SERAS  LO  QUE   DEBAS   SER

 

 

La pregunta pudo formularse en otros tiempos, así: ¿es viable el Uruguay? Ahora la pregunta, tal vez, deba formularse de modo distinto: ¿es posible un desarrollo autónomo del Uruguay? El planteo de esas preguntas, salvo en contadas ocasiones, y a través de pocos, muy pocos, intérpretes, lo hemos eludido siempre. Pero las preguntas están ahí y si en su breve tránsito, Uruguay ha podido igno­rarlas o esquivarlas y aun ha conocido épocas en las cuáles esas preguntas estaban soterradas, pa­rece que ya -y de más en más durante los años venideros- está obligado a afrontarlas. No cabe decir, como en el verso de Darío, que no sabemos "adónde vamos ni de dónde venimos". 

 

- Comprendemos bien el silencio sobre el tema, porque la desgarradora contradicción la hemos,  sufrido en carne propia durante muchos años.  Es difícil conciliar el amor casi  físico, por la  tierra natal, con la intuición, la sospecha o la  convicción, de que la patria chica tiene cerrados los horizontes. Nosotros mismos, seanos permitido confesarlo, hemos pecado por omisión. Durante años y años, hemos rondado en torno a esa contradicción, sin atrevemos a buscar la síntesis, incapaces de hallar la respuesta y ahora cuando ya los días se acortan y podemos mirar hacia un atrás que se aleja a rápidos pasos, comprendemos que todo cuanto hemos hecho, lo muy poco que hemos hecho, ha estado domina­do, influído, poseído, circundado, por el mis­terio de esa interrogante que se nos atravesó en el camino, para acompañarnos fiel y tenaz co­mo la sombra, presente y muda siempre, estu­viéramos donde estuviéramos. Aquí o en comarcas extrañas.

 

- Escribir lo que pensamos nos cuesta mucho; pero callarlo también y creemos que no pode­mos irnos sin decir -acaso es vanidad- lo que debemos decir.

Si, respondemos: Uruguay no tiene posibili­dades de un desarrollo autónomo y cuánto he­mos intentado -sobre todo en los últimos años- ­a veces con heroismo, otras con sagacidad y cuanto intentemos, tiene el signo de la precarie­dad y está condenado a la frustración. Es endeble e incompleto.

 

¿Cómo aplicar por ejemplo, una política mo­netaria y cambiaria autónoma, o una política industrial o aun una política comercial interna­cional propias?

Sin duda, las políticas monetarias y cambia­rias de los distintos países están interrelaciona­das y todas han girado y giran a mayor o menor distancia de algunas monedas claves.

Hasta los veinte, la libra dentro de un ámbito más amplio, el franco en área más reducida, fue­ron algunas de esas monedas claves. Después de los veinte y más acentuadamente después de la segunda guerra mundial, el dólar se erigió en moneda clave y su reinado, aunque con profun­das grietas, todavía continúa. La libra no ha re­cuperado su poderío y su prestigio, aunque el franco pretende y en parte lo ha conseguido ha­cer solo su camino.

 

Las monedas de América Latina o de Améri­ca del Sur, no han escapado ni podían escapar a esta vinculación estrecha con las monedas claves. Hace algunos años, dos zonas podían trazarse en nuestro continente. De una de ellas formaban parte los países ligados al dólar. De la otra, los ligados a la libra, entre los cuales los países del Cono Sur y especialmente los de la zona platen­se o de modo más específico los del Río de la Plata. Ahora toda América Latina sin excepción o con la excepción de Cuba, ha pasado a integrar la zona dólar.

 

No es sin embargo, sobre esta vinculación con una moneda clave a la cual ahora referiremos. Todos nuestros países están atados al dólar y es difícil que puedan liberarse, batallando por separado. Tal el problema a escala continental. Pero además está el problema a escala nacional, a la reducida escala del Uruguay. Durante algu­nas décadas, pudimos mantener una moneda propia, con características diferenciales, frente al peso argentino y a la de Brasil. El peso uru­guayo antes de la Caja de Conversión y más después de la fundación de ésta, tuvo cimientos propios. Pero fue ese un periodo fugaz que, se extiende desde 1896 -año de la fundación del Banco de la República- a 1920-21, primeros años de la posguerra y de la crisis que ésta trajo consigo. La transformación económica que en­tonces comienza y en la cual por supuesto, to­davía estamos inmersos, abolió la aparente se­paración y nos retrotrajo a las épocas iniciales de la común independencia.

 

Las monedas rioplatenses pudieron ser relati­vamente independientes mientras mantuvieron su estabilidad, mientras nuestros países giraron en el área británica, mientras el patrón oro estu­vo en vigencia. Cuando se rompió el cordón umbilical y el eje del sistema se hizo trizas, tales monedas ya sin punto de referencia, tendieron  a aproximarse más y más. La desaparición del centro llevó al mismo tiempo a la dispersión y al acercamiento de las partes. Y aquella moneda  que estaba respaldada por una economía más fuerte, logró una mayor y también más pertur­badora influencia sobre la que estaba basada en una economía similar y más débil. Antes el "pase de fondos", mostraba la relación entre  Argentina y Uruguay. Luego, desaparecido nominalmente dicho "pase de fondos", las evoluciones caóticas de la moneda argentina, pesaron de modo más directo, sobre la moneda uruguaya. Una devaluación argentina es a corto o largo plazo una devaluación uruguaya. Para poder competir con los mismos productos básicos - la lana y la carne  en los mercados internacionales -y en la economía uruguaya más que en la argentina, sólo cuentan internacionalmente esos productos básicos- fue necesario, en líneas generales, adaptar una y otra vez, los precios del Uruguay a los precios de la Argentina y aun admitir, como lo probó la investigación realizada por los treinta, que aquéllos marcharan a la zaga de éstos. La acción distorsionadora de los trusts internacionales que tenía y tienen un campo de aplicación más amplio allende el río, contribuyó a que esa diferencia de los precios argentinos respecto a los uruguayos, se mantuviera y ahondara.        

 

En principio, los productos uruguayos tienen precios inferiores en los mercados internacionales, a los productos similares de Argentina.

La dependencia monetaria no sólo influye en el comercio con terceros países. Sus efectos se observan también, como es natural, en las rela­ciones entre los dos países, como en las relacio­nes entre Uruguay y Brasil.

 

Uruguay se hizo en torno a Montevideo y Montevideo fue un puerto que pretendía ser li­bre, frente al monopolio de Buenos Aires. Montevideo fue un centro de contrabando y un centro de tránsito y abastecimiento de la vasta zona platense que quería escapar a la dominación de Buenos Aires o que aún no se había integrado a la economía nacional de Brasil. Río Grande, como lo recuerda Caio Prado, recién se incorpo­ra a la historia política y administrativa de la que era colonia portuguesa a fines del siglo XVII; "pero, económicamente, sólo comenzará a con­tar" en "la segunda mitad del siglo XVIII". Aun así, durante la mayor parte del siglo XIX, las relaciones de Río Grande con el poder cen­tral fueron muy fluidas. Caudillos de aquí ha­cen revoluciones allá y caudillos de allá se mez­clan a nuestras disputas.

 

- Hoy como ayer o más que ayer los precios de los productos y el valor de las monedas deci­den del comercio ilícito entre los limítrofes.

 

- La vieja frontera es lo que siempre fue: un muro de papel, una línea divisoria en los mapas. Vivimos parte de nuestra infancia en San Juan Bautista de Quarahy, al otro lado del río -que a veces podía cruzarse a pie y otras arrastraba embravecido hombres, ranchos y animales- ­frente a Artigas que entonces se llamaba San Eugenio. Era un rincón perdido del Sur de Brasil que soñaba con el ferrocarril -unos pocos kilómetros- que lo uniría a Alegrete y donde en los fogones que acunaban las leyendas y corrían las mentas del Chico Flores y Juan Francis­co, famosos caudillos riograndenses, vinculados a todos nuestros entreveros, redivivos señores feu­dales en pleno siglo XX. En San Eugenio nos proveíamos de todo cuanto faltaba en Quarahy, aislado y solitario, y ya sabíamos o intuíamos que las casas de comercio de este pueblo, mu­chas pertenecientes a uruguayos, se abastecían en nuestro país. Era una comunidad económica natural, geográfica, que ignoraba aduanas y aranceles con prístino candor. Después vino el ferro­carril, ya estábamos lejos; pero, no obstante, la comunidad, según nos dicen, siguió mercando como antes. No queremos hablar sin embargo, del contra­bando hormiga. Pensamos en el otro que tam­bién continúa. Los novillos van o vienen de una a otra tierra según sean los precios en uno u otro lado. Igual acontece con la lana. Si en Brasil, son mayores que en Uruguay, buena parte de las la­nas y ganados nuestros traspasarán el linde y a la inversa. Pero siempre es la economía más fuerte la que en definitiva obliga a marcar el pa­so a la más débil.

 

Hemos creído en los últimos tiempos que el turismo podía ayudamos a equilibrar nuestra balanza de pagos. Ese turismo en cuya fuerza confiamos es, como todos sabemos un turismo de estación y de invariables orígenes. Un turismo, principalmente argentino, sujeto por tanto a los caprichos o los designios -bien lo compro­bamos en otras épocas y seguramente lo volve­remos a comprobar- de los gobernantes de Buenos Aires. Sujeto además -también hemos tenido reiteradas pruebas- a las fluctuaciones de las monedas y los cambios. Un nivel de pre­cios más alto en Uruguay que en Argentina, es una barrera al turismo. Aumenta la corriente cuando con las mismas unidades monetarias es posible comprar aquí más bienes que allá.

Todo esto es simple; todo esto prueba que Uruguay  por la debilidad de su economía. por la similitud de su producción con la de los países o zonas vecinas que son más fuertes, por las características especiales del turismo que puede albergar, tiene una moneda dependiente, en el plano internacional, del dólar y en el plano regional -segunda dependencia- de las monedas de los limítrofes.

 

Esta última dependencia -dejemos por aho­ra a la primera que es vicio común a todo el continente- se acentuará a medida que las dife­rencias entre nosotros y los vecinos, se hagan más profundas.

Así como, con el paso de tiempo el foso en­tre los países industrializados y subdesarrollados se ensancha ese otro foso, el que nos separa de Argentina y Brasil también se ensanchará. Es la ley del desarrollo desigual, los efectos de distintos multiplicadores, a virtud de los cuales los más fuertes se mueven en progresión geométrica, mientras los más débiles, si crecen, se mueven en progresión aritmética. Si aún sobrevivimos ha de deberse en buena parte, más que a nuestra prudencia, a la enormidad de los disparates -paralela a la enormidad de los problemas que afrontan- cometidos por Argentina y Brasil.

Un país es una moneda; pero es también una industria y una industria pesada. Y además, co­mo ya otras veces dijéramos, industria o industrias, no es industrialización. Industrializar no es simplemente, como una visión superficial pa­rece creerlo, instalar industrias, cualquier industria, a tontas ya locas. Es algo más complejo.

 

Algunos tecnócratas, CEPAL al frente, se dan a señalar distintas etapas en el proceso de indus­trialización de nuestros países. Una de ellas que habría comenzado después de la primera guerra mundial y habría adquirido mayor aceleración a partir de, la, segunda, estaría caracterizada por la llamada "sustitución de importaciones". Se habrían creado industrias para cubrir, la falta de aquellos artículos que no podían enviarnos nuestros habituales vendedores, por estar dedi­cados a otros menesteres, verbigracia a fabricar armamentos para defenderse.

 

Pero los mismos que hacen referencia a esta etapa, cuya realidad histórica no interesa ahora discutir, reconocen -volvemos a CEPAL, sus doc­trinarios y sus epígonos- que está cerrada. La sustitución de importaciones no es ya acicate suficiente para la industrialización. Las necesi­dades de los mercados internos están satisfechas.

 

Uruguay también hizo su experiencia de sus­titución de las importaciones. Sin plan y sin medir las consecuencias. Superó algunos dese­quilibrios y algunas necesidades, para crear otros, acaso mayores. Tal vez no podía hacerlo de ma­nera distinta y la urgencia, la falta de preparación y de experiencia, no le permitieron análisis ex­quisitos y reflexiones profundas. La carga se acomoda en el camino. Pero como alguna vez lo señaláramos, en un áspero debate, del cual ya no quedan ecos ni resquemores, ese tipo apresurado de industrialización, que fue, tal vez, repetimos, inevitable, nos creó, mientras bus­cábamos con loable empeño nuestra indepen­dencia, otras dependencias a dos puntas. Permitió que prescindiéramos de comprar en el extran­jero los productos que fabricábamos; pero nos ató más a él por el acrecimiento de nuestras  necesidades de combustibles y lubricantes, de  equipos y repuestos; nos creó dificultades para colocar en mercados terceros, los productos terminados a causa del aumento de precios de los productos intermedios que nos dimos a fabricar;  y contribuyó por las indiscriminadas protecciones otorgadas, al alza del costo de la vida, con todas su extendidas y ligadas repercusiones en  el mercado interno y en el mercado internacional.

 

- De todas maneras y volvemos a lo de antes,  la experiencia tiene que habernos enseñado que si la independencia no es posible sin industrialización, tampoco es posible la verdadera industrialización y por tanto la auténtica indepen­dencia, sin industria pesada.

- Digamos para terminar hoy. En un mundo sacudido hasta las raíces, por una segunda revo­lución industrial caracterizada por la tecnología más afinada y el ingente empleo de capitales, Uruguay -dos millones y medio de habitantes- sin mercado interno, sin recursos, sin materias primas esenciales -hierro, petróleo- no puede imaginar siquiera, la creación de una industria pesada propia. Complejos industriales de la mag­nitud requerida que sean polos de atracción y de irradiación, pueden concebirse -y los esco­llos que se presentarán no deben atemorizarnos- en dos o tres zonas de nuestra América. Convie­ne tener presente al respecto dos hechos signifi­cativos.

 

- Argentina con su extensión, su población y sus riquezas, lucha a causa de sus carencias na­turales, con tremendas dificultades para echar las bases de una industria pesada, no obstante sus yacimientos de hierro que son débiles y sus pozos de petróleo que no han logrado aún abas­tecer el mercado interno.

 

- El Mercado Común Europeo- las posibilidades de los países que lo forman no admiten comparación con las de nuestros países-, se or­ganiza primero en torno a la comunidad económica del carbón y el acero. El Plan Schuman es del 9 de marzo de 1950; el Tratado de París que instituye la C.E.C.A. es del 18 de abril de 1951; el Tratado de Roma que crea el Mercado Común, se firma recién el 25 de marzo de 1957. La Europa del Mercado Común, esa Europa que es la unión de la agricultura francesa y la indus­tria alemana, deriva de la Europa del carbón y del acero. Este es su respaldo.

 

América no será independiente si no se in­dustrializa y el Uruguay no puede por sí solo industrializarse, y por tanto, por sí solo, adquirir su independencia.

 

Al término de un estudio ya citado en varios artículos de esta serie, se dice: "Todos los es­fuerzos de desarrollo que se circunscriban al cuadro puramente nacional de los países latino­americanos -inclusive en los países grandes del área y, a fortiori, en todos los medianos y pe­queños Estados- tenderán a revelarse imprácti­cos, por la creciente desproporción existente en­tre los países latinoamericanos, aisladamente considerados, y las supernaciones que ejercitan acción hegemónica en el mundo". Estamos de acuerdo. Alguna vez habríamos de estarlo con los autores de ese informe.

 

Carlos Quijano                                                         MARCHA, 16 de diciembre de 1966