REFLEXIONES sobre el 31 de marzo.

 

 

Puesto que el presente sólo es desvarío me­jor es volver hacia el pasado que a veces guarda el secreto del porvenir.

Por estos días se cumplen treinta y dos años del golpe de Estado del 31 de marzo. Una gene­ración nos separa de ese recodo de nuestra his­toria. Viven todavía muchos de los que fueron actores; muchos de los que fuimos testigos. Pero para un hombre de treinta o aun cuarenta años, el 31 de marzo de 1933 ya pertenece a la prehis­toria, a la época de los dinosaurios. Un nuestro jefe, solía decirnos, a modo de consejo, en los huidos años mozos, que la experiencia es un peine que nos llega cuando estamos calvos. Ca­bría agregar todavía que ese tardío peine es de un uso estrictamente personal. La experiencia propia no sirve a los ajenos. Tanto si se trata de hombres como de generaciones. Aquellos y éstas se hallan siempre dispuestos a creer que cuanto les ocurrió a los demás no puede ocurrirle a  ellos mismos.

 

Sin duda, la historia, individual o colectiva, no se repite. Bien conocida es la frase de Marx. 

La tragedia una vez, es farsa luego. Pero, pues­tas a un lado diferencias y matices, parece sin embargo, que existen ciertas constantes. Los hombres en el plano político no dan muestras de mucha imaginación, ni disponen de muchos medios. Acaso prever consiste en pasar por el  cernidor lo que ocurrió, para encontrar, después de un fluido análisis, lo que puede ocurrir, sobre la base de esas constantes que tejen la trama de la historia.

 

Por otra parte, treinta y tres años es poco aún, para adquirir perspectiva. Algunas heridas sangran. La pasión no está del todo acallada. Útil sería, muy útil, por cierto, que los nuevos que no recibieron golpes ni salpicaduras, se die­ran a estudiar ese período de nuestra cercana  historia. El Uruguay es la patria vieja, pero también esta patria de los años próximos en cuya confusa realidad estamos todos inmersos. Inmersos y náufragos.

 

"La historia de toda sociedad pasada es la historia de las luchas de clases" decía Marx en el Manifiesto del 48. Para cierto marxismo dog­mático y primario, todo está explicado entonces. El 31 de marzo es un episodio más de la lu­cha de clases. Pero ¿cuántas son las clases? Y ¿qué es una clase? ¿Cuáles, también las clases que existían en el Uruguay de los treinta?

Varias fueron las enumeraciones que Marx hizo de las clases. Cuatro son las que aparecen en el Manifiesto: burguesía y proletariado; nobleza feudal y pequeña burguesía. En Revo­lución y contrarrevolución en Alemania, la nómina se elevó a ocho: nobleza feudal; burguesía; pequeña burguesía; grande y mediano campesinado; pequeño campesinado libre; pequeño campesinado siervo; obreros agrícolas; obreros de la industria.

En La lucha de clases en Francia, ellas se reducen a siete que no son, además, iguales a las anteriores: burguesía financiera; burguesía industrial; burguesía comerciante; pequeña bur­guesía; campesinado; proletariado y “lumpen­proletariat"

La supuesta cristalización en burguesía y proletariado correspondería a una etapa muy avanzada de la evolución. Al paso del tiempo, las clases se reducirían y polarizarían.

 

¿Qué es una clase? Las definiciones de Marx, como se sabe, no son, al respecto, muy precisas. La teoría se elaboró lentamente a través de mu­chos textos: el Manifiesto, el Prólogo a la crítica de la economía política, El 18 Brumario de Luis Napoleón, La lucha de clases en Fran­cia.

De todos ellos interesa reproducir un párrafo ya clásico de El 18 Brumario: "En tanto que millones de familias campesinas viven en condi­ciones económicas que las separan a unas de otras y oponen su género de vida, sus intereses y su cultura a las de las otras clases de la socie­dad, ellas constituyen una clase. Pero no la cons­tituyen en tanto no existe entre los pequeños campesinos sino un lazo local y la similitud de sus intereses no crea entre ellos ninguna comu­nidad, ninguna vinculación nacional, ninguna organización política. Es por eso que son inca­paces de defender sus intereses en su propio nombre, sea por intermedio de un parlamento, sea por intermedio de una asamblea. No pueden representarse ellos mismos, deben ser represen­tados. Sus representantes deben al mismo tiempo aparecérseles como sus dueños, como una autoridad superior, como un poder guberna­mental absoluto, que los protege contra las otras clases y les envía desde lo alto, la lluvia y el buen tiempo. La influencia política de los pequeños campesinos encuentra, por consiguiente su última expresión en la subordinación de la sociedad al Poder Ejecutivo".

Para que exista clase pues, no basta la comu­nidad de intereses. Necesaria es también la con­ciencia de esa comunidad.

 

No está demás recordar que hace cuarenta años Lukács - Historia y conciencia de clase - ­daba esta definición de la clase dirigente: "La vocación de una clase a la dominación significa que es posible, a partir de sus intereses de clase, a partir de su conciencia de clase, organizar el conjunto de la sociedad de acuerdo con ésos intereses. Y la pregunta que decide, en último análisis, de toda lucha de clases es ésta: ¿qué clase dispone, en el momento preciso, de esta capacidad y de esta conciencia de clase?",

 

¿Qué grupos, no digamos todavía clases, uni­dos por la comunidad de intereses y la más o menos vaga o lúcida conciencia de esa comuni­dad, albergaba el Uruguay de los 30? Una clase ganadera; una burguesía comercial; un débil proletariado industrial; un "lumpenproletariat" en las ciudades y el campo; un campesinado agrícola pequeño; una burocracia apática y obediente.

De esos grupos, algunos podían ser conside­rados clases, por la comunidad de intereses en el proceso de la producción y por la conciencia de esa comunidad: los ganaderos, sobre todo, los grandes y medianos ganaderos y la burguesía comercial, heredera en el país de lo que fue lla­mado, en otros tiempos también difíciles, el alto comercio de plaza.

Sólo como un embrión de clase, aparecía el proletariado industrial mucho más en retraso todavía estaba el campesinado agrícola. Pero en el contexto social no puede olvidarse a los fun­cionarios públicos, en buena parte clientela elec­toral pasiva. ¿Era o no, es o no, una clase? Dis­cutir ahora el punto no interesa a los fines de las reflexiones que vamos hilvanando. Dos obser­vaciones, no obstante, al pasar.

 

 - La burocracia puede históricamente con­vertirse o adquirir los atributos de una clase di­rigente. Trotsky escribía en su Stalin, que "la dictadura del proletariado ha encontrado su expresión desfigurada, pero incontestable en la dictadura de la burocracia". Djilas ha visto en ella, para condenarla, la aparición de una nueva clase y las revoluciones africanas, de esa Africa "mal partie", al decir de René Dumond, mues­tran cómo el parasitismo burocrático deviene una clase dirigente.

 - Conviene distinguir siempre entre funcio­nario público y obrero de un servicio público. En un país de extendidas nacionalizaciones, co­mo el Uruguay, el obrero o el empleado de un servicio público industrial o comercial, es por un lado funcionario del Estado, pero, desde otro punto de vista, participa en el proceso de producción, en forma muy distinta a la del sim­ple y típico funcionario. El que trabaja en la re­finería de Ancap no cumple tareas asimilables a las del que está empleado en casinos del Estado, o cobra impuestos, o se desempeña como ujier en una oficina o dicta resoluciones en un Ministerio.

 

A partir de 1930 - causas internas y sobre todo externas - Uruguay afrontó una grave crisis: baja de los precios internacionales de sus productos; inestabilidad monetaria; desequili­brio de la balanza comercial; déficit presupuestales; desocupación. La estructura económica era más simple aún que la actual; pero el desequilibrio y las consiguientes medidas que debían adoptarse para aminorarlo o ponerle fin, tenían que herir a todos y en primer término iban a sentir el golpe y  a alzarse contra él aquellos, con más clara conciencia de lo que pasaba y de lo que los perjudicaba. No podían reclamar un cambio de rumbo, ni el proletariado incipiente, ni el campesinado agrícola disperso y desunido, ni, claro, el "lum­penproletariat", que vive de las pensiones a la vejez y de las "changas". ¿Quiénes podían reac­cionar y quiénes podían exigir el cambio y opo­nerse a los modestos sacrificios que se les exi­gían? La clase ganadera y la burguesía comercial a cuya cabeza estaba el comercio importador

 

La organización política se prestaba a que la reacción contra las tímidas medidas propuestas o aplicadas, encontrara el camino del triunfo. La constitución del 17 entregaba el gobierno a unos y la fuerza a otro. Aquéllos tenían la respon­sabilidad de lo que ocurría o se les atribuía esa responsabilidad. El otro, poseedor de la fuerza, podía aparecer y él mismo se complacía en apare­cer como el prisionero encadenado de un régi­men que conducía a la ruina. El Presidente de la República, que poseía la fuerza era el prisionero. Los Consejeros que gobernaban, sin poder, eran los carceleros y verdugos. El dicho Presidente así dispuesto a cumplir su vocación mesiánica, se convirtió en el salvador y en el vengador. "Rompió" las cadenas y echo a los Consejeros. También los hombres juegan en el proceso his­tórico. Pudo así darse el golpe de Estado, sin movilización mayor de la fuerza. Al ejército átono y burocratizado, sólo le correspondió en un primer momento, en el momento del golpe, adoptar una pasividad tolerante. En otros países de América, es el ejército constituido en clase dirigente, el factor decisivo. Lo fue en la Argen­tina en 1930 con Uriburu. Lo es ahora, en 1965, en la Argentina con Onganía, en el Brasil con Castelo Branco, en Bolivia con Barrientos y Ovando. No lo fue en el Uruguay en 1933 y por tanto, la tradición "civilista" de nuestras fuer­zas armadas quedó a salvo. Pero no era necesa­rio que éstas intervinieran. El propio centro de poder político al cual ese ejército respondía to­mó, con la ayuda de la policía, la ruta de la sal­vación. El gobierno constitucional del 33, el gobierno ejercido por el Consejo Nacional, no disponía de la fuerza puesto que ni el ejército ni la policía dependían de él; pero tampoco contaba con el apoyo de las clases organizadas o las úni­camente organizadas del país. Y el resto era una masa desdibujada y sin conciencia de sus intere­ses específicos. Dentro de esa masa, la burocra­cia, lastimada por la rebaja de sueldos y el alza del costo de la vida, también apoyaría el golpe o en el mejor de los casos, permanecería indiferente frente a él.

 

Esa masa, incapaz de defenderse, ponía así, una vez más, su destino para decirlo con las pa­labras de Marx antes transcriptas, "en la subor­dinación de la sociedad al Poder Ejecutivo".

Después vino lo que muy pocos recordamos. Y es éste, capítulo que ofrece tantas o más en­señanzas que el propio golpe de Estado. Se ini­ció la resistencia contra el gobierno de facto. Pero ¿con qué fuerzas contaba ella? Y ¿a qué fuerzas podía o debía apelar?

No iban a acompañar por cierto a las tentativas sedicentes revolucionarias, las clases que a

través del Presidente de la República, habían dado el golpe de Estado. Tampoco los burócra­tas que se ajustaron al nuevo estilo y buscaron ubicación dentro de los nuevos cuadros.

 

¿Acaso el proletariado inerme y débil? ¿Aca­so el "lumpenproletariat" que era y es una de las columnas más numerosas de la gran clientela electoral?

Ni el gobierno caído tenía respaldo; ni la resistencia enconada que conoció el sacrificio y hasta el heroísmo de unos pocos, tampoco. Se intentó reconquistar el poder rec1utando adeptos en las mismas fuerzas que habían volteado a la Constitución. Quiso reconquistárselo - error del que nadie está exento - recurriendo a métodos que habían podido utilizarse treinta años antes: la revolución armada, tacuaras y fusiles, recorriendo los campos. Quiso reconquistárselo por la conspiración militar. Todas las tentativas abortaron y a la postre, desembocaron en el apoyo al General que a órdenes del Presidente vocacional y mesiánico, había sido el brazo ejecutor del 31 de marzo. De acuerdo con la frase célebre, lúcida, realista y cínica, se "salió" del golpe de Estado a las grupas de uno de los que habían participado en él, que pocos años des­pués de haber llegado al poder dio otro golpe, el "bueno". Un clavo saca otro clavo. Sin duda; pero deja el agujero.       

 

El 31 de marzo es un recodo de nuestra historia; pero no lo es menos y acaso lo sea más, el  año 1938. En este último, con más claridad que en aquella fecha, - se tarda a veces en comprender el cabal significado de los hechos aunque pueda intuírsele - la historia del país se bifurcó. El 31 de marzo fue la reacción encabezada por las clases dominantes y más capaces, 1938, mos­tró que la resistencia al golpe de Estado había equivocado totalmente el camino. Para vencer a la reacción no se podía transitar por los mismos caminos de ella, buscar apoyo en las mismas r fuerzas que habían reclamado el golpe o lo habían tolerado.

 

El tiempo, bien corto por cierto, no tardó en demostrarlo. Cuándo los núcleos políticos desa­lojados el 31 de marzo, volvieron al gobierno, dejaron en pie no sólo las estructuras que habían posibilitado el golpe, sino también  las propias construcciones de la dictadura. Se reinstalaron en el edificio conservado y reacondicionado o adornado por ésta. Todo siguió como antes y la lucha que contra la reacción se inició el 31 de marzo, en vez de abrir nuevas alternativas al país, se diluyó en una oscura confusión. Lo que pudo ser drama, se frustró. Lo que pudo ser la primera etapa de una transformación sustancial y revolucionaria se redujo a una sustitución de gobernantes. La sacudida del 31 de marzo tuvo su eco, su apagado eco el 22 de febrero. La ''re­volución" se convirtió en revancha.

Las fuerzas, las mismas fuerzas que habían alentado el golpe de Estado y utilizado la conde­nable ambición del gobernante de la hora, vela­ban. A su amparo los partidos se recompusieron.­

 

El "pacto del chinchulín" mereció el repudio de los golpistas del 33 y les sirvió de blanco y bandera. Luego esos mismos golpistas aprovecha­ron del pacto, lo extendieron y lo legalizaron.

La ley de lemas nacida de la dictadura, inflamó a los que a ésta se oponían y se veían condenados al ostracismo político. Luego, esos opositores, aprovecharon y constitucionalizaron la ley de lemas que es hoy para ellos, sagrado mandamiento. Todo cambió para que todo quedara igual.

 

Y así, desde 1933 hemos seguido andando o creyendo que andábamos. ¿Qué fuerzas o clases dominan hoy en el Uruguay de 1965? ¿En qué se han convertido esos partidos que dividió el golpe del 31 de marzo y luego buscaron y logra­ron, a partir de 1938 y de 1942, recomponer, para conquistar o conservar el gobierno, su unidad falaz y formal?

¿Qué le espera a este Uruguay devorado por otra crisis, más temible que la del 30-31 y cuyas causas a diferencia de las que engendraron a aquélla, son específica o primordialmente internas?

 

Estas son, entre muchas otras, las interrogan­tes que debemos plantearnos. Y no es inútil pa­ra encontrar respuesta volver, a lo que otrora, ha poco, ocurrió.

 

Del 31 de marzo y su secuela más de una lec­ción se desprende. Por lo pronto ésta: la reac­ción no está muerta y a la reacción no se le combate con la reacción.

 

Carlos Quijano                                                                  MARCHA, 26 de marzo de 1965.