De la Tasa Tobin a los Impuestos Globales

 

Las estrategias de reducción de la pobreza planteadas por NU no han conseguido escapar de una filosofía neoliberal que da prioridad a los mercados y a la competitividad, siendo la causa principal de la pobreza y de las desigualdades.

 

La 60ª Asamblea General de las Naciones Unidas se ha saldado con un estrepitoso fracaso y un triste acuerdo de mínimos. Hace un año, en la cumbre de la Alianza contra el Hambre, los presidentes de Brasil, Chile, España y Francia, más el secretario general de la ONU urgieron al medio centenar de países presentes a intensificar los medios para que se alcancen los Objetivos de Desarrollo formulados por la ONU en el año 2000. Su declaración alentó la esperanza de los más desfavorecidos afirmando que era posible acabar con el hambre en 2015, para lo que era necesario obtener 40.000 millones de euros adicionales al año a través de la creación, por ejemplo, de impuestos globales tales como la Tasa Tobin sobre los movimientos internacionales de capital u otros relacionados con el tráfico aéreo o la venta de armas. Pero un año después no se ha logrado ningún avance. Y lo peor es que esos propios Objetivos significan el reconocimiento del fracaso de las políticas de desarrollo propiciadas por las instituciones internacionales, pues tras más de 40 años de cooperación internacional para el desarrollo, la mitad de la población mundial sigue viviendo en la precariedad y más de mil millones en la pobreza más extrema. De hecho, las estrategias de reducción de la pobreza planteadas por NU no han conseguido escapar de una filosofía neoliberal que da prioridad a los mercados y a la competitividad, y margina las políticas acertadas como son incrementar los recursos financieros disponibles, cancelar la deuda externa y permitir a los países pobres decidir sus propias políticas.

 

Porque es evidente que para combatir la pobreza en el planeta, los países empobrecidos requieren importantes cantidades de dinero que hoy no disponen. Hace más de 30 años, los países ricos prometieron canalizar el 0,7 % del PIB para financiar la “Ayuda al Desarrollo” y apenas se supera en la actualidad un vergonzoso 0,25%. Nadie niega la necesidad de presionar a los gobiernos para acelerar el cumplimiento de sus compromisos, pero ha llegado la hora de superar las prácticas “caritativas” de los poderosos para acercarse una justicia fiscal global, lo que supone pasar de la limosna de los ricos a una fiscalidad internacional basada en unos impuestos que recauden prioritariamente el dinero allí donde se concentra la riqueza.

 

El mundo lleva varias décadas sufriendo una globalización neoliberal que, al imponer una libertad absoluta en los movimientos transnacionales de capitales, ha conseguido entre otros efectos indeseables hacer recaer el grueso de los impuestos estatales mundiales sobre los trabajadores, al reducir la presión fiscal soportada por un capital cada vez más globalizado y progresivamente refugiado en los paraísos fiscales. Las denuncias del papel nefasto de los centros financieros para no residentes que generan evasión fiscal y protegen la delincuencia financiera y las movilizaciones internacionales a favor de una redistribución de la riqueza a escala planetaria, han logrado poco a poco que años la propuesta de un impuesto global sobre las transacciones de cambio, -denominado Tasa Tobin en referencia al economista premio Nóbel que la propuso originalmente- se haya ido abriendo camino en la escena nacional e internacional.

 

El movimiento internacional Attac, principal promotor de la Tasa Tobin en cumbres internacionales y Foros sociales mundiales como los realizados en Porto Alegre, lleva años definiendo y perfilando las propuestas concernientes a estos impuestos globales. Recientemente, ha conseguido que el parlamento belga apruebe una Ley de julio 2004 estableciendo definitivamente en este país un impuesto sobre las transacciones cambiarias, cuya aplicación ha quedado condicionada a que los demás países miembros de la Unión europea lo vayan introduciendo igualmente en su legislación. La Ley belga, tras varios años de un debate político que ha dejado demostrada la viabilidad técnica de la Tasa Tobin, plantea un impuesto en dos niveles, pues acepta una tasa muy baja del 0,02% para cualquier transacción financiera de cambio de moneda de más de 10.000 euros, pero contempla un 2º nivel de aplicación más gravoso, con una tasa del 80% que se aplicaría a las transacciones cuando el tipo de cambio de la moneda se salga de un margen de fluctuación fijado, como consecuencia de actividades financieras especulativas a gran escala. Cálculos realizados por expertos muestran que gravando exclusivamente las transacciones cambiarias de las instituciones financieras a unos tipos impositivos muy bajos (0,1% o menos salvo en situaciones de alerta especulativa), la recaudación mundial esperada de un impuesto global como el propuesto sería de 100.000 millones de $ anuales, más del doble de actual Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD). Cifra largamente suficiente, en todo caso, para alcanzar unos Objetivos de Desarrollo mucho más ambiciosos que los contemplados en la Cumbre del Milenio de Naciones Unidas.

 

Una vez más, en la última Asamblea de Naciones Unidas ha faltado voluntad política para sentar las bases que permitan implantar en todo el planeta un impuesto sobre las transacciones cambiarias. Impuesto que además de poder suministrar recursos financieros a un desarrollo de los países empobrecidos diseñado por ellos mismos, se muestra capaz de atajar la nefasta especulación ejercida sobre los mercados mundiales de divisas. Pero no hay que desesperar por este nuevo fracaso, sino confiar en que, a la larga, una creciente presión social como la desarrollada por las movilizaciones internacionales contra la dictadura de los mercados financieros puede acabar impidiendo, mediante la introducción de una fiscalidad internacional y la erradicación de los paraísos fiscales offshore, que se siga concentrando riqueza y poder en muy pocas manos. Y esa misma presión social va a ayudar al mismo tiempo a poner freno a una globalización neoliberal al servicio de las finanzas y las empresas transnacionales, que provoca inestabilidad y fuertes crisis económicas y sociales, y que es la causante principal de la pobreza y del aumento de las desigualdades sociales y económicas entre los países y dentro de ellos.

                                  

Ricardo García Zaldívar, Attac, Revista Temas,Noviembre de 2005