A   RIENDA   CORTA

 

Por estos días se han cumplido treinta años de la fundación de la Agrupación Demócrata Social. Unos cuantos jóvenes nos reunimos, redactamos un manifiesto y nos lanzamos, sin experiencia y sin recursos, a la lucha política. El resultado sorprendió a todos. En primer término a nosotros mismos. Tres meses de campaña electoral nos permitieron recoger varios millares de votos, obtener dos bancas en la Cámara de Diputados y cerca estuvimos de lograr también un puesto en el Consejo de Montevideo.

Apenas conocidos la víspera - ninguno de nosotros llegaba por entonces a los treinta años - habíamos tenido la suerte de entrar a la acción política por la puerta ancha que nos abría nuestro propio esfuerzo. Nada le debíamos a jefes, a organizaciones constituídas, a autoridades. Habíamos triunfado - si es que podía hablarse de triunfo - empujados por una corriente de esperanza. Se nos confiaba una difícil y honrosa tarea de renovación.

Durante los tres años del mandato, equivocados o no, trabajamos sin tregua. Las Cámaras electas el 28, tuvieron que hacer frente a la crisis del 30-31. En la solución de las tremendas dificultades de entonces, que provocaron una transformación revolucionaria a lo largo y a lo ancho de todo el mundo - la crisis del imperio británico, la caída espectacular de la libra, la depresión en Estados Unidos, el New Deal de Roosevelt, la ascensión de Hitler al poder -  pusimos nuestro cabal empeño. Todo cuanto vino después tiene la impronta de aquel período trágico, en el que, murió definitivamente un mundo cuyas formas todavía se mantienen. Todo: las guerras de Abisinia y de España; la ascensión de Rusia y Estados Unidos; el despertar de los pueblos coloniales. Todo también, en el ámbito nacional: la crisis de los partidos; los golpes de Estado del 33 y del 42; el dirigismo inconexo.

Treinta años en el tiempo histórico nada significan. El historiador futuro que se incline sobre nuestra conturbada época, apenas si podrá distinguir entre las guerras y los conflictos que se han sucedido. La enorme masa de hechos acumulados en lo que va de este siglo -  no ya en los últimos treinta años -  se le aparecerá dotada de una unidad esencial y los años y las décadas se contarán para él.

Pero treinta años en la escala humana son mitad de la vida, el paso de una generación. La nuestra entró a la pelea cuando el mundo en cuya estabilidad habían creído nuestros padres, se desmoronaba. Y durante tales años, esa, nuestra generación, sin conciencia o con ella, con lucidez o sin ella, hubo de dedicarse a remover escombros, a apuntalar paredes, a levantar, entre fatiga y el desencanto y la esperanza, nuevos precarios muros. Los muertos se resistían a ser enterrados. Los muertos no querían enterrar sus muertos.

En 1930 —la crisis empezaba a golpearnos— fundamos “El Nacional”. Unos años después habíamos perdido en la aventura, todo lo que teníamos y lo que no teníamos. Ya, en esos años, se incubaba el golpe de Estado. El nacionalismo se dividió. División profunda y no, como tantas otras, circunstancial. En las elecciones de 1931 - fue el premio que recogió nuestro afán -  obtuvimos un tercio de los sufragios de 1928, y ni siquiera conservamos una banca. El herrerismo - “Contra el colegiado y por el plebiscito”-  había barrido a todas las fuerzas opositoras dentro de filas.

Comenzó entonces una inquieta espera. Los signos premonitorios del golpe de Estado se repetían. Puede que un día escribamos nuestras modestas memorias. De esa época turbia nos ha quedado el recuerdo tanto del desenfado de los que amenazaban, como de la ciega e insoportable suficiencia de los que “no creían”. Con diferencias de horas, en la víspera del golpe, dos políticos que todavía actúan, tuvieron palabras de despectiva conmiseración para nuestras inquietudes. “No se animará” nos dijo uno, refiriendo al Sr. Tefla. “Esta noche en la Asamblea General, lo derrotaremos”. “Todo se reduce a una pelea interbatllista entre César y Gabriel”, nos dijo otro.

En 1932 fundamos “Acción” que continuaba la prédica de “El Nacional” y presentía a “Marcha”.

Y así llegamos al 31 de marzo de 1933, que habíamos tenido la desgraciada lucidez de prever y anunciar. Ocurrió lo que tenía que ocurrir, lo que a nadie le interesa ahora recordar y lo que muchos ignoran. Durante dos años se vivió en un clima de conspiración. Fue primero la abortada revolución del 34, en la que tuvimos el honor de ser uno de los pocos heridos. Fue después el no menos abortado movimiento del 35, donde otros pocos - ya olvidados encontraron la muerte. De esos atlas también, que recordamos con alegría, porque tuvieron la magnética pureza de la fe, sin compromisos, quizá escribamos algún día. Para decir lo que fue limpio y fecundo, y lo que se dejó morir, por incapacidad, por ceguera, por pasión minúscula.

Frustrada la empresa revolucionaria y su  vigorizadora esperanza, comenzaron tiempos equívocos. Nos deslizamos suavemente hacía la charca de los compromisos y las transacciones. En 1938, fue electo Baldomir, el jefe de las policías del 31 de marzo, bien pronto saludado como el restaurador de la democracia.

Se le empezó a rodear y a halagar. Ese año nos apartamos del entonces llamado nacionalismo independiente, con el cual habíamos colaborado en la lucha contra la dictadura. Cuatro años después, Baldomir dio otro golpe de Estado dirigido ahora contra el herrerismo, y el nacionalismo independiente concurrió a elecciones. Nosotros nos mantuvimos en la abstención, en la que estábamos desde 1931. Entretanto – 1939  -                       habíamos fundado a MARCHA, a la que nuestros más piadosos y siempre generosos enemigos, no le daban más de seis meses de vida. Podemos decir ahora que no sólo ellos se equivocaron. Nos equivocamos también nosotros. No creíamos que podíamos llegar al séptimo mes, Pero ocurrió que MARCHA tiene vida propia y muerte dura. Seguía saliendo aunque nosotros ni lo creyéramos, ni lo esperáramos. Como alguien del taller frente a una de las tantas y muchas dificultades, lo dijo una vez, MARCHA sale sola. Es un fenómeno sobre el cual algún día habrá que detenerse.

En 1946, después de quince años de abstención, volvimos a participar en las elecciones. Tres caminos se nos abrían: o votar con el lema Partido Nacional, cuyo propietario era el herrerismo; o con el lema Nacionalismo Independiente, reconocido y acordado por la Constitución del 42; o con un lema propio. Nos negamos a votar con cualquiera de los dos primeros, mientras no se reconstruyera el Partido Nacional y nos decidimos a votar con un lema propio. Dijimos entonces y se nos perdonará la trascripción:

“Durante cuatro años, los que se extienden entre el 42 y nuestros días, a esa empresa de la reconstrucción nacionalista, sin pedir nada, sin reclamar nada, sin exigir nada, le otorgamos crédito y apoyo.

Hubo que aclarar posiciones, que definir propósitos, que soportar improperios y aún calumnias. Cierto botaratismo superficial que encuentra fácil eco en eso que se llama la prensa, donde cualquier tinterillo irresponsable, se erige en juez de las limpias conductas ajenas, no vaciló en calificamos de “herreristas” dando al término un sentido peyorativo. Herreristas a nosotros, que hace acaso más de veinte años no cruzamos una palabra con el Sr. Herrera, que nunca utilizamos su nombre, su retrato, su prestigio, para engrosar nuestros magros caudales electorales; que nunca le pedimos puestos, ni certificados de confianza partidaria; que nunca acumulamos adjetivos, como ristra de cebollas para hacer su elogio ditirámbico y encendido y que por lo mismo tampoco, nunca tuvimos que caer en la baja torpeza de darle vuelta la espalda, para cubrirlo de injurias. Hace veinticinco años, desde la más tierna y en cierto sentido irrespetuosa mocedad, desde que empezamos a actuar, que estamos frente al Sr. Herrera y su política. Lo estuvimos cuando el partido estaba unido; lo estuvimos con más razón, cuando el golpe de Estado del 31 de marzo; lo seguimos estando ahora, porque no hay razones para obligarnos a cambiar de posición. Pero así como ayer no mentimos elogiándolo, hoy tampoco queremos mentir, enrostrándole culpas en las que no creemos. Nos basta lo que nos separa para no ser sus compañeros. No tenemos necesidad de calumniarlo, para ser sus adversarios sin pausa y sin flaqueza.

Pero el calificativo no nos sorprendió. Venía de las mismas cocinas de la politiquería criolla, desde donde un día se nos endilgó el mote de batllistas porque éramos por ejemplo, partidarios de las nacionalizaciones de los servicios públicos, que los tarambanas pudibundos de entonces, después se dispusieron a apoyar cuando vieron que de esas nacionalizaciones podían obtener puestos para repartir. De las mismas cocinas desde donde otro día, se nos llamó comunistas, porque tratábamos de explicar, sin necesidad de espectaculares actos de constricción ex post facto, la firma del pacto germano-ruso. Según fueran las volteretas de los frívolos, así llegaban hasta nosotros los calificativos. Y la verdad, la verdad sustancial, inequívoca, indestructible, es que mientras los frívolos giraban y se lanzaban de trapecio en trapecio, nosotros seguíamos siendo los mismos, con una fidelidad, sin fallas, que reivindicamos como el único mérito de nuestra vida, a lo que creíamos y pensábamos.

De todos los caminos hemos elegido, para no traicionarnos y no traicionar a los pocos o muchos que nos acuerdan su fe, el más difícil.

Obligados a votar bajo el imperio de leyes liberticidas que todos, hasta sus autores dicen repudiar, pero que se mantienen no obstante, en pie, vamos a votar con un lema propio, del cual se nos arrebata con triquiñuelas y leguleyerías, las denominaciones que nos son esenciales.

El nombre no hace la cosa. Somos los que hemos sido, desde que actuamos. Lo seguiremos siendo cualesquiera sean las denominaciones que se nos obligue a adoptar.

Nacionalistas, en cuanto constituimos la fuerza con más categórica y permanente orientación antiimperialista que actúa en el país; en cuanto nos sabemos atados a través del turbión de las horas, al federalismo artiguista; en cuanto, somos los enemigos, no ya los adversarios, de la antipatria, de los extranjerizantes, de los intervencionistas, que, quiérase o no, son en nuestras tierras la rediviva encarnación de los que trajeron las invasiones portuguesas, traicionaron a Artigas y rindieron pleitesía al conquistador lusitano; de los que más tarde, sombrero en mano andaban por las cancillerías europeas, reclamando el protectorado francés o inglés para nuestros pueblos; de los que, todavía, más cerca nuestro, marcharon al flanco de los invasores del Paraguay, después de haber entrado al flanco dejos invasores de la patria. Es el partido del extranjero que trabaja en las sombras suele distinguirse - sello en ocasiones inconfundible - por el uso, y abuso que hace de las grandes palabras, para ocultar sus mezquinos hechos. El partido, repetimos, de los anti-patria que siempre enarbola, por desgracia la misma cocarda.

Demócratas sociales también, y no por novelería, ni por imposiciones de la moda,

ni por reclamo electorero. Demócratas sociales, porqué creemos haber comprendido que

democracia política, lisa y llana, no es tal, sino una mistificación: la libertad es un mito cuando el hambre, aprieta o simplemente amenaza”.

En esas elecciones del 46 alcanzamos a reunimos en todo el país poco más de 5,000 votos, cifra muy cercana a lo que habíamos obtenido sólo en Montevideo en 1928. “no dio ni pa’un diputado”. El éxito, como se ve, fue total.

Cuatro años después – 1950 -  reincidimos en la aventurada empresa. El éxito fue aún más completo. Tuvimos menos  que en 1946.

Nos pareció que no era cosa de reincidir, nuevamente, en 1954. Llegadas las elecciones de este año nos quedamos en nuestras casas.

Esta historia de poca monta, que es la historia de una aparente frustración, tal vez no sea del todo inútil. Relatar una experiencia puede servir sobre todo si, se hace, con objetividad como hemos querido hacerlo.

Cuanto se ha vivido, vale si enseña. ¿Que nos ha enseñado? Al responder hay que andar con tiento para no mezclar lo personal con lo colectivo; para no confundir deseos con realidades; para no atribuirse los méritos del martirio y denostar la incomprensión de los otros.

- Lo primero que debimos reconocer es que no servíamos para la acción política o si se quiere para la actividad electoral. Y no hay, que lamentarlo. Tampoco servimos para arreglar una cerradura o poner un motor en marcha. Puede fastidiarnos cuando el auto se para o la puerta no se abre o no se cierra; pero no debe  amargarnos. Los que nos honran con su odio dirán que somos malos o peores y buscarán con fruición nuestras fallas. Los que nos acuerdan su confianza, pensarán que tal vez seamos. “demasiados buenos”. Toda esta supuesta búsqueda de causas, si existe, a nada conduce. Los hechos son los hechos. ¿Por que no buscar una explicación más simple y más optimista? Las vocaciones encuentran su camino. Si en el campo de la política activa, del ajetreo electoral no lo hemos encontrado, ¿Por qué no pensar que nuestra tarea, la tarea que se nos ha asignado sobre la tierra, es otra: ésta que cumplimos semana a semana desde MARCHA? Una modesta tarea de docencia iluminada y jubilosa, para la que no existen contratiempos ni  barreras capaces de torcerla. ¿Por qué - más allá todavía - ha de creerse, como en alguna ocasión lo hemos dicho, que la acción política  - en su esencial sentido - ha de reducirse a la acción partidaria y electoral? En la medida de nuestras posibilidades, todos los de MARCHA hacemos por el país - sin pedir nada - todo cuanto podemos. No siempre es fácil; pero no nos quejamos y por el contrario, las dificultades merecen nuestro agradecimiento. Poder decir lo que se, debe decir ¿no es bastante fortuna? Si nuestro semanal mensaje no encuentra eco más eco más extendido, puede sin duda atribuirse a sordera de los más; pero también a la limitación de nuestros medios. Y nadie puede quitarnos otra satisfacción sin par. Volvemos a leer la declaración del 28, nos remontamos aun más atrás, hacia los años de la adolescencia, revivimos estos treinta años que se han ido y encontramos que cuanto dijimos ayer, podíamos decirlo hoy, sin otros ajustes que los impuestos por el tiempo.

—Lo segundo que cabe decir - va esto a título exclusivamente personal -  es que nuestra experiencia dentro del Partido Nacional, del cual hace muchos año que estamos separados, está concluida. Junto con aquella explicación subjetiva - nuestra falta de vocación - a que antes aludimos, aparece otra-que no la contradice y la complementa. ¿Por qué no creer también que el nacionalismo rechazaba nuestros planteos y soluciones? ¿Por qué no admitir que la proyectada empresa de renovación tropezaba con un limite o un tope, dentro del partido y dentro del propio país? Habíamos equivocado el rumbo y la hora.

Se nos dice que, si hace años, diez, doce, pugnamos por la reconstrucción del Partido Nacional, no podemos ahora, cuando ella se ha logrado, sin traicionarnos, apartarnos de la columna. No es así.

Ante todo, están las circunstancias históricas. Y no es éste un argumento especioso de los que suelen utilizar tos políticos o los politicastros para explicar o cohonestar sus volteretas. En materia de tácticas y no de principios no existen dogmas y lo que pudo ser viable el 46 o el 51 no tiene porque serlo el 58.

Después está lo otro. No hay tal reconstrucción y seguramente - aunque en política no

deban decirse palabras definitivas -            ya no podía haberla.

Aspirábamos con ingenuidad a una reconstrucción sobre la base de grandes y pocas directivas comunes. Lo de ahora es una calcamonía de lo que viene haciendo el Partido Colorado. Una mala calcomanía, No hay ni habrá partido Nacional cualquiera sea el resultado de noviembre. Hay una conmixtión de fuerzas, dispares y antagónicas, sin rumbo fijo y común. La U.B.D  vota por el Sr. Nardone. Los furibundos anticolegialistas y antiimperialistas del herrerismo, votarán por los defensores - que éstos nos perdonen la referencia -  de la intervención multilateral. La preconizada reforma constitucional, terminará en disputa por un puesto en el aborrecido colegiado.

No queremos complicarnos en semejantes aberraciones. Quizá lo haríamos - problema de conciencia, intransferible - si le atribuyéramos a tamaña contradicción interna, alguna virtualidad. Pero no se la atribuimos. Si le negamos agravará la confusión, ahondará aún más, el pozo en  el que nos agitamos. Es duro decirlo pero debemos decirlo. Sabemos a fuerza de golpes, no se puede atacar a las falaces esperanzas, cuyo amparo buscan las gentes, en épocas trustes y oscuras, como las actuales. La reconstrucción nacionalista, la unidad nacionalista es una falaz esperanza, tanto como la presunta unidad batllista o colorada, gastada, corroída y  medularmente putrefacta.

Nada representamos y nada le quitaremos al nacionalismo. No votaremos bajo lema propio. Eso es todo. No podrá decirse siquiera, como pudo decirse en otras ocasiones, que nuestro apartamiento, que nada significa, ha de comprometer el hipotético triunfo.

Algunos se han extrañado y al parecer hasta se han horrorizado, frente a la perspectiva de que podamos votar con otros partidos. El Socialismo, para ser precisos. Esta es otra historia que contaremos otro día. Pero digamos de ya, que no comprendemos ni el horror ni la extrañeza. Muchos puntos de contacto tenemos con el socialismo, nunca los hemos negado y para quien nos haya leído, en todos estos años, las comunes aspiraciones que siempre han existido no pueden ser desconocidas.

Más aún, y esto asimismo va a título exclusivamente personal, si alguna formación tenemos, ella no es otra que marxista. A todo lo largo de nuestra vida, Marx nos ha ayudado a pensar. Nutrió en la época de las primeras y dilatadas lecturas, nuestra mocedad. Renán decía que el vino de la iglesia dejaba para siempre su aroma en el vaso. A Marx, una vez conocido no se le puede olvidar. Marca e impregna. Volvemos siempre a él, para refutarlo, para contradecirlo, para negarlo; pero también para con firmarlo y confirmarnos.

Y hemos de agregar - confidencia intrascendente - que también nos ha dado capacidad para soportar, a través de muchas lecturas, a tantos y tantos economistas que al cabo de sus sutiles devaneos, creen descubrir lo que el descubrió e intuyó hace cien años y aplican nombres nuevos, por regla general, pedantes, a fenómenos viejos.

No se atribuya a cuanto queda dicho, más alcance del que fluye directamente de las palabras. No hay nada misterioso. No hay acuerdos ni repartos. Todo es simple y claro.

Repetimos: nuestra experiencia electoral dentro del nacionalismo está terminada. No intervendremos en las elecciones del 58, Y en cuanto a lo demás, ya se sabe. Es otra historia que hoy sería abusivo narrar. Como siempre, la vida comienza mañana. Un mañana, que claro, se extiende más allá de nuestra propia vida.

MARCHA, 22 de Agosto 1958