolverlas. Gobernar es hacer frente a las mismas. Si el país no tuviera dificultades no existiría. La Arcadia, por ventura, es un mito. Y la perfección es la muerte. Que en el país abunden las dificultades no debe asustarnos. Pero debe asustamos que no se tenga conciencia cabal de ellas, que se carezca de los medios para superarlas, que no existan los instrumentos para vencerlas. La inadaptación de los medios a los fines, es la primera razón de nuestra crisis.

De aquí al 30 de noviembre, todos lo sabemos o debemos saberlo, nada se resolverá. En las pocas jornadas febriles que aún le quedan el Parlamento tratará de ganar el tiempo perdido, a cuya búsqueda, todos los fines de jornada se lanza. Votará proyectos y más proyectos. Dictará leyes y más leyes para contemplar el interés, bien o mal entendido, de los más imperiosos y chillones reclamos. Se emborrachará con la ilusión de “dar soluciones”. Segura e inevitablemente serán más las veces en que errará qué aquellas en las que acertará. Y no se le puede pedir más.

Pero el 30 de noviembre se abre una nueva etapa que abarcará, otros cuatro años. Cuatro años que pueden ser decisivos. ¿Frente a qué opciones o alternativas se encuentra el país? No las hay. Gane quien gane, el país no tendrá gobierno. En épocas de bonanza y facilidad, semejante carencia puede disimularse. En épocas como las actuales, no. Confluyen ahora y se mezclan, dos crisis. Una de signo internacional. Otra de características propias. La primera no necesita prolijas explicaciones. El mundo del siglo XIX está muerto. Pulverizada su infraestructura. Pero como suele ocurrir, la superestructura, las formas y las categorías, aquí y allá, todavía sobrenadan. Como los edificios corroídos por los comejenes o los termes. Quedan las fachadas y los artesonados más o menos desvaídos; la sustancia se ha ido. Una grande revolución, que va más allá, mucho más allá que el comunismo, se ha cumplido y se cumple. De ella que está bajo nuestros pies, y que marcha en el aire que respiramos, no tenemos conciencia. El afán de los días no nos la deja ver. Pero no en balde, han ocurrido en estos cincuenta años, dos guerras, que sólo son una. No en balde, hemos asistido al advenimiento del fascismo y del hitlerismo, a la caída de los imperios, al resurgimiento de los países afro asiáticos, a la revolución de octubre, a las desvalorizaciones masivas de las monedas. No en balde y no por azar, aquí cerca río por medio, pudo instalarse durante diez años el peronismo. Tampoco por azar en fin, y la enumeración no es exhaustiva, se ha producido en Francia el fenómeno De Gaulle. A remolque de los sucesos, este pequeño Uruguay  - praderas acogedoras, población reducida, economía simple, formalismo jurídico, idealismo retórico y generosidad novelera y mal informada -  ha podido dormitar. Algunos accesos de fiebre - el 33, 38 y 42 -  cruzaron el cuarto feliz de los juguetes. Todo aquello que contrariaba nuestra infantil concepción del mundo, era desconocido o despreciado. Nuestra “intelligentzia” que se muestra a través de los diarios - no hay otros medios de expresión - está dominada por el inmovilismo, el conformismo y la satisfacción. Lo que conspira contra su “panglossiano” optimismo - el natural y propio y el de las agencias telegráficas - no existe. Los 600 millones de China comunista no existen. Rusia Soviética no existe. La India y Argelia, no existen. El peronismo no existe. Y cuando está obligada a reconocer la aparición de tamañas aberraciones, porque las agencias hacen de ellas mención, entonces, en lo íntimo, se consuela pensando que todo es un accidente pasajero. Contratiempos inevitables y de fácil eliminación. Excrecencias monstruosas de una peste que nunca llegará a nuestras playas, de las cuales desde hace años hemos desterrado a la fiebre amarilla y a la bubónica. En último caso, como los chicos acuciados por la pesadilla, están ahí la madre o la nodriza o el ángel de la guarda que velan nuestra tranquila y feliz inconsciencia. Algo ha ocurrido, sin embargo, también en estas tierras, en los últimos veinticinco años. Y desde hace algún tiempo, los crujidos del andamiaje lo señalan. Las guerras del 36 y el desequilibrio de los años que precedieron a Munich, la guerra del 39 al 45, la guerra fría después y el conflicto de Corea, renovaron nuestra simplista y candorosa confianza. Ahora, cuando falta la excitación externa, empezamos a mirar a nuestro alrededor y empezamos a no comprender. El mecanismo se ha descompuesto. Porque en estos veinticinco años el país ha vivido de sus reservas, se ha descapitalizado y se ha estancado o ha retrocedido. Porque al cabo de estos veinticinco años, el país ha entrado en un desequilibrio sustancial: gasta más de lo que produce. Su estructura ya no sirve. No ya nuestra propensión a importar, sino también nuestras necesidades de importación, superan a nuestras posibilidades. La relación de intercambio se ha modificado en contra nuestra. Nos comemos nuestra disminuída producción de carne y acaso como nunca, nos hemos vuelto monos exportadores. Dependemos de la lana, mientras corremos a calafatear un día sí y otro también, a las industrias que por todas partes hacen agua.

De este desequilibrio sustancial todos los días, aparecen pruebas. Es una especie de leucemia. Suba de precios. Suba de salarios. Déficit presupuéstales. Déficit de los servicios públicos. Reclamaciones de los comerciantes, de los industriales, de los obreros. Mercado negro. Contrabando. Especulación y la zarabanda de los cambios. Sólo aparecen dos refugios para los que le temen al porvenir: la tierra y el dólar. Recuperar el equilibrio perdido, cada vez más lejano, exigirá un tremendo esfuerzo. Hay que crear una nueva estructura y eso no se logrará, sin sudor y sin lágrimas. Quiera Dios que sea, sin sangre.

Mientras esta destrucción de valores ha ocurrido, mientras los viejos moldes estallan, los partidos, las instituciones, las normas, la superestructura, en una palabra, han continuado igual. Igual en apariencia, en el escaparate, claro está. Porque las crisis sin solución de los partidos, son también fruto de la descomposición interna del país.

Pero ahí está el drama, el drama que crea la ineluctable contradicción entre la realidad y la ficción, entre los medios y las necesidades, entre las formas horras de todo contenido y la sustancia.

Frente a aquella inmensa, heroica tarea cada vez más urgente, cada vez más necesaria, el país está falto de instrumentos políticos. No hay partidos; no hay fuerzas coherentes; no hay planes; no hay conciencia de los fines precisos que están por cierto más allá y más acá de las vaga rosas formulaciones de ecuménico uso.

No hay partidos. Aferrados al típico formulismo latinoamericano, los hemos sustituído por lemas. Aferrados al no menos típico y verbal anticesarismo latino, que siempre desemboca por otra parte, paradójicamente en un Luis Napoleón de oportunidad, nos cuidamos, como la peste, de los líderes pero entronizamos caudillos.

Gane quien gane, repetimos, no habrá gobierno. Y eso lo empiezan a saber y así lo llegan a decir los propios que se postulan. En las elecciones del 54 el quincismo del “todo o nada”, obtuvo una victoria electoral que parecía victoria y parecía resonante. Recogió el 28 por ciento de los sufragios; ganó la mayoría absoluta del Poder Ejecutivo; y - deliciosa contradicción - sólo más de treinta diputados en noventa y nueve. Era fácil prever que no podía gobernar. Pudo haber intentado un gobierno colorado. Fracasó. Pudo haber intentado un gobierno de unión nacional. No lo hizo. Mostramos los hechos. No es ahora la oportunidad de juzgarlos. Nuestro juicio, por otra parte, es conocido. No exculpamos ni inculpamos.

El triunfador de la próxima jornada electoral afrontará iguales o mayores dificultades. No tendrá fuerzas para gobernar. Pero además y eso ya se ha visto, no tendrá planes. No los tuvo el quincismo en estos cuatro años pasados. No los tiene el nacionalismo en ninguna de sus varias expresiones. Y todavía cabe decir que aún dentro de esas expresiones, no hay fines comunes, a juzgar por los antecedentes de las distintas parcialidades que actúan bajo un sublema único y por las repetidas y contradictorias posiciones en el ámbito legislativo.

En 1954 el viento soplaba a favor del quincismo. En 1958 parece que sopla a favor de la U.B.D. El triunfo de ésta sin duda, dentro del lema y dentro del país representará una doble y saludable derrota la del herrerismo y la del gobierno. Pero ¿y después? ¿Un después que comienza al día siguiente de la elección?

Muchas veces se ha hablado de la crisis de los partidos tradicionales. Muchas veces se ha anunciado su muerte y su desaparición y sin embargo, han continuado como el personaje del aviso, tan campantes. Es cierto. Creemos, no obstante que esta crisis, de ahora, esta crisis de los últimos años, precisamente por las modificaciones de estructura que se han producido en el país, tendrá otro desenlace. La supuesta unificación a que asistimos, se nos aparece como un postrer intento para escamotear el cadáver. El cuerpo vivo de ayer es apenas una momia hoy.

Invitamos al lector que no quiera cerrar los ojos y taparse los oídos, a que medite sobre las perspectivas que abren las cuatro posibilidades de triunfo. El triunfo parcial del quincismo, el de la 14, el del herrerismo o el de la U.B.D.

No se nos escapa, digamos de paso, que puede tentarse una experiencia de Unión Nacional. Esta vía se la cerró inexplicablemente, el quincismo, hace cuatro años en época mucho más propicia que la actual. ¿Envanecimiento? ¿Miopía? ¿Temor a que se frustrara la “victoria”?

Quien procure ahora reanudar el diálogo entre los partidos no puede ser desoído y debe ser ayudado. En la acelerada carrera contra el tiempo en que estamos, querámoslo o no, empeñados, esa Unión Nacional, puede impedir males mayores. Pero sin ánimo de hacer más espesas las sombras, cabe recordar que toda solución de este tipo será forzosamente transitoria, que una coalición vale lo que valen quienes la integran y que la crisis de los partidos, que obedece a causas profundas, subsistirá. La Unión puede evitar, quizá, el colapso. No impedirá la transformación esencial de los cuadros y las instituciones. Y si quiere impedirla, si pretende consolidar lo existente, fracasará sin remedio y los males resultantes serán mayores que los efímeros beneficios.

¿La desaparición o el debilitamiento de los partidos tradicionales, provocará el caos? Es posible. Esa desaparición o ese debilitamiento, no es nuestra obra. En el mejor de los casos, para las direcciones de esas colectividades, es el resultado de la transformación del país. Es un fruto del mismo país. Pero está la otra cara de la medalla; el verdadero revés de la trama. Si el deficiente e incompleto análisis que hemos hecho tiene validez, también es cierto, más cierto aún, que el mantenimiento y la consolidación de esos partidos nos lleva, inexorablemente al caos. Y que mayor será este caos, cuanto más demoremos en crear las fuerzas que los nuevos tiempos reclaman.

Esta es la primera parte de nuestra contestación a la carta de Frugoni. Nuestra actitud personal, carece de toda entidad y significación. Decir si vamos a votar o cómo vamos a votar, a nadie puede interesarle. Y sería pecado inexcusable de vanidad por nuestra parte. Hemos preferido, por tanto, detenernos en los aspectos generales de la cuestión. Sólo repetimos, para que no haya dudas - suele ser difícil hacerse entender - que nuestra modestísima experiencia dentro del nacionalismo está concluída. Y no de ahora. Desde hace muchos años hace veinticinco que no votamos bajo ese lema. Hace veinte que dejamos de pertenecer a sus autoridades. Hace ocho que tentamos, con ingenuidad, fervor y furor, por última vez, una reconstrucción orgánica del nacionalismo. Inteligenti pauca.

 

MARCHA, 10 de octubre de 1958.