JUAN  DÍAZ  de  SOLIS 

NUESTRO  PATRONO

 

Por estos días se cumplirán dos años de la  presentación del informe sobre el desarrollo agrícola del Uruguay, redactado por la misión enviada por el Banco Internacional y la FAO. Los nativos que se deciden a formar parte, en una hora de euforia, de las Comisiones honorarias o Asesoras, que todos los días se crean en el país, suelen quejarse de que el fruto de sus desvelos, cuando aparece, se pierde en el más profundo olvido. Los informes de esas Comisiones Asesoras, suelen correr la misma suerte que los de las Comisiones Investigadoras, otra prolífica creación nacional. Muchos aspavientos al principio y en ocasiones hasta mucho escándalo. Después, el silencio, Pero hay que ser justos. Las Misiones Extranjeras que a veces contratamos, en un sobresalto repentino de energía, no gozan de tratamiento preferencial. Tampoco se les lleva el apunte. Ni siquiera para refutar sus conclusiones, para oponerse a sus recomendaciones. Por que habríamos de llevarles el apunte? Estamos bien como estamos. Y el país no ha de morir ni desaparecer, porque sigamos haciendo disparates. El uruguayo auténtico, cree – no se toma el trabajo de creer que siempre exige esfuerzo, sino que lo siente y es ello más grave que su país es el mejor del mundo, aunque de labios para afuera reniegue cotidianamente. El cine y la radio, le han evitado las lecturas. Bastan como tales y ya es tarea agobiadora, las páginas y páginas que la prensa dedica al fútbol las carreras y la crónica policial. Sin ironía ni amargura, cabe decir que semejante estado es delicioso. No alcanzan a perturbar u diáfana tranquilidad ni los debates políticos, no obstante el despliegue de adjetivos, cada vez  más gastados, ni las dificultades económicas que en ocasiones se hacen agudas. Para contrarrestar el alza de los precios, tenemos los Consejos de Salarios. Para contrarrestar el alza de los salarios, tenemos el alza de los precios. Para contrarrestar los altos costos de producción echamos mano de los cambios preferenciales y los subsidios. Para cubrir los subsidios aumentamos 1as cargas que pesan sobre la población. Para que el aumento de esas cargas no aparezca con descaro -  chocaría ello al puritanismo uruguayo que tiene una remota semejanza con el puritanismo inglés o la milenaria cortesía china - nuevo Consejo de Salarios o una jugada de quilo procuramos por la vía subrepticia de las maniobras monetarias. Nade más típicamente uruguayo, y así ha  de pasar a la historia, que las diferencias de cambio.

Chillamos  y hacemos plebiscitos para impedir que el precio de los pasajes urbanos suba dos centésimos: pero, eso sí, no nos oponemos, a que se establezcan impuestos por mayor cantidad a fin de cubrir los déficit que exigía aquel aumento, como tampoco nos oponemos  - ni nos preocupamos de averiguarlo - a que con aquellas diferencias de cambio se distribuyan - simples decretos y resoluciones mediante - cien millones de pesos por año, aunque en definitiva tan generosa distribución, produzca un déficit de sesenta millones.

¡Hay  que salvar las formas! Salvadas, podemos dedicar nuestro tiempo a preparar festivales cinematográficos, comentar el peso y las posibilidades de Dogomar y – lo que exige mayor dispendio de energías mentales – a discutir si Nacional tiene razón.

Entre palo y palo el cuerpo descansa y también ¿por qué no? Puede aparecer algún negocio, una comisioncita, un empleito suplementario y liviano, un vale amortizable, una quiniela, que permita esperar hasta que el palo vuelva a aparecer.

Todo se desliza bajo el signo de estas resignaciones y estas esperanzas y también de estas mediocres y confortables seguridades. El país ha adquirido la paradójica mentalidad de un jugador que para cubrirse contra las eventuales e in evitables pérdidas, contratara un seguro.

Los agricultores plantan trigo. Esperan obtener fabulosas ganancias, a corto tiempo y con menguado esfuerzo. Se lanzan a la “aventura”; pero confían en que si producen caro y mal, el Estado vendrá a salvarlos con subsidios y créditos.

X, ó Z ó Y deciden hacerse industriales. También le mojan la oreja a la suerte; pero con la seguridad, asimismo, de que el Estado al solo influjo de la palabra mágica  - industria - impedirá la importación del similar extranjero, acordará cambios preferenciales, concederá subsidios y hasta comprará los productos si fuere necesario. Es un pleno, con la garantía de que no se perderá la apuesta. Y poco importa, pues se trata de un juego que prescinde como es natural de la lógica y del conocimiento, que la apuesta sea disparatada.

Dicho lo cual, que podría extenderse, dicho está también, cuán inútil y tonto y aún si se quiere presuntuoso, es dedicar el tiempo a estudios y análisis. “Si quieres ser feliz, como me dices, no analices muchacho, no analices”. El país es feliz. Que no analice, entonces.

Los comentarios que dedicamos en el último número de MARCHA, al nuevo presupuesto proyectado, interrumpieron las consideraciones que estábamos haciendo sobre el trigo y su precio.

En 1951, ya para dos años, repetimos, la misión del Banco Internacional y de la FAO, escribía:

“El presente sistema de subsidios, precios fijos y cambios diferenciales, tiene un efecto sobre el empleo de la tierra, que está lejos de ser totalmente beneficioso. El subsidio al trigo, que ha perseguido un aumento de la producción nacional y el subsidio al aceite de lino que ha perseguido un aumento de la producción exportable, han logrado ambos dirigir la producción en la dirección deseada pero, inadvertidamente, han ofrecido un incentivo a un empleo de la tierra que ha tendido a agotar la fertilidad del suelo”.

“Los subsidios y los correspondientes precios establecidos han puesto tanto el acento sobre la expansión de estas dos cosechas que los intereses de los cultivadores han sido desviados de la obtención de costos de producción más bajos. Aunque no fuera así, los subsidios y los precios tarifados han fracasado porque ese apoyo del Estado no ha sido usado como un incentivo para la adopción de los métodos agrícolas necesarios”.

“Debe reconocerse que el sistema de subsidios, precios tarifados y cambios diferenciales aplicados a algunos de los principales productos agrícolas, ha tenido varios fines, algunos de los cuales de naturaleza social. Pero mientras uno de los objetivos ha sido intensificar el uso de tierras arables y aumentar la producción de granos, aceites industriales, y leche, muy poca importancia se concedió a la necesidad primaria de bajar el costo de producción conjuntamente con esa expansión”.

Dos notas complementarias para cerrar este artículo y esta serie:

lo. Tomando algunos años característicos encontramos que los rindes del trigo por hectá rea, en el Uruguay han sido:

1908  845 kilos

1917  900kios

1937  811 kilos

1952  817  kilos

2o. Mientras el Uruguay tiene un rinde en 1952 de 817 kilos por hectárea, he aquí algunos rindes de otros países en ese mismo año:

Bélgica                                 3190

Francia                                 1820

Países Bajos                          3580

Alemania Occidental            2610

 Reino Unido                         2700

De estas pocas cifras se infiere como lo había predicho la inútil y candorosa Misión Internacional a que hicimos referencia:

- Que ha aumentado el área sembrada del trigo con la aparente ventaja consiguiente a una mayor producción; pero también con todos los inconvenientes que ese aumento acarrea.

- Que los rindes promediables por hectárea, no obstante los subsidios acordados y las millonarias sumas gastadas, no han sufrido variaciones apreciables.

- Que estos rindes siguen estando muy por de bajo de los rindes de otros países de agricultura más desarrollada.

Y sin duda, por haber dicho lo que dijo, es  que el informe de la Comisión del Banco y de la FAO, duerme, con las alas plegadas, en la calma de los archivos o al amparo de las flores de loto del estanque.

Los técnicos del Banco y de la FAO, no conocían sin duda, la simbólica historia de Juan

Díaz de Solís. Se atrevió un día a incomodarnos nos lo comimos. Desde entonces su sombra tutelar de sacrificado, preside nuestros pacíficos y satisfechos destinos.

MARCHA, 10 de julio de 1953.